lunes, 24 de marzo de 2014

LA IRRUPCIÓN DE LO NUEVO: PROYECTO INTEGRAL O INTENTOS FALLIDOS



LA IRRUPCIÓN DE LO NUEVO:
PROYECTO INTEGRAL O INTENTOS FALLIDOS


El arte de lo posible o transformar la realidad

La política como arte de lo posible, en especial cuando predomina un tono mediocre, suele gastar mucho tiempo en cálculos numéricos y alternativas de nombres, aún en situaciones que desafían la normalidad y exigen “el genio que es trabajo” de la verdadera conducción. Ésta implica un orden superior, donde lo cuantitativo no anula la apreciación cualitativa que combina los factores que irrumpen en el horizonte de lo viejo que se va, con el hecho de lo nuevo que viene.

El proceso de transformación que impone una transición plena, para serlo realmente, neutraliza la especulación oportunista con su dinámica de taller de forja. Un taller rústico y ruidoso que fabrica, en el momento preciso, los medios apropiados al recambio que abre perspectivas para todos. La oportunidad exacta es difícil de entrever, pero la tendencia puede mostrar su signo inexorable, cuando la prolongación monocorde de un ciclo agotado, satura la paciencia de aquellos contingentes del pueblo urgidos por graves problemas.

En esta instancia sensible aparece el talento organizativo natural de las bases en acción, que aprovecha el lugar abandonado por las estructuras inertes, sin alma política. Sus construcciones libres, llenando el espacio vacante con agilidad práctica, pueden acceder con rapidez a dimensiones impensadas de influencia sobre el amplio dispositivo convocado. Máxime ante la falta de competencia de los partidos que, con su comportamiento anodino, anulan la diversidad del pluralismo y quiebran sus tradiciones originarias sin establecer los nuevos códigos políticos.

Paralelamente, se verifica la creciente ausencia del Estado por la claudicación de los funcionarios sin voluntad de trabajo, a pesar de los “discursos oficiales”, cada vez más engañosos en su contraste con las falencias palpables en todos los aspectos de la realidad. Distancia que se agranda día a día, alejando la posibilidad de establecer un relativo equilibrio de la nueva relación de fuerzas, con márgenes suficientes de estabilidad y criterios de pacificación.

Las mesas de diálogo y propuestas

Por este motivo, la reflexión “racional” sobre una transición ordenada, que siempre es deseable a la incertidumbre del caos, puede ceder al encadenamiento de reclamos de una movilización espontánea ante la pasividad de los dirigentes de un régimen prebendario. Ellos tienen la tentación patente de pactar con la corrupción impune, aunque eso pudiera costar el descreimiento social en una salida esperanzadora. Tal frustración, como enseña la historia, malgastaría la fuerza espiritual y orgánica necesaria para evitar excesos y demoras, encarando con decisión el gran esfuerzo pendiente.

La disyuntiva debe ponerse en la “mesa de diálogo” de aquellos que no han perdido la costumbre de pensar desde el interés nacional, a fin de formular propuestas  públicas para encaminar los acontecimientos en términos, no de ejecución inmediata, pero si de preparación previsora. Esta actitud positiva, valga explicitarlo, es lo contrario a la supuesta conspiración que juega a desbordar la polaridad entre autoritarismo y rebeldía, como extremos funcionales a la fragmentación y pérdida de identidad de la comunidad argentina.

Es imperioso salir del reino de la improvisación permanente y las medidas cambiantes, para alcanzar niveles conductivos de índole más elevada, y dar testimonio de conducta ética compatible con la exhortación a realizar sacrificios especiales en períodos de crisis. La escena pública no está desvinculada de la vida cotidiana de sus “personajes” que proyectan visiblemente a esa esfera las virtudes, defectos y vicios de su personalidad. En tal sentido, la gente sabe que se es como se “vive” y no como se “dice”,  rechazando el dispendio, la desidia y el abuso.

Luego, el colapso de la instancias vaciadas de reglas institucionales, para ponerlas al servicio de intereses espúreos en los tres poderes de la república, dicta una lección actualizada a quien “quiera saber de que se trata”. Lección que es conveniente aplicar a aquellos liderazgos emergentes que corran el riesgo de ser negociables, por ser considerados socios potenciales de un antiguo sistema de fraude al patrimonio nacional.


Una solución de alcance estratégico

La solución estratégica del país será una obra compartida o no será, siempre que el prisma directriz se asiente en la convicción de que la conducción es un servicio que ejerce el poder a través del deber, y no del sectarismo, el capricho y la ambición desmedida. La conclusión es predicar con el ejemplo para instaurar un Estado de trabajo, equidistante de las falsas antinomias del neoliberalismo y el neomarxismo, igualmente derivadas de un pensamiento dependiente. Nuestro avance, a diferencia de las ideas copiadas y repetitivas, que hoy declaman los “populismos” de derecha e izquierda, se orienta por aspiraciones, metas y posibilidades más grandes y específicas.

No existe otra clave para acceder al porvenir que la unión sincera para la producción y el trabajo; ya que el relato del “progresismo” que no suscita organización territorial, ni educación social, ni desarrollo económico, apenas puede manipular cifras para disimular sus fracasos de gobierno. Por eso, cubramos ahora el espacio expuesto que atrae la tormenta, porque la acción aborrece el vacío, a la vez que descarta la agitación estéril sin objetivos trascendentes y factibles.

Es menester descubrir una relación directa de la política con las cuestiones primordiales que el pueblo intuye y siente con el peso de la muchedumbre, a la espera de planes y programas eficaces sin los artificios de la “ideología” y la “academia”. Buena ocupación para los cuadros político-sociales que sepan evaluar los defectos de las formas orgánicas viejas y facilitar su pasaje fluido a otros procedimientos: porque la complejidad de un futuro diferente exige una militancia diferente para actualizarse y no perecer.

Frente a la venalidad, el desgano y la cobardía, resulta imprescindible evidenciar austeridad, laboriosidad y coraje, no sólo como preceptos morales, sino como leyes intrínsecas a la nueva realidad que se perfila sobre la endeblez de toda pretensión individual o de círculo. De lo contrario, la movilización de parcialidades y sectas nunca podrá reordenarse y concentrarse para sumar las grandes fuerzas volcadas al cambio, con el menor costo en tiempo, penurias y contradicciones.


Visión y misión de conjunto

El espíritu político, con pensamiento  práctico, tiene que adecuar el fin de los medios técnicos, y no al revés, para canalizar la dinámica de los sucesos. Es decir, tratar que la velocidad inherente a constituir un “movimiento”, se enmarque en los valores permanentes que no acusan el desgaste de las coyunturas. Así se ensamblarán, con unidad de concepción, los medios técnicos y los métodos tácticos, logrando un accionar integrado como fuente de poder y vía de éxito.
Sin duda, disponemos del despliegue orgánico suficiente, que nadie ni nada ha podido emular, aunque es preciso potenciarlo en su energía evolutiva como entidad vital conducida responsablemente. Condición terminal del personalismo, el feudalismo y la infiltración que son los males propios de una fuerza de amplia base social y geográfica. Una tarea metódica que excede al voluntarismo, porque atiende a la erupción de una amalgama subterránea que se desplaza a gran presión bajo el paisaje chato de la incompetencia política.

Nos encontramos en la línea borrosa de encuentro entre un final y un comienzo, que corresponde recorrer con visión y misión de conjunto, desenvolviendo la organización que vence al tiempo, e impide la reiteración del “mesianismo”. Los líderes providenciales no surgen de los enjuagues electorales, sino de personalidades históricas que aparecen en siglos, por decirlo simplemente, para fundar toda una época. Ellos se reconocen en el tiempo, por una obra de magnitud monumental que se recrea en la doctrina y en la síntesis fructífera de varias generaciones.

La conducción superior exige las virtudes del trabajo y la humildad que, acompañando la reforma institucional gradual, logra en una larga trayectoria la propia despersonalización de su figura carismática, incluso por encima de las etiquetas burocráticas de “oficialismo y oposición”. Esta abnegación existencial, que no se entiende en lo inmediato, elimina el dogmatismo y convierte al “enemigo” en adversario circunstancial y amigo. Fenómeno incomprensible por parte de apresurados y retardatarios, aunque es el compendio mismo de la cultura política.


Para vencer al tiempo: construir lo permanente

Percibimos así los indicios de un proceso, de captación difícil, que en su profundidad social es anónimo. Ahora resta ver cuando emergerá con fuerza para mostrar su poder convocante y transformador, adecuando los medios a los fines propuestos mediante “el oficio de la prudencia”. Arte del estadista, según los clásicos, que no debe confundirse con la ambigüedad, la pasividad, ni la excesiva cautela. Este proceso convertido en proyecto, resolverá las dudas operativas que siempre se presentan, para imprimir su impulso a la evolución de la situación. Ello incluye resistir su mera instalación mediática, con proyección acotada a la figura individual, que resultaría la ruta directa al fracaso de los temas esenciales de una comunidad atenta y vigilante después de tantas frustraciones.

La opción correcta, fundada en la fuerza creadora del trabajo, y los equipos de cuadros, tiene el rumbo del desarrollo orgánico de raíz territorial, que no debe abandonarse nunca, so pena de extraviar una estrategia inicial acertada. Persistir en esta línea, que articula con coherencia una serie poderosa de comunidades locales de democracia cercana, no partidocrática, promoverá las referencias “ejemplares” que la base necesita para crear una disciplina voluntaria y realizar un esfuerzo compartido y un seguimiento constante.

Frente a las malas señales de la decadencia dirigente por corrupción, negación de la realidad, farandulización de la política y banalización de los debates para eludir las definiciones importantes, se alza una toma de conciencia y una sensación de hastío precursoras de reacciones populares. Por consiguiente, lo “nuevo” que especule con el método remanido de la distracción y el doble discurso, será rápidamente viejo y tendrá una vigencia efímera; que corregirán aquellos de la etapa siguiente que, sabiendo que ya no hay margen para improvisar y mentir, reafirmarán su vocación de construir con seriedad y solvencia.

Procurar que la democracia realizada sea efectiva, nos obliga a superar lo superficial y transitorio, asumiendo el enorme reto de reconstruir la comunidad y reformar el Estado. La urgencia de este trabajo se evidencia en el auge de la violencia delictiva que puede escalar a la violencia política por el descontrol que alienta la rutina, el escepticismo y la descomposición de lo social. El intercambio de opiniones políticas es útil, si éstas son sustanciales y ofrecen alternativas, pero se degrada si representan simulacros que esconden la reiteración de lo mismo y la incapacidad de liderar la nación. Ella nos interpela con un “¿qué hacer?, a responder claramente de manera personal, grupal y colectiva. [24.3.14]
 
julianlicastro@yahoo.com.ar

julianlicastro@hotmail.com





domingo, 9 de marzo de 2014

UNA DEMOCRACIA DE TRABAJO O LAS CRISIS DE LA DECADENCIA POLITICA



Apuntes para la formulación de un documento de cuadros

UNA DEMOCRACIA DE TRABAJO
O LAS CRISIS DE LA DECADENCIA POLITICA

                                                                              
Voluntad de trabajo y celebración del futuro

El trabajo es la energía  transformadora en la marcha de la humanidad, que ahora irrumpe en otra dimensión histórica, constituyendo el nuevo paradigma de la evolución de los pueblos protagonistas. Una nueva edad definida, física y metafísicamente, por la acumulación de innovaciones orgánicas y técnicas que aceleran el ritmo del mundo contemporáneo. En tal sentido, la revalorización cultural del trabajo como eje civilizatorio innegable, implica superar el campo de fuerzas que lo utiliza como factor meramente económico ligado a la explotación, la sumisión y la pobreza; sin ver la perspectiva de futuro que aquilata su capacidad de dignificación, equidad y creatividad, para alcanzar una democracia plena.

Así lo anticiparon lúcidamente aquellos pensadores y líderes que advirtieron el significado de los trabajadores organizados como “movimiento nacional”, más allá de su reducción ideológica a un esquema clasista, inhibidor de su vitalidad irradiante sobre el conjunto de la comunidad, o de su sujeción al manejo arbitrario de matrices partidarias  derivadas de un orden político decadente. Por tal motivo, no basta tampoco con enunciar la prevalencia del trabajo como un “principio universal” apto solamente para la declaración  retórica, sino aplicar  sus contenidos en la realidad efectiva de cada latitud, a fin de edificar una nueva sociedad y un nuevo Estado.

Este determinismo evolutivo,  al margen del diferente tiempo de transición según la maduración de cada realidad, impone actualizar las formas orgánicas de la agremiación y sindicalización acotadas por las burguesías económicas e intelectuales. Paso fundamental para perfeccionar la participación y acceder  al poder, en el marco de una gran movilización de fuerzas generadoras de desarrollo, tras el logro de una democracia real e integral. En este aspecto, la realización plena del carácter del trabajo como factor político no es fortuita: exige una verdadera construcción social y un dominio paulatino de los medios técnicos y de planificación acaparados hoy por las corporaciones y la tecnocracia. Cuando en vez de  este camino laborioso pero seguro, se opta por la desidia y el uso clientelar de la indolencia (que es contraria a la genuina asistencia social) se quiebra la conciencia moral de la comunidad y el futuro se siente como amenaza.
El trabajo en la construcción territorial

La esperanza, por oposición a la violencia, germina en el proceso de la evolución por la educación y la capacitación, capaz de instaurar una sociedad del conocimiento y una cultura del trabajo. Vectores que expresan la “realización total” de la vitalidad del trabajo, porque poseen en sí la facultad exclusiva de articular, con cohesión creciente, todo tipo de actividades en una trama de relaciones y sistemas: desde el intercambio de las redes sociales solidarias, hasta la cooperación técnica y la asociación en consorcios productivos de emprendimientos locales.

Esta construcción social, donde conducir y conducirse es “crear trabajo”, debe fusionase con la construcción territorial en el contexto irremplazable del espacio de arraigo. Cuestión imprescindible para ensamblar una disposición espiritual y práctica dirigida a enfatizar el esfuerzo conjunto de la colectividad, sin sacrificar a ninguna de sus partes. Clima de producción y trabajo en un proyecto compartido que se entiende en el lenguaje de la persuasión, con contenidos comunes en el plano simbólico y ético, para vencer los flagelos combinados de la corrupción y la especulación que hacen del “populismo” lo opuesto a lo popular.

El relato engañoso y el discurso ideológico por un lado, y la promesa electoral sin convicción por otro, no pueden sustituir la tarea épica de un pueblo decidido a asumir el control de su propio destino, volcándose directamente a la participación activa. Ésta emerge de la toma de conciencia mayoritaria que signa los momentos cúlmines de la historia, condenando al olvido por efímeras las posiciones endebles de la falsa política. Por consiguiente, aunque es obvio que las vicisitudes de la transición no pueden adivinarse, es preciso no dejar de predicar las virtudes que apuntan al porvenir, al demostrar la voluntad de ser y la voluntad de saber de una comunidad  que quiere persistir como tal sobre una serie reiterada de crisis. Porque el trabajo es la única alternativa al ilusionismo y la improvisación que siempre terminan en el “estilo” del ajuste y la anarquía.


Identidad y realización nacional

Estas no son abstracciones teóricas, sino síntesis operativas fundadas en experiencias colectivas expresadas por grandes autores, y también vivencias personales, especialmente las sufridas bajo regímenes de injusticia, represión y necesidades insólitas en un país de inmensos recursos. Un país frustrado por la falta de conciencia nacional como concepto integrado de identidad y realización. Y donde, lamentablemente, la libertad no se concibe junto a la responsabilidad como dos caras de un mismo principio de convivencia. Tal el punto de partida en el diálogo que se reclama, para sustentar un impulso poderoso y sostenido de cambio.

Sin proyecto de nación se diluye la esfera pública con sus derechos y  deberes. Luego se consiente la privatización de lo público  en términos de negociado sobre el saqueo del Estado. Y se ejerce la “ejemplaridad al revés” que premia al oportunismo y la corrupción, y castiga la honestidad del ciudadano que trabaja y cumple. En consecuencia, se asiste con impotencia o indiferencia a la degradación de una sociedad que revierte los vínculos permanentes de un destino compartido, en un enredo de “relaciones de conveniencia” de corto plazo, sin credibilidad ni garantías.

De allí el desborde en la llamada puja distributiva, persiguiendo intereses sectoriales a cualquier costo para los demás, pues sin proyecto unívoco no hay concertación económico-social, que es la referencia equitativa de una gran paritaria nacional. Esto a su vez plantea las paritarias gremiales como una entidad falseada que se conforma con la apariencia. En paralelo, la división de las cúpulas sindicales, por apetencias  individuales de poder, no recibe el apoyo político de sus propias bases, desperdiciando costosas campañas electorales. Un cuadro de errores y limitaciones que trastoca rápidamente las reivindicaciones “radicales” en inocuas; y hace que la lucha por la verdad  efectiva se tilde de rebelde, complicando las soluciones más elementales, porque no se puede ordenar la economía en un país desordenado.


Los rasgos contradictorios de la transición: valores y antivalores

Es conveniente comprender la naturaleza contradictoria de la transición, con sus rasgos destructivos y constructivos, siendo lo más negativo el sufrir un interregno de destrucción de los valores de convivencia y su sustitución por los antivalores del destrato, el descreimiento y la inseguridad. Esta tendencia a la baja en todos los aspectos de la vida cotidiana, que impacta en la pérdida de empleo digno y educación calificada, añade la paradoja de un contexto “legal” irracional que, en nombre del “garantismo”, se inclina a favor de los victimarios de la corrupción y el crimen, y abandona a sus víctimas.

En esa instancia ingrata, nos queda descubrir los caminos  que llevan a la reconstrucción del  hombre y la comunidad, verificando el cambio de muchas categorías morales y sociológicas que se consideraban permanentes. Así se demuestra la limitación del individualismo extremo, nacido en el derecho de intimidad y privacidad del ciudadano que ayer se alzó contra la era del absolutismo. Ahora, este individualismo egocéntrico adopta un signo reaccionario al aislarse de la realidad con indiferencia social y escepticismo político, al precio de una actitud nihilista.

En simultáneo con la “disolución del individualismo” se opera la “desarticulación de la masa”, que es su contraparte en la vieja concepción liberal; es decir: individualismo y excepcionalidad para las minorías dominantes y masificación y manipulación para las mayorías dependientes. Nueva realidad que descarta la uniformidad automática de los viejos “movimientos de masa” en las revoluciones y las guerras, aunque la masificación todavía perdure en el esquema de la propaganda, la publicidad y el consumismo. Fenómeno evidente en los aparatos mediáticos de uno y otro signo, que perciben la miseria y sus secuelas trágicas como cifras anónimas de la estadística.

Queda señalado el rumbo hacia la salida: el individuo asocial debe transformarse en “persona” integrada a la participación organizada, sin mengua de su libertad de conciencia singular; y la masa debe transformarse en “pueblo” incorporada a las diferentes construcciones orgánicas (organizaciones libres), sin sectarismos ni exclusiones. La energía vital del trabajo es precisamente la encargada de transfigurar estos valores con vistas a adaptarnos a una evolución inexorable , pese a las resistencias que despierta toda transformación operativa de magnitud y toda reivindicación de un sistema de conducción y gobierno más equitativo y amplio.


La excelencia por la formación y la capacitación

Nos debatimos en un entreacto incierto de dramatismo histórico, lejos todavía de la escena definitiva que requiere la generación de nuevos actores y autores, para suplir la falta de compromiso y creatividad dirigente. Mientras tanto, obligados a subsistir en el desorden, es menester ir corrigiendo gradualmente los peores defectos, hasta estar en condiciones de ocuparnos de la gran política y la estrategia. Se impone entonces superar con constancia la aflicción por la futilidad presente y reafirmar nuestra intervención entusiasta en el advenimiento de un futuro distinto.

La gran misión es proponerse alcanzar la “excelencia”, vertebrando orgánicamente un  gran sistema de conducción,  caracterizado por la persuasión y la disciplina voluntaria. Respetando sin duda la diversidad de perspectivas y aportes, pero sabiendo que no hay ejercicio trascendente de la libertad civil sin participación concreta. La reducción de la categoría ciudadana al simple acto comicial, que es sinónimo de democracia en la forma y no en el fondo, agudiza el inexorable vaciamiento de los gobiernos por incapacidad, arrogancia y corrupción. En cambio, la democracia real, en sus fines y medios, requiere la cooperación, la crítica, las propuestas alternativas y el control institucional del poder. Categorías éstas pertenecientes al sentido fundamental que tiene la “excelencia” para asumir el proceso nacional en su conjunto como causa de identidad patriótica.

Los trabajadores, en la acepción más amplia de la palabra, expresan las fuerzas creativas y productivas que unidas desplazarán, por su presencia y peso, a las facciones especulativas que no conjugan sus intereses particulares con las aspiraciones generales de la comunidad. Para ello es esencial formar los elementos directrices en la implementación de equipos de cuadros organizativos y de dirección, como portadores de los principios y valores primordiales que decantarán en políticas públicas y criterios de concertación.

Encarnar los valores de la conducción responsable, exige modificar el esquematismo de los supuestos “modelos” ideológicos, y retomar las herramientas estratégicas de un verdadero plan de trabajo, con un gabinete de trabajo y un parlamento de trabajo. Es el modo de evitar la ambigüedad de la politiquería, el mercantilismo de las burocracias y la embriaguez de la corrupción descarada que anula el funcionamiento institucional. Las fuerzas políticas renovadas en vez de reiterarse en el deprimente “más de lo mismo”, o de aglomerarse sin identidad definida, pueden ayudar a establecer las condiciones básicas de una transición al porvenir.

Para ello, tendrán que formular los objetivos constitutivos y funcionales de las políticas de Estado necesarias, firmando un compromiso cierto de ejecución, cualquiera fuese el resultado electoral de las instancias pendientes. Proceso complejo pero imperioso, que precisa ser vigilado y apoyado por una modalidad distintiva de vertebración política y social. Tarea de aquellos que, con voluntad de trabajo, pueden demostrar la conjunción de mística política y solvencia técnica para la resolución eficaz de los problemas nacionales, removiendo drásticamente los obstáculos que impiden la realización del país.







jueves, 19 de diciembre de 2013

SINCERAMIENTO INTITUCIONAL O VACÍO POLÍTICO Y FRACTURA SOCIAL





La democracia no es sustituible, pero sí perfectible

La verdadera política es el ejercicio legítimo del liderazgo y su aplicación constructiva  al logro de las aspiraciones de la comunidad. Su motivación es la exigencia de solucionar los problemas ciudadanos, sin perder el rumbo del destino nacional en las vicisitudes del presente, que es la amalgama histórica de su pasado y futuro. Antipolítica, por su parte, es lo contrario, porque significa obstruir el camino con la combinación de incapacidad, corrupción e intolerancia.

La conducción política, sea del oficialismo o de la oposición, no se improvisa y menos en períodos de ajuste económico y malestar social. Allí naufraga el partidismo, el punterismo, el clientelismo, el falso coopertivismo y la especulación electoral, aunque  sean los métodos que dieron “resultado” hasta ayer. Las meras combinaciones entre distintas expresiones del naufragio, son igualmente frágiles y aleatorias, pues carecen de estructuras reales de contención civil y participación social. Así no garantizan fortaleza institucional sino debilidad, porque la conducción no es un problema de cantidad sino de calidad, y ésta no existe cuando reinan la ambigüedad, el descrédito o  el ridículo.

Una sociedad irreconciliable es una sociedad indefensa

Los desencuentros y divisiones permanentes erosionan la democracia que tanto nos costó recuperar. Se arriesga entonces el juicio despectivo del ciudadano de bien a todos los políticos, y aún a toda la política, como si la mala praxis de ciertos dirigentes justificase el retorno al autoritarismo y la represión. Tendremos que analizar cómo llegamos a esta situación que parece increíble por la saturación de lo mediocre y la audacia de las ambiciones desmedidas. Porque la Argentina no es el último lugar de del mundo, sino un país de ingentes recursos naturales y humanos, con una singularidad cultural reconocida en el mundo.

Los “discursos” ya no sirven para distinguir a los dirigentes de tantas parcialidades, a quienes es más fácil reconocer por los intereses que concitan sus círculos cerrados, distantes por igual del pueblo. Olvidan que en el sistema republicano y democrático, el principio de elección debe completarse con el  criterio de selección; porque el voto confiere legitimidad de origen, pero ésta se diluye con las gestiones y acciones incorrectas.

La corrupción y el exhibicionismo como antivalores potenciados

En nuestra crónica desigualdad social, que ahora suma una década de posibilidades mal aprovechadas, tiene mucho que ver la “ejemplaridad inversa” de los dirigentes asimilados a la “farándula”, que han representado el “éxito” de la corrupción en el marco de la impunidad y el exhibicionismo. La emulación de estas conductas antisociales,  en la cúpula de lo tres poderes republicanos, ha provocado, por caso, que en los saqueos a comercios y viviendas los culpables hayan soslayado el ocultamiento propio del delito, subiendo a las redes sociales sus imágenes de hurto y violencia.

Contra su propia seguridad han querido demostrar que “el delito paga”, la impunidad otorga, y la publicidad de lo inmoral vende “popularidad”. Conclusión masificante que pretende inculcar que quien trabaja y no roba es un tonto y un anacronismo. Nueva versión de un falso progresismo vulgarizado por un esquema de encubrimientos y mentiras. Luego, en esta instancia, es imperioso exigir dirigentes éticamente aceptables, políticamente idóneos y psicológicamente razonables para evitar que las conductas irresponsables causen más daño (“la corrupción mata”).

Sin embargo, los criticados dirigentes no emergen por generación espontánea. Somos nosotros, como pueblo, los responsables de esta situación que, sin soluciones a la vista, puede seguir largamente en el plano inclinado de la anomia. Y ella sí pondría en duda la propia voluntad del ser argentino. ¿Queremos ser argentinos? Nuestro individualismo parece negarlo. ¿Tenemos fe nacional? Es la pregunta que nos debemos hacer, porque contestarla positivamente comprende la decisión individual y colectiva de realizarnos integralmente como personas y como sociedad.

La prolongación de la anomia y el riesgo de anarquía

Las naciones como los individuos, en los momentos difíciles de su vida, vuelven a las imágenes recurrentes de sus buenos y malos sueños. Es una especie de pecado original político, que llama a la reflexión de la comunidad desde su propio mito fundacional, recordándole sus temores ancestrales, sus frustraciones angustiosas y los desafíos pendientes. Es necesario comprender este proceso de la conciencia colectiva para poderlo superar, evitando el pesimismo sistemático que nos cree condenados al fracaso definitivo.

Es una cuestión fundamental que debemos asimilar nosotros mismos, sin desconocer las especulaciones de quienes medran con nuestra división. Estos problemas irresueltos, estas categorías agónicas de la argentinidad polarizada y enfrentada, se repitieron y repiten en las crisis políticas y económicas que impactan nuestra trayectoria. Por consiguiente, hay que profundizar en todas las cuestiones, de forma y de fondo, donde las crisis cíclicas se consumaron sin debatir ni consensuar las propuestas concretas. Porque en el trance de conducir; “lo que no es posible es falso”.

No se trata de incurrir en la soberbia de pretender originalidad, porque el arte es extraer  lecciones de sabiduría y prudencia; y aprender de los ensayos y fracasos que, bien analizados, se constituyen en fuente de experiencia, comparación y rectificación. La tarea es elaborar un pensamiento político estratégico institucionalizado, para que sea patrimonio común y funcione normalmente en nuestra realidad, recordando que “la política sin diálogo es violencia”.

 La educación de los dirigentes

Quienes ejercen la conducción encarnan durante su gestión el dinamismo de su comunidad. Este carácter integral es de naturaleza cultural, porque abarca todas las actividades políticas, económicas y sociales de la personalidad plena del país. Y además, porque las sintetiza de modo operativo en una estructura codificada de lenguaje, ideas, instituciones y procedimientos como un todo comprensible y efectivo de acción. Estos son los conductores que conducen, y no se dejan conducir por los acontecimientos.

Los grandes sucesos renovadores de la historia no han sido “puristas” ni excluyentes, y supieron engarzar a viejos y nuevos protagonistas e incorporar a distintos sectores sociales. Lo nuevo, en rigor, estuvo en el impulso con que se aceptó el desafío de actualizar propuestas y proyectos. Reto político que hay que volver a encarar con coraje civil, asumiendo las responsabilidades que implica, y arrostrando los sacrificios que impone; es decir: saliendo del refugio del oportunismo y del encierro del sectarismo.

La provocación de los extremos, disfrazados ideológicamente, con la anuencia o no de círculos transnacionales, fomenta un enfrentamiento civil. Lo conciben como el “empujón” que falta, ante una situación conflictiva, para decidir uno u otro rumbo en nuestra inserción  mundial. El terreno está siendo preparado con la persistente crisis institucional y el repudio ingenuo y frontal a toda la política,  lo que anticipa el horizonte de posibles colapsos. A esto se agrega la propuesta de un “gobierno de los jueces” que es inaceptable, al igual que los amagos confusos de una “democracia parlamentaria”. La nuestra  es la tradición del “presidencialismo”, pero dentro de una democracia constitucional que impida claramente la arbitrariedad y el autoritarismo.

El sistema democrático funciona en una concepción aglutinante,  como un todo, sin perjuicio de disparidades puntuales por asuntos específicos; y no como “partidos por encima de los partidos” con propósitos de prevalencia o avasallamiento. Son poderes circunstanciales no autosuficientes, lo cual no sólo consulta fundamentos éticos y normativos, sino criterios simples y directos de sensatez. En tal aspecto, debemos salir rápidamente de la discusión abstracta y capciosa, que ya aburre e irrita.

Ser un factor de decisión nacional resulta algo distinto a especular en la política como profesión especulativa. Porque la política en esencia no se limita a la faz cuantitativa como el aparato, la caja, la encuesta y el proselitismo. Es necesaria también una faz expresiva con contenidos conceptuales y simbólicos de ideas, sentimientos y valores para construir un compromiso de participación. Por lo demás, la verdadera crítica será la de los nuevos hechos políticos cargados de significación sincera, para recuperar el prestigio perdido. Hay que proponerse objetivos y tareas; y no sólo artificios retóricos y mediáticos que no conceden sentido ni dignidad a las fuerzas carentes de una línea doctrinaria y programática.
 
A la unidad por la razón y el diálogo con fundamento

En el quehacer político la razón profunda, no el mero intelecto sin sabiduría, busca la unidad; pero no cualquier unidad sino aquella en que percibe la verdad. Este principio elemental de filosofía de la vida es válido  para estadistas y conductores, ya que la reflexión y el diálogo buscan siempre esclarecer el ser nacional y brindarle su prédica y su acción para que éste prevalezca y salga renovado y fortalecido de la crisis. La corrupción de la que hablamos aquí no se circunscribe a su aspecto doloso y material, sino a la ausencia del Proyecto Nacional; porque sin él es imposible consensuar un entramado de Políticas de Estado, no de partido o de facción. Y sin el alma de este proyecto vertebral, todo el cuerpo orgánico del país se frustra y se descompone.

La Argentina violenta no tiene remedio con simples medidas cosméticas. Necesitamos ir al fondo de lo problemas que no se solucionaron, y aún se agravaron en estos últimos años. Es imprescindible concertar una lucha seria contra la inflación y la especulación; instrumentar un plan integral de prevención y seguridad democráticas con especialistas de fuste; recuperar el control de nuestras fronteras; realizar la infraestructura energética y vial sin favoritismos ni sobreprecios; acabar con el unitarismo fiscal y potenciar las economías regionales; desarrollar un plan global de viviendas populares a ejemplo de quienes han sabido hacerlo a escala de su jurisdicción, impidiendo aventuras y estafas, etc. Sólo así se pacificará un país que sufre injustamente olvidos, desbordes y maltratos.
 
Reflexiones útiles para la nueva generación

Por eso las preguntas que nos hacíamos no son de orden “intelectual” sino práctico, porque el nuevo impulso presupone partir de principios y  valores y no escudarse en la indiferencia o el anonimato. Tampoco hay que hablar porque sí, sin comprometerse en una participación organizada. En la espera activa de las cosas nuevas que siempre actualizan la militancia, la alternativa es construir formas de expresión y de acción que liberen el potencial extraordinario de nuestro movimiento.

Toda interpretación de la historia está determinada políticamente por el presente y referida a él, criterio que relativiza la supuesta objetividad de la historiografía que pretenda imponer su arbitrio sobre el pasado para condicionar el futuro por derecha o izquierda. De ahí el mérito de un enfoque ecuánime donde van sedimentando las diferentes capas sociales en la categoría “pueblo” y las distintas visiones ideológicas en la categoría “cultura”, para la integración de una comunidad de destino.

Esta legitimidad a largo plazo, de una mirada no sectaria ni excluyente, es crucial para los movimientos nacionales que, en cada instancia histórica, deben abrir nuevas perspectivas para todos como condición para perseverar en sus  grandes objetivos. Actitud clave para superar los periodos dolorosos, y extraer las enseñanzas correspondientes, junto a las reflexiones útiles para la nueva generación, porque aquello que moviliza socialmente de verdad no es el resentimiento sino la esperanza.




jueves, 27 de junio de 2013

EL PAPA FRANCISCO Y LA CONSTRUCCIÓN COMPARTIDA DE LA COMUNIDAD NACIONAL






EL PAPA FRANCISCO Y LA CONSTRUCCIÓN COMPARTIDA
DE LA COMUNIDAD NACIONAL


por: Emb. Julián Licastro y Dra. Ana María Pelizza



Una nación en movimiento, demorada por la desunión

La proximidad de un nuevo aniversario de la proclamación de nuestra independencia resulta propicia para reflexionar sobre el ideal que alumbró  aquella gloriosa gesta,  que hoy quizás aparece como una promesa sin compromiso. Es decir, un anhelo de protagonismo histórico, a la medida de nuestros grandes recursos geográficos y humanos, frustrada por la imposición reiterada de hegemonismos externos e internos que afectaron el principio superior de la unión nacional.

Lo hacemos sintiendo el apoyo providencial de un pontífice argentino que consagró su vida al pensamiento, la prédica y la acción pastoral en la afirmación de nuestra identidad cultural. Condición ineludible para sumar el aporte de una comunidad nacional integrada a los valores universales del mundo. Su alto magisterio actual nos permite analizar el presente a la luz de los preceptos esenciales de la Doctrina Social Cristiana, de modo concordante, en nuestro caso, con los postulados de la Comunidad Organizada, sin dogmatismo ni exclusiones.

Interrogarse, pues, sobre la realización necesaria y posible de una comunidad de destino, nutrida en la experiencia colectiva de vicisitudes y problemas, exige apelar al pensamiento reflexivo y diverso, y a la palabra persuasiva y clara en orden a la expresión de la verdad y el testimonio de la solidaridad. Esto implica la evolución de una conciencia plena, con memoria y proyecto. O sea: el recuerdo vivo de las raíces y tradiciones fundantes, a partir del cual debemos hacernos cargo, con humildad y firmeza, de una historia compleja, una realidad acuciante y un porvenir pendiente como obra de conjunto.

Por esta razón constituimos “una nación en movimiento”, pero aún demorada en el desarrollo efectivo de su gran potencial, por la debilidad y división de sus vínculos sociales. Situación que nos ubica de manera precaria y ambigua, frente a la incertidumbre del futuro que demanda el coraje y la participación activa de los pueblos por su propia dignificación.


La principal misión patriótica

El riesgo no es equivocarse, lo malo es no corregir errores evidentes y persistir en una inveterada intolerancia, como prueba de la inmadurez civil que nos muestra una sociedad desarticulada, fragmentada y polarizada. Una sociedad que, en vez de ponerse a trabajar de forma decidida en la resolución factible de sus problemas concretos, puede encaminarse hacia un nuevo y grave enfrentamiento.

Urge, entonces, proteger y potenciar nuestros vínculos sociales, y transformarlos paulatinamente en los verdaderos lazos solidarios de una comunidad que se reconstruye a sí misma como alternativa a su posible decadencia. Tarea que consiste básicamente en crear “espacios de encuentro” donde ejercer el “diálogo fecundo” superador de enemistades eternas y antinomias estériles. Ésta es sin duda la principal misión de una militancia política patriótica.

El Papa Francisco nos refiere a la enseñanza de Juan Pablo II: “una democracia sin valores se convierte fácilmente en un totalitarismo visible o encubierto”. Cita ecuménica que señala el daño causado por una crisis global de la civilización impulsada por el “capitalismo salvaje”, el consumismo obsesivo, el relativismo ético y la manipulación de los pueblos masificados por falta de organización propia.

Es el reino de la corrupción en todas sus facetas y dimensiones, en países grandes y pequeños, donde los dirigentes hablan “el lenguaje de la hipocresía” y gobiernan con el recurso de la dádiva. Son los “relatos” engañosos que niegan la realidad e intentan disimular su indiferencia por el sufrimiento de la gente, y las “concesiones” otorgadas con actitud discrecional y arrogante, en lugar de cumplir las reinvicaciones equitativas instituidas por el derecho social.



El poder sólo a través del deber

Se trata de avanzar, con propuestas específicas y operativas, por el camino de una tercera posición de profundo sentido popular, no populista, entre los extremos de los “ultras” y los “anti”. Porque el simple populismo no tiene doctrina, ni programa, ni formación profunda de dirigentes con capacidad creativa. Así como tampoco respeta las “instituciones históricas” que, aún con defectos a superar, informan de nuestro esfuerzo por articular una democracia constitucional, como cauce para marchar sin violencia hacia una sociedad más libre y justa.

Es la amalgama en una “ética común” de las conductas, preferencias, principios y valores que han conformado, en el tiempo, “el modo propio de ser humanos” en la peregrinación plural de la Argentina. Lo cual implica la interacción de ideas y estilos pertenecientes a diferentes espacios políticos, pero sin absolutismos que persigan la extinción de los otros. De igual modo, nuestra  visión general debe mantener una perspectiva abarcadora y cuestionar nuestra propia razón para enriquecerla y ampliarla; porque la vanidad intelectual diluye el sentido de responsabilidad e instrumenta  sofismas en una “teoría justificatoria” del autoritarismo.

El individualismo extremo y el personalismo desbordado frustran el empeño de la organización política o la colapsan; puesto que para vencer al tiempo hay que tener un proyecto compartido, que sepa abrir siempre nuevas perspectivas para todos. Esta construcción de lo permanente y estratégico, no de lo fugaz y tactiquista, reclama un completo sistema de conducción, por equipos de trabajo, al servicio directo de una ciudadanía cada vez más consciente y comprometida.

Para ello hay que vencer la egolatría que desquicia lo público y comete los abusos de poder que provocan desconfianza y rechazo. Conducir, en rigor, es dar y darse, sin buscar la adulación inmediata del cortesano, ni la obsecuencia automática del súbdito. Los signos de los tiempos que corren advierten, en el continente y el mundo, sobre el choque inexorable que involucra el estallido de la indignación social frente a la combinación nefasta de corrupción y prepotencia.


Madurar por la cultura del encuentro

La prudencia es un arte que, hoy como nunca, exige liderar sin sectarismo, administrar sin soberbia y comunicar sin vanidad. Porque así como el poder es imprescindible para transformar la realidad al servicio del bien común, su naturaleza misma es reacia al exceso de los extremos, el rupturismo de los “entristas” y las “batallas” innecesarias que lo desgastan agónicamente.

En consecuencia, hay que dejar atrás las discusiones banales y las interpretaciones sesgadas de la historia, para poner nuestra energía en el estudio y ejecución de las medidas más convenientes. Ello exige convocar y escuchar las voces del conocimiento, la moderación y la experiencia, no exentas del espíritu de decisión compatible a los grandes desafíos que nos esperan. Contrariando esta regla fundamental, el “pensamiento único”, por derecha o izquierda, es el obstáculo principal de la planificación como herramienta estratégica, porque la interfiere con los ideologismos y la quiebra con los intereses espúreos y la corrupción estructural.

Llegado a un punto letal del desencuentro, se impone la exigencia moral y política del acuerdo nacional, sin olvidar los golpes que sufrimos o infligimos en nuestras luchas internas. Ello impone memoria y justicia, pero también verdad y reconciliación. Sin estas virtudes, tan difíciles como necesarias, el dolor humano se degrada a un resentimiento extremo, que llama sin cesar al conflicto frontal y autodestructivo, que es lamentablemente como nos juzga el mundo.

Bergoglio recuerda a Perón en este trance delicado de nuestra dimensión espiritual. Y lo destaca con calidez también en este capítulo de su trayectoria. Un Perón que regresa ya “amortizado” como prenda de paz, para abrazarse con sus adversarios de ayer, luego de la lucha fratricida alentada por los imperialismos: porque sabe que el liderazgo de verdadera proyección trabaja, con sabiduría y paciencia, para los ciclos largos de la historia.

Buenos Aires, 1 de julio de 2013.
En el 39no. aniversario del fallecimiento del General Perón.

* Sugerimos leer “La nación por construir”, síntesis de la VIII Jornada de Pastoral Social, del Card. Jorge Mario Bergoglio, con prólogo del Rev.P. Carlos Accaputo. Buenos Aires, 2005.

EL PAPA FRANCISCO Y EL TRABAJO En la perspectiva de la justicia social



EL PAPA FRANCISCO Y EL TRABAJO
En la perspectiva de la justicia social


por: Emb. Julián Licastro y Dra. Ana María Pelizza


La peor pobreza es no tener la posibilidad de un trabajo digno

En su homilía del día del trabajo, el Papa Francisco destacó la dimensión trascendente de esta actividad crucial en la vida humana, que además de subvenir a las necesidades materiales, construye una sociedad justa y unida por la dignidad del esfuerzo común. Esta definición clave, que enfrenta la inmoralidad estructural del sistema causante del desorden social y mundial de esta época de cambios asimétricos, permite percibir con claridad el “ser o no ser” del trabajo en las categorías conjugadas de materia y espíritu, cuerpo y alma en nuestro desafío existencial.

El trabajo, que nos da un lugar respetable entre nuestros hermanos, no es el de la concepción del “capitalismo salvaje” [Juan Pablo II]: una mera mercancía que se intercambia por una retribución, casi siempre exigua, enajenando al hombre respecto de su labor. Y degradándolo a un simple número de una economía explotadora y especulativa dirigida a la acumulación desmedida de riqueza.

El trabajo tampoco es el “sacrificio” impuesto a los pueblos para la construcción del colectivismo antidemocrático, que culmina de igual forma en el poder ilimitado de los círculos estrechos de la nomenclatura. Porque es cierto que todos nos debemos al “esfuerzo” del trabajo, pero nadie puede inmolar su propia existencia personal regimentada en un trabajo forzado para el futuro incierto del totalitarismo.

Finalmente, el trabajo no es su simulación en un esquema populista que, más allá de un relato ideológico que desmiente cada vez más  “la realidad que es la única verdad”, conforma en rigor un modelo estructurado de desocupación. Sea por el trabajo precarizado y en negro; sea por la subvención de un cooperativismo inexistente que no produce nada; sea por el asistencialismo clientelar indiscriminado y crónico que atenta contra la cultura del trabajo en la sucesión de las generaciones sumergidas.
Gobernar es crear trabajo

Por estas razones negativas, en nuestro país, la idea pionera de Alberdi: “gobernar es poblar”, fue actualizada y completada en su significación social por Perón, al afirmar que “gobernar es crear trabajo”. Porque es evidente que los conglomerados humanos, asentados sin planificación previa, ni dotación de servicios esenciales y carentes de fuentes de trabajo, patentizan una comunidad al revés: sometida por los explotadores de la esclavitud moderna, el narcotráfico, la trata de personas y todos los delitos derivados de la falta de contención educativa y pacificadora.

En esta problemática, agudizada por un absurdo “garantismo legal” y la mala praxis de autoridades políticas, judiciales y policiales, la solución real e integral sólo puede provenir de la voluntad conjunta, decidida y perseverante, de reorganizar la comunidad desde su misma base por el trabajo fecundo. Factor imprescindible que no es permutable con dádivas, ni con el incremento ocioso del empleo público partidizado y sin control de  utilidad y gestión.

Sin embargo el neopopulismo pseudointelectual, siguiendo el discurso anticuado del neomarxismo europeo, asesora equívocamente a un gobierno centralizado hasta las adyacencias del autoritarismo. Pero en verdad, el “modelo de desocupación” que establece y ha concentrado la pobreza para hacerla funcional a un ordenamiento sin prevalencia institucional, sirve al propósito implícito de la cautividad electoral, el mecanismo perverso de los retornos, y la extorsión social latente como fuerza de choque en la división de la sociedad.


El lenguaje de la corrupción es la hipocresía

El papa Francisco, así como nos alerta sobre los límites del “asistencialismo social”, válido en la emergencia pero no como propuesta permanente, ha profundizado el grave concepto de la corrupción. Esta lacra sobrepasa al pecado, fomentándolo con la promoción de intereses espúreos y el narcisismo, que es una debilidad interior basada en la vanidad y la arrogancia. Una debilidad espiritual que exige la adulación y la obsecuencia para afirmar el rol que cumplimos en cualquier jerarquía, pero que es especialmente nefasta en el nivel de conducción, porque su lenguaje masivo es el de la hipocresía.
Un lenguaje de contenidos duales, que habla de distribución de la riqueza, pero la concentra más que nunca; que declama la movilidad social pero disminuye la clase media y deteriora la capacidad adquisitiva de los trabajadores; que critica a la banca que gana en forma record y no paga impuestos; que dibuja la inflación y con ello aumenta la presión tributaria que es la más alta de la historia; que combate al “campo” y vive de la soja; que proclama el federalismo y destruye a las provincias y las economías regionales  mediante una coparticipación inequitativa totalmente unitaria.

Es indudable que toda visión retrospectiva admite matices y conclusiones diferentes, pero eso no es lo principal porque “lo útil mira al porvenir”, y es allí donde crece la incertidumbre que afecta la edificación del futuro. La falta de planificación estratégica ha sido indiscutible, entre la improvisación reiterada y la venalidad sistemática. Y el impacto demoledor para la infraestructura vial, ferroviaria, marítima y energética; comprobando que “la corrupción mata” por los fondos que desvía, malgastando una década de condiciones inéditas de crecimiento no traducido en desarrollo sustentable.

Y es el desarrollo, como lo anticipó Karol Wotyla, el nuevo nombre de la paz en el orden social e internacional. Desarrollo nutrido en la reintegración del humanismo por la cultura del trabajo, según principios y valores universales que anteceden y motivan a las diferentes corrientes políticas y sindicales. La ética de la solidaridad y el trabajo no es una ingenuidad acrítica denunciada por las ideologías extremas, sino una potencialidad del “nosotros social” que se realiza con la toma de conciencia de una comunidad de destino, frente al flagelo del subdesarrollo y la pobreza.


El peor error es no corregir el error

La prudencia no delibera sobre los fines, sino sobre los medios [Aristóteles], y puesto que a menudo estamos de acuerdo con los aspectos generales de los grandes objetivos nacionales, es imprescindible debatir, con apertura y sinceridad, sobre los mejores procedimientos y métodos para alcanzarlos. Es decir, superar los errores y los vacíos de un ciclo oficial que aún se prolonga y donde la oposición hasta ahora no ha ofrecido mayores alternativas.

El lenguaje que nos pide el Papa para el diálogo sobre temas donde se juega nuestro destino personal y comunitario, es el de la “palabra de verdad y con amor”, dejando de lado el decir edulcorado de la relatividad ética, la adulación política y la manipulación pública. Un consejo sabio que nos recuerda nuestro axioma: “la verdad habla sin artificios”.

Esto nos permitirá recuperar a todos el protagonismo incluyente en un proyecto nacional compartido; fuera de los monólogos recriminativos, la agresión mutua y las estridencias mediáticas. Los grandes movimientos y partidos no perduran por el simple enroque de dirigentes con acentuadas apetencias individuales, sino que son sostenidos por una gran franja de militancia honesta y consecuente, con inserción territorial y social. Esto representa el verdadero motor del recambio y la reconstrucción de poder, que ciertos analistas e “intelectuales” no visualizan o desprecian, porque sólo difunden el laberinto de una escena de ambición.

Honrar al trabajo, pues, es destacar también al militante comunitario como sujeto político pensante y actuante. Él aumenta su potencial de liderazgo cuando es leal a sus principios y  valores, y sabe que su acción que coordina convicciones y responsabilidades es un trabajo abnegado al servicio del bien común. Un trabajo sin egoísmo, ni entrismo, ni oportunismo: un trabajo de equipo.

Buenos Aires, junio de 2013.




SER POLÍTICO Y HACER POLÍTICA CON EL OTRO



SER POLÍTICO Y HACER POLÍTICA
CON EL OTRO



 Lo propio de la autoridad es proteger, no agredir

Desde el punto de vista individual, los sistemas de convivencia siguen la tendencia del interés particular y la defensa de la seguridad personal y las aspiraciones propias. Desde el punto de vista colectivo, son la posibilidad de conformar una comunidad bajo el factor relacional y organizador del trabajo. Entre ambos términos, distintos y complementarios, de la ecuación social, sólo la voluntad amplia y manifiesta de compartir un destino de pertenencia, integra la unidad indivisible que constituye la comunidad cívica nacional.

Esta constitución paulatina, de hecho y de derecho, se desenvuelve en paralelo con los principios  y valores que entretejen nuestra idiosincrasia singular. En las crisis de época, la omisión reiterada de los principios lleva a grandes errores, y la destrucción de los valores provoca graves daños contra la integridad y coherencia del país. Sin comunidad de percepción ética es imposible la comunidad de normas jurídicas y legales, porque desaparece la esperanza aglutinante que motiva la factibilidad de una justicia ecuánime.

La decadencia del lenguaje y de las instituciones, que plasman la identidad cultural, regresa a fojas cero el trámite esforzado de edificar una nación, haciendo imprescindible empezar de nuevo, intentando antes que nada “conducir el corazón del hombre”. El desafío de un gran diálogo, que parece lejano, se plantea pues entre nosotros, porque el espíritu y el sentimiento de una reconstrucción moral de la argentinidad será posible sobre la base ineludible de miles de conversaciones que partan del respeto mutuo y la atención recíproca.

Volveremos así a un lenguaje acuñado en la tradición de la amistad y del compañerismo, cuya finalidad afectiva, no exenta de diferencias y discusiones necesarias, prevalecerá sobre el suicidio moral de la censura, la intimidación y el silencio. El autodominio y la persuasión vencerán, del modo conocido y con el método que aprendimos, a los escarnios del descontrol, el agravio y la sumisión, porque el conjunto político es mayor que la parte enferma de un sectarismo anacrónico.



El pensamiento hace la grandeza del hombre

Esta ejemplar definición filosófica [Pascal], coloca desde un comienzo las cosas en su lugar, para evaluar las consecuencias prácticas, no abstractas, de vulnerarlo; y en cambio, penetrar profundamente las perspectivas positivas de ejercerlo, especialmente cuando logramos delimitar el escenario inmediato de acción, distinguiendo la apariencia de la realidad.

El punto de perspectiva, al menos en el justicialismo, es un concepto acendrado de equilibrio, siempre equidistante de los extremos de la polarización y la beligerancia. Nuestro propósito es realizar los grandes acuerdos y las grandes alianzas de un frente histórico que se plantea el proyecto nacional; y que no pretende destruir la democracia jugando a una “revolución” imaginaria y facciosa, sino perfeccionarla con la más plena participación social y popular.

Los que no aman la verdad han levantado un cúmulo cerrado de mentiras, frágil como un castillo de naipes. No pueden retirar de allí la menor de las cartas porque se caería al unísono todo el andamiaje del “relato. Se niega entonces lo elemental de los problemas de la gente [“inflación, inseguridad, corrupción, ineficiencia y falta de planificación en áreas vitales], cayendo en el riesgo imprevisible de “fugarse hacia adelante” sin respetar ningún código, regla ni límite.
 
El orgullo desmedido llevado a la arrogancia impide el balance sincero y las enmiendas urgentes, y la inoperancia llevada a la obsecuencia frena el trabajo serio que la gestión reclama. Como vemos la mejor evaluación política no se aloja en la profusión mediática del “blanco o negro”, y se reduce sencillamente  a conceder la importancia que merecen las necesidades apremiantes del pueblo. Cuando esto ha ocurrido en la historia del mundo, se han producido los milagros económicos  y políticos que nacen de este secreto a voces.
 

Saber oir, saber hacer, y saber explicar
 
La política es una arte que, como tal, tiene una teoría y una técnica, es decir: una doctrina. Ella exige formas auténticas de acción para  transformar la realidad y no sustituirla por la mera “actuación” retórica o mediática sin resultados concretos. De igual modo, la participación política es lo inverso de la pasividad y la distracción, porque exige seguir atentamente la dinámica de los hechos y estar a la expectativa de la ocasión propicia para intervenir en ella con convicciones propias.
 
La clave es la “comunicación personal” que se establece por la presencia directa y a la vez persuasiva de un rol militante ante las dudas y problemas reales. Por cierto, el carácter especial de la comunicación política marca muchas veces un estilo polémico, porque comprende el debate de asuntos complejos y opiniones divergentes. Esto sin embargo no justifica la actitud premeditada de extrema confrontación y exclusión de quien piensa diferente, porque “diálogo” significa precisamente: ser político y hacer política con el otro.
 
Hace falta, como afirman los pensadores clásicos que fundamentaron la democracia, una “vocación pedagógico-política”, para saber oír, saber hacer, y explicar bien lo que se hace. Si aceptamos como principal virtud del liderazgo la búsqueda de un desarrollo ético-político, debemos saber que éste comienza y se sostiene en el reconocimiento sincero de lo bueno y de lo malo en las conductas y los procedimientos. Criterio inequívoco de autocrítica, corrección y maduración de la personalidad con capacidad de orientación y guía.
 
El principio Socrático de “conócete a ti mismo”, que Perón tanto nos repetía, incluye la exigencia esencial del autodominio  y la armonía de la cual se derivan la persuasión y la humildad del liderazgo. Mientras que el anti-valor del dominio como imposición y mando, desplaza la conducción a una estadística falaz de factores materiales, sin considerar la dignidad de las personas que se descartan o se humillan con gesto distante y altanero.


Evitar la resignación y unir fuerzas

La militancia auténtica es un modo de entender la existencia y una manera de vivir. Una vocación, con visión histórica, para involucrarnos en una participación democrática efectiva que requiere organización y estrategia. Es una intervención planificada en los asuntos públicos, políticos y sociales, por vía del pensamiento, la palabra y la acción, abrazando la libertad con todas sus consecuencias y pruebas que cambian con la situación.

Como en el ejemplo bíblico de los padres primordiales, que quisieron acceder al conocimiento por sí mismos, “tomar conciencia” de la realidad cancela la inocencia y nos hace responsables de un nuevo comportamiento. Éste nos otorga la palabra que nombra las cosas del mundo, junto al tributo del trabajo y la generación de la familia. El hombre pues debe dignificar el trabajo organizando con él a la comunidad; y arraigarse en los afectos del hogar y la solidaridad de sus semejantes como exigencia espiritual y práctica de supervivencia. Éstos son los principios y valores que vemos peligrar por los abusos de un poder político que se cree eterno y excluyente.

Luego, sin libertad de expresión no hay libertad de pensamiento, porque las voces libres son las que acuerdan las acciones que establecen la convivencia colectiva. Cuestión elemental para entender como se destruye la libertad con el envilecimiento del lenguaje, sea  por artificios retóricos o ignorancia crónica; y como se desarticula la sociedad cuando se niega o se denigra el trabajo. Operación de pinzas que agreden los criterios básicos del derecho a la equidad y la justicia, y nos hacen retroceder a la anarquía y la violencia más allá de todo argumento ideológico.

El desafío de sortear la encrucijada del caos y el autoritarismo, funcionales entre sí para perpetuar una aventura irresponsable de dominio, implica reforzar, por la educación de la razón reflexiva, el sentido de lo justo y lo injusto que es innato en cada persona. Fuerza interior que evita la resignación y facilita la unión de los ciudadanos de buena voluntad detrás de objetivos y propósitos concertados. Una orientación, en fin, propositiva y activa que deslinde el campo con la falsificación del “populismo”; que no es la fase superior del peronismo, sino al revés: ya que no hay distribución social perdurable sin potencia productiva y eficacia administrativa.


La razón reflexiva y la formación imprescindible de cuadros

Es evidente que la democracia se contrae bajo el peso arbitrario  de la plutocracia, que maneja el dinero para sustituir el prestigio con la popularidad impuesta por el comercio mediático. Una serie de mecanismos de divulgación y propaganda  que, con abundancia de medios económicos y tecnológicos, se atreve a manipular multitudes. Para ello emite consignas triviales e imágenes de captación elemental, que no exigen concentración  ni esfuerzo, descartando la discusión, el análisis y la elaboración de un marco sustentable de capacitación política.

Esquemas publicitarios en la expresión más primaria del término, que al provocar el consumo masivo de consignas endebles, desprecian el protagonismo de la militancia, la filiación y la adhesión política pensante. Esto no significa el descarte de las formas más o menos sofisticadas de comunicación electrónica, incluyendo las llamadas “redes sociales”, utilizadas como complemento del proceso de información, pluralismo y transparencia – si  logramos detectar su manipulación rentada – pero nunca a costa de eliminar la lectura y meditación de los textos de conducción y doctrina en sus distintos contenidos programáticos.

Sin cuadros no hay organización, y sin ella no hay construcción que brinde permanencia y eficacia a la acción política, la cual vale realmente cuando puede acumular efecto para lograr sus objetivos sucesivos. De igual manera, la falta palpable de idoneidad y especialización en los funcionarios a cargo de gestiones específicas, afecta la legitimidad de los gobiernos que resultan de una elección proselitista sin selección previa, por sus listas amañadas de candidatos.

Los movimientos nacionales históricos, a la muerte de sus líderes carismáticos, enfrentan un determinismo estructural que se repite siempre: o engendran una nueva oligarquía de dirigentes corruptos, alejados cada vez más del pueblo, o establecen un sistema amplio de orden institucional que sabe incorporar y premiar a la excelencia. Ésta es la fórmula capaz de vencer al tiempo desde la movilización orgánica de genuinas bases territoriales, laborales y municipales, a despecho del despilfarro de fondos públicos que tratan de comprar voluntades con la impostura de falsas cooperativas y planes asistenciales. [14.3.13]