miércoles, 22 de julio de 2015

COMENTARIOS RADIALES



1/2015
LAS CLAVES POLÍTICAS DE LA TRANSICIÓN
Julián Licastro
Destacamos el protagonismo de sectores no militantes que se politizan. Son integrantes de la sociedad civil que tienen sus propias motivaciones referidas a la marcha del país y quieren participar de las decisiones que los involucran. Han demostrado capacidad de autoconvocatoria y sus manifestaciones, emergentes de momentos críticos, han desbordado las respuestas partidarias. Aunque esta politización, que agrega valor al pluralismo, todavía no alcanza el rango de una cultura política superadora de la coyuntura.
Estas manifestaciones multitudinarias constituyen una reacción  ante la incapacidad de los partidos en una fase decadente que sustituye la “política-acción” por la “política-actuación”, con preeminencia del espectáculo. El resultado resume ambigüedad, poca credibilidad y actitudes cambiantes. Todo queda en un juego de encuestas por la representación, que significa ocupar un cargo, muchas veces sin la condición cualitativa de la “representatividad”, que es imprescindible, porque agrega a la legalidad electoral la legitimidad política de la eficacia. 
¿Cómo se revierte esta involución que hoy inhibe el marco institucional para el desarrollo del potencial económico y social argentino?. En principio, retomando el camino de la construcción de ciudadanía con la prédica y el ejemplo de principios y valores trascendentes, y estimulando el sentido de pertenencia que es donde se cultivan las virtudes republicanas. Una tarea nada fácil ni rápida pero que puede adquirir  fuerza para encaminar el futuro.
Si bien se ha registrado mediáticamente que la movilización civil es más notoria en la clase media porteña, no hay que olvidar las manifestaciones que a diario se realizan en los barrios de la capital, el conurbano y en todo el país, reclamando por la delincuencia, el corte de servicios, los graves accidentes evitables, la venta de narcóticos y  otros problemas recurrentes.

Estos hechos, ligados directa o indirectamente a la corrupción, suscitan el repudio de sectores humildes y desprotegidos que peticionan con la convicción de sus derechos. Por lo demás, en uno y otro  sector, hay que considerar que la “movilización” no es sólo “manifestación”, sino un proceso integrado a logros organizativos permanentes. Es decir, promotor  de organizaciones libres, autónomas del clientelismo y capaces de tomar iniciativas sin depender de dádivas.
De otro lado, valores superiores como libertad, verdad y justicia tienen que sostenerse en el arraigo local y no en declaraciones abstractas. Siempre lo “universal” se genera paso a paso y lugar por lugar, para no reducirse a una entelequia ni a un relato. Por esta razón, la construcción de ciudadanía se realiza mejor cuando acompaña la formación de la conciencia nacional, que distingue a los pueblos con personalidad. 
Allí, además de los sectores medios tradicionales, se expresa el carácter de los productores y trabajadores, porque la unión y pacificación requeridas surgen de un criterio amplio de bien común. Luego, la democracia no corre el riesgo de quedarse en la apariencia, y se ejerce vitalmente en tanto sistema participativo y no autoritario. 
Nos preguntamos si tendremos una transición tranquila o traumática. Hay que ser optimistas pero no ingenuos: rescatar a las instituciones exige paralelamente que se rescaten a sí mismas de la ineficacia y la corrupción donde éstas existan. El límite a no traspasar es el uso de la violencia con fines políticos y una malformación del poder con tendencia absolutista.
Además, hay que confiar en la trasformación que se está dando en la base social democratizando la organización territorial feudalizada. Nos referimos al impulso de las comunidades con verdadero liderazgo, por su contacto directo con la gente y sus aspiraciones más sentidas. [3.3.15]



2/2015

LA DEFENSA DE LA CONSTITUCION NACIONAL

Julián Licastro

En una instancia de conflicto de poderes, se impone sostener las prescripciones de nuestra Constitución, predicarlas en la práctica ciudadana y aplicarlas en la realidad política. Un ejercicio que implica crecer en el nivel de convivencia por encima de las banderías partidarias y desarrollar la voluntad de participar. Porque en caso de llegar a un punto indeseado de crisis, se agravaría la responsabilidad pasiva de numerosos argentinos que aún se mantienen indiferentes. 

La guía de la llamada “ley de leyes” es imprescindible,  en esta transición, donde un cúmulo de legislación importante es tratada en forma rápida y parcial, sin adquirir el peso decisivo de la legitimidad. Ésta, más allá del número formal que puede “aprobar” las leyes, es el criterio republicano por excelencia que promueve el diálogo en el ámbito pluralista del parlamento. De este modo, la concertación es sinónimo de una comunidad que, si bien está compuesta por diferentes sectores, compone una identidad definida que es la condición para existir y autodeterminarse.

En cuanto a la oposición, dividida, se limita por ahora a anticipar que en un próximo gobierno derogaría lo legislado, descontando la incertidumbre intermedia y resignándose a la pérdida de imagen del país. Pareciera que, confirmando las críticas, no a la política, sino a la politiquería, pasamos con improvisación o desaprensión de la “libertad” sin prudencia que lleva a la anarquía, a la “autoridad” sin persuasión que niega a los que piensan diferente.

Por esta fragilidad institucional, reiterada en nuestra trayectoria, la carta magna establece su propia autodefensa para las situaciones y actos de fuerza contrarios al sistema democrático (Art. 36). Y los considera insanablemente nulos, condenando  a sus autores con la inhabilitación perpetua y la exclusión de todo indulto o conmutación de penas.

Acciones imprescriptibles que por igual recaen sobre quienes usurpen cargos y funciones, debiendo responder civil y penalmente por ello. Estas duras sanciones se complementan con el reconocimiento al derecho de resistencia ciudadana, determinando un amplio espectro de situaciones de facto donde se incluyen asonadas castrenses, dictaduras cívico-militares y golpes civiles.

Lo novedoso, y hasta ahora incumplido de la reforma del año 1994, es que en el párrafo siguiente del mismo Art. 36, se expresa que también atentan contra el sistema democrático quienes incurren en graves delitos dolosos contra el Estado que conlleve enriquecimiento. Queda claro, entonces, que la corrupción sistemática, siempre ligada a ineptitud, desidia o asociación ilícita, socava el orden institucional; y merece las manifestaciones civiles de rechazo, en forma contigua a los culpables de violentar los derechos humanos.

Con esta contundencia la Constitución ingresa al principio de la soberanía popular (Art. 37), garantizando el pleno ejercicio de los derechos políticos y consagrando el sufragio universal, secreto y obligatorio. Con tal propósito, propugna la igualdad real de oportunidades para el acceso a cargos electivos y partidarios; y crea el marco favorable a la organización y funcionamiento de las fuerzas políticas como instituciones esenciales. Conceptos que demandan las medidas preventivas y correctivas que fortalezcan la libre expresión de las preferencias electorales contra cualquier tipo de fraude.

La filosofía clásica que, en los albores de la democracia inspiró su matriz conceptual y el eje estructural de sus formas orgánicas, definió al hombre como un ser político por su naturaleza gregaria y social. Y distinguió a la justicia como la virtud propia de la convivencia pacífica en la comunidad de personas libres (la polis). Es fácil comprender que, cuando ella se debilita o suprime, nos expone a descender en la escala de la evolución. [10.3.15]



3/2015
EL ROL INTEGRAL DE LAS FUERZAS POLITICAS
Julián Licastro

En la Constitución Nacional, los partidos políticos son instituciones fundamentales del sistema democrático (Art.38).  Su creación y el ejercicio de sus actividades son libres dentro de una normatividad que debe garantizar su organización y funcionamiento, la representación de las minorías, la competencia de los candidatos a cargos electivos, el acceso a la información pública y la difusión de sus ideas. A tal efecto, el Estado contribuye al sostenimiento de sus actividades y la capacitación de sus dirigentes; con la obligación de las distintas agrupaciones de dar publicidad del origen y aplicación de sus fondos y patrimonio.
Se describe así un régimen de funciones articuladas, destacando el rol integral del partido político, especialmente por la necesidad de concordar el principio de elección, con el principio de selección. El primero destaca la votación, por la mayoría, de los candidatos que ocuparán los cargos dispuestos en la convocatoria electoral; mientras el segundo, fundado en la formación y capacitación, tiende a remarcar la idoneidad necesaria para la gestión ejecutiva o legislativa que les corresponde. De esta doble condición surge el aforismo que indica que: una de las faltas más graves en una república, es aceptar un cargo para el cual no se está preparado.
Es imprescindible ratificar la amplitud operativa y las múltiples misiones de las agrupaciones políticas. En particular, de cara a la transición hacia un nuevo ciclo gubernativo, para no volver a cometer los errores y las fallas de los períodos anteriores. Sobre todo, hay que superar la acepción de “partido” como un aparato profesionalizado y cerrado en una tarea excluyente de carácter proselitista. Una estructura inerte, fuera de las campañas periódicas, con vacíos en la formulación programática, y en la preparación política y técnica de cuadros y dirigentes.

El arte de conducir seres libres es distinto al oficio de mandar en un régimen de sumisión. En la conducción democrática ya el pensar es una praxis, porque tiene un método para priorizar los argumentos motivantes  de militantes, afiliados y adherentes. Luego, la prédica coherente va logrando una unidad de acción voluntaria enriquecida detrás del interés general. Éste ideal no desconoce el principio realista de que “todo poder tiende a expandirse”, potenciando la ambición de personajes venales y círculos de influencia. Pero estos males se moderan, o se vencen, cuando prevalece el rumbo y la templanza de los verdaderos estadistas.
El buen rendimiento de una fuerza no empieza en la tarea partidaria; ella requiere el precedente de la educación familiar y comunitaria donde se siembran las primeras nociones y aspiraciones espirituales. Y aunque las vicisitudes de la vida muchas veces parecen desmentirlas, siempre están allí como un faro orientador que hace posible las relaciones humanas que tejen la trama de la sociedad.  Por el contrario, cuando el respeto mutuo desaparece, la estructuración social se paraliza y la comunidad se autodestruye. En consecuencia, el ideal ético existe para exigir gobernabilidad, estabilidad y destino al instinto gregario.
Elevar el debate de contenidos que faltan en los paneles mediáticos, impulsar el diálogo entre distintas corrientes para constituir alianzas perdurables; y lograr el clima tolerante que debe facilitar las discusiones racionales, siendo metas importantes no agotan el desafío que enfrentamos  de madurar ahora o decaer definitivamente. También necesitamos mejorar el nivel de las conversaciones cotidianas que entablamos en los lugares de trabajo y en los espacios  públicos; ya que muchos de los problemas que sufrimos lo son por nuestros hábitos individualistas y prejuiciosos, que nos impiden construir una identidad ciudadana pluralista y confiada en sí misma. [17.3.15]




4/2015
VALORACION Y RIESGOS DE LAS ALIANZAS Y FRENTES
Julián Licastro

El pensamiento clásico que forjó nuestra forma de ver y de vivir, se plasmó en categorías políticas, ligadas por relaciones de cercanía u oposición como: lo individual y lo colectivo: lo privado y lo público; y en el pensamiento: lo teórico y lo práctico. Vínculos que, según cada experiencia, comprendía también sus desviaciones a los extremos: individualismo; colectivismo; privatismo; estatismo, dogmatismo y pragmatismo. El sistema acentuaba la necesidad de conducir con criterio amplio de contención, condición que sigue vigente en la actualidad.
Un desafío previsto en la misma metodología del conocimiento creativo, que tiene la ocasión de ofrecer una síntesis superadora, restableciendo, con sus matices, la identidad integral del conjunto afectada por el sectarismo de las partes. Es una oportunidad, no un oportunismo, que requiere el esfuerzo de una actitud constructiva para neutralizar los excesos de los antagonismos.
Dentro de esta regla, verificada especialmente en los períodos de transición, tenemos que reflexionar sobre las alternativas para conjurar una fragmentación caótica del país. En este orden vale la concertación de alianzas o frentes, apelando a corrientes afines o reunidas para complementarse mutuamente. Vía escogida por estadistas de renombre que supieron encontrar su articulación correcta; en el caso de Perón, convocando a un frente nacional del “bloque histórico de fuerzas” enroladas en las mismas banderas políticas, económicas y sociales.
Esta opción trascendente de la gran política refiere a una visión que sobrepasa las presunciones  triunfantes de un partido o movimiento aislado; porque se plantea, además de ganar una elección, realizar un gobierno de transformación, cuya premisa es la unidad y solidaridad que la posibilite y sostenga. Una propuesta clara y viable en función del bien común, que debe definirse con los objetivos y lineamientos de un núcleo esencial de políticas de Estado.
La matriz conceptual que destacamos en el origen milenario de la República, custodia el ejercicio de la política con la filosofía y la ética. Es decir: política con doctrina, que suma al análisis profundo de la realidad la técnica de la planificación democrática; y política con ética, que impone la conducta honesta de dirigentes y funcionarios. Así, sin improvisación ni corrupción, se perfila una práctica exitosa, no con la “utopía” del relato ni el espectáculo de la frivolidad, sino el ideal posible de un futuro diferente.
Tenemos que sentirnos responsables de la construcción compartida de fuerzas sólidas y eficaces, y no culpables de nuevos errores y frustraciones. Las alianzas y frentes serán por la solución de los problemas de la comunidad o no serán; lo que incluye advertir sobre los riesgos del tactiquismo, el internismo y el mero reparto de cargos.
En una dirección equívoca, lejos de remediar la fragmentación, la estaríamos agravando con efectos imprevisibles. Por esta razón, es más necesario que nunca el protagonismo social y ciudadano, para elegir nuestro destino sin resignarnos pasivamente a la instrumentación de ambiciones y engaños.
La aspiración legítima a representar a un pueblo requiere coraje moral, compromiso civil, sensibilidad social y formación estratégica. Los recursos logísticos son importantes, pero no deben estar al mando, so pena de degradar la democracia en plutocracia por el uso masivo de dineros públicos o privados. Nuestra esperanza está en la convocatoria a los valores que, por el reconocimiento al mérito, obtenga la selección de los mejores y no la adulación de los mediocres. [24.3.15]

5/2015
DISCERNIR ENTRE REALIDAD Y APARIENCIA
Julián Licastro

Desde siempre la alegoría de la luz refiere al conocer, al pensar, a esclarecer la realidad por la verdad develada en el trasfondo de los hechos. Y la alegoría de la oscuridad hace a la ignorancia, la sinrazón, el enmascaramiento de las cosas con olvido del ser substancial.
Por eso, en el campo de la política, el conocimiento alienta los hábitos democráticos que la perfeccionan, mientras la ignorancia, incluso la del supuesto intelectual, se queda en la apariencia o la simulación que la desgastan y destruyen.
La trayectoria argentina es una muestra de estas tendencias opuestas, que chocan periódicamente, frustrando la realización de la comunidad que requiere, en cambio, la acumulación constante de esfuerzos virtuosos. Por lo tanto, aprender a competir sin agredir y a disentir sin exacerbar las diferencias, es el ánimo imprescindible para la convivencia cotidiana y para construir progresivamente un destino común de grandeza.
Únicamente esta visión estratégica, capaz de enlazar a varias generaciones, nos puede sacar de un clima de división, escepticismo o indiferencia que no se compadece con nuestras posibilidades.
En esta laxitud espiritual se esconde, sin embargo, una insatisfacción con los factores preocupantes de nuestra inmadurez civil; además del disgusto íntimo que genera la indolencia ante problemas crónicos que con el tiempo se naturalizan y aceptan. Máxime ante el catalizador de una violencia pre-política que atraviesa el ámbito intrafamiliar, vecinal y colectivo. Pulsión social a prevenir porque potencia la inseguridad, y puede alcanzar formas “ideológicas” de polarización en la catarsis de una crisis no querida.
Así, es difícil progresar con una tonalidad de cambio y solidaridad, porque falta la “nave” de la metáfora clásica que simboliza el ensamble de Estado y sociedad para mantener el rumbo firme en circunstancias difíciles. He ahí la tarea de restauración a cumplir en lo político, empezando por el debate pendiente del “qué hacer” fundado en argumentos demostrables y fuerza probatoria. Lo contrario del discurso anodino de inspiración publicitaria que todavía impregna a algunos candidatos y los torna ambiguos, volubles e intercambiables.
Las campañas electorales no ocurren para lograr tan magros resultados, sino precisamente para promover el perfil dirigente de todos los candidatos; en especial los pretendientes a los niveles de conducción superior que exigen idoneidad, abnegación, decisión y humildad. En consecuencia, no es la frivolidad ni el improperio la materia prima de una actividad que debe recuperar el lenguaje conceptual y simbólico que consolida el arte del liderazgo, y articula un despliegue de equipos de trabajo y organización territorial.
Recambio de ciclo significa conclusión de los “relatos” de uno y otro lado, utilizados para posicionarse ante un “modelo” que ya no existe. Vislumbrar lo nuevo implica el momento propicio para aproximarse a la verdad, porque ocultarla o disimularla transmite incertidumbre y paraliza el impulso de la tarea pendiente.
Lo mismo pasa con las verdades a medias: porque gestión sin conducción es mera administración carente de perspectivas; política sin ética es corrupción impune; y ética sin política es simple declamación de falso moralismo. En fin, que la democracia no debe simularse sino realizarse con el respeto al funcionamiento institucional y a la cultura del trabajo. [14.4.15]


6/2015

CAMPAÑA ELECTORAL Y COMPROMISO CIUDADANO

Julián Licastro

Los grandes maestros afirman que las virtudes y defectos del alma de los hombres se proyectan en las virtudes y defectos de la comunidad, destacando así la vía educativa para la evolución ciudadana. Según este concepto tratamos el desenvolvimiento de las campañas políticas, exponiendo el contraste entre conocimiento e ignorancia. Ahora, para completar las premisas de una buena participación, nos toca hacerlo en la opción por la libertad y dignidad frente a las distintas formas de manipular la voluntad popular.

No nos referimos, obviamente, “a quién” votar, sino a “cómo” interpretar el derecho y el deber del sufragio en la intimidad de la reflexión previa, para contribuir a una mayor calidad institucional. Porque votar es un hecho simple en el marco formal del sistema democrático, pero no tan sencillo cuando se reivindican los contenidos reales de su funcionamiento integral y justo. En este trance, el arma fundamental es la capacidad civil de autodeterminarse.

El acto comicial no se comprende como un hecho aislado, al margen del grado de integración en lo cultural, lo productivo y la organización territorial efectiva, no la que aparenta el mapa. Porque concurrir ante el padrón como un paso efímero y disperso, descarta su repercusión concreta en la vida colectiva, y pierde la oportunidad  de incidir pacíficamente en el progreso necesario y posible. La política, pues, no es propiedad de los políticos que la desean acaparar, sino del pueblo que quiere participar.

Hay que encarar la tarea de neutralizar la red de clientelismo, estatal o partidista, que funciona en la base social expropiando la libertad por una contraprestación miserable. Un mecanismo que sustituye con dádivas lo que debiera ser un proselitismo legítimo, sin promesas, presiones y amenazas que especulan con los más vulnerables.

Sobrevuela este paisaje  los nubarrones del temor, porque pocos hablan pero todos presienten “ajustes” por agotamiento de recursos, extendiendo el miedo a perder subsidios y “planes”. Angustia natural por defender la subsistencia familiar, aunque la inflación haya reducido el poder adquisitivo de los aportes, que eternizan la cautividad política de la exclusión estructural. Por lo demás, la persistencia del asistencialismo crónico ha vuelto a demostrar su incompetencia, en comparación a la creación de trabajo genuino como principal política de Estado.

Otro modo de afectar la voluntad electoral suele impactar en ciertas capas medias, sin tantas necesidades materiales pero gran déficit de perspicacia política y sensibilidad social. En especial, aquellos que confunden solvencia técnica con rigidez tecnocrática, inserción mundial con globalización trasnacional y planificación estratégica con retórica generalista. Es decir, con simplificaciones esquemáticas que no profundizan el análisis de los problemas, ni el orden de prioridades, ni las medidas específicas y graduales de solución.

Tenemos que debatir sin demora estos temas pendientes, cuidando de no provocar ni pontificar, para proponer los objetivos y lineamientos más adecuados. Ellos tienen que diseñarse acorde al desarrollo de nuestras fuentes y fuerzas productivas, dentro de un conjunto armónico: sin los extremos del estatismo, el privatismo, la xenofobia y la extranjerización. A tal fin, hay que retomar los principios y valores de la comunidad que ansiamos, y conferir a las mejores virtudes y sentimientos argentinos una expresión ética y política de excelencia. [14.4.15]



7/2015
APRENDER EN  LA PRÁCTICA  
DE LOS ACIERTOS Y ERRORES
Julián Licastro
La comunidad es una construcción conjunta que trasciende todo aislamiento individual, organizando sus relaciones de producción, reproducción y convivencia. Sin el ideal del bien común, que madura como cultura de identidad y arraigo, ella se reduce a un conglomerado amorfo, inestable y violento que frustra expectativas y esperanzas.
La diferencia entre uno y otro estadio de la evolución política, corresponde al progreso de las instituciones y estructuras, y a la solvencia del régimen de conducción y gobierno. La calidad del poder así constituído abre o cierra perspectivas económicas y sociales en cada etapa; encomiando la selección y elección de sus dirigentes en un marco civil centrado en el deber y la satisfacción de participar.
Las campañas electorales resultan importantes porque en ellas se juega el destino de un tramo de trayectoria histórica, con consecuencias que, a veces, comprometen factores claves que hacen a su razón de ser. Por tanto, hay que advertir sobre todo aquello que puede dañar la síntesis vital de la cuestión nacional, que es menester preservar de la fragmentación decadente y estéril.
Hoy, el desarrollo de los comicios primarios ofrece la oportunidad de efectuar un balance metodológico de los errores y aciertos en el ejercicio del sufragio, con el objeto de mejorar la acción de fondo en las elecciones generales. Con este propósito, la referencia debe superar lo táctico con lo didáctico, para contribuir al  esclarecimiento mutuo, que es lo propio de la educación política entre personas libres.
Una falla letal para la democracia es el fraude, real o aparente, por comisión u omisión de las autoridades responsables, máxime en los procedimientos tecnológicos que multiplican el volumen de votos afectados, respecto a las consabidas trampas a escala reducida de ciertos punteros barriales.
De igual manera, una “modernidad” mal entendida puede variar la pretensión innovadora de los partidos no tradicionales. Ellos tienen que prevenir las mañas del viejo caciquismo, como la saturación personalista, el uso discrecional del aparato, la opacidad en la administración de fondos y las designaciones arbitrarias o divisionistas.
Lo más positivo del balance, todavía incipiente, es el tono moderado de muchos precandidatos triunfantes en los distintos distritos, y su disposición a dialogar sobre el eje de políticas públicas concertadas. Dato relevante, después de un tiempo de confrontación excesiva, que revierte ahora en una apertura. Es una amplitud de miras que representa mejor la directriz de la alternancia democrática, respecto al esquema “cambio o continuidad” carente aún de precisiones programáticas.
La unidad requerida no es la uniformidad insulsa entre componentes demasiado semejantes, ni la verticalidad fingida para obtener favoritismo. Por el contrario, es la unión dinámica de aportes esenciales para enriquecer una plataforma compartida. Éste es también el valor de la reflexión política, porque repensar lo actuado, sin engañarse a sí mismo, fortalece la estrategia y anula la tentación del cinismo y del escepticismo.
Revisar los flancos vulnerables de nuestra acción, implica una catarsis de alcance filosófico por su apelación a la sabiduría y la prudencia, que libra a la militancia honesta de los resabios de lecciones vividas dolorosamente. Así permite aprovechar los beneficios de todo lo aprendido en la práctica concreta, para retomar con energía la misión permanente. [21.4.15]


8/ 2015

EJERCER LA DEMOCRACIA, AFIRMAR LA REPÚBLICA

Julián Licastro

Un proceso electoral prolongado, con exceso de listas de candidatos, puede saturar la atención ciudadana sin consolidar los liderazgos necesarios para la  próxima etapa. Por eso es importante repasar conceptos esenciales que estimulen el ejercicio de la democracia y a la vez defiendan la integridad de  la república que es indivisible.

Entre estos conceptos hay que distinguir “lo político” de “la política”, donde lo político es el todo que abarca lo profundo del relacionamiento colectivo; y la política es la parte instrumental, criticable cuando se extravía tras los intereses personales de los dirigentes.

La comunidad constituye el marco histórico del desarrollo institucional: tiene causas y efectos políticos que no pueden soslayarse. En este aspecto, “lo apolítico” en rigor no existe, ante el  entramado del “nosotros social” y sus múltiples ramificaciones. La política, en cambio, es la dirección circunstancial aplicada al gobierno, la cual no siempre se ejerce con equidad y eficacia. Ella resulta cuestionable cuando trasluce intereses espúreos de personajes asociados para delinquir con la cobertura de la estructura estatal. Y  acaparan potestades públicas, al margen de excusas ideológicas: sea con falsas promesas, reivindicaciones ficticias, negación de información oficial y maniobras de corrupción.

Revertir esta deformación crónica insumirá tiempo y constancia, empezando con la tarea de quienes se consideren partícipes y testigos de su comunidad de pertenencia. En ella el individuo suele estar más atento y arraigado, por la influencia local ineludible que marca su identidad.

La soledad que acecha al individualismo, suele presentar un punto de inflexión respecto del ánimo egoísta que aísla y aliena. Hito de transformación que indica un vuelco hacia la “voluntad de conciencia” y el deseo de acceder a los valores solidarios para combatir la inercia de prácticas antisociales.

El nuevo impulso empieza cuando cada uno asume la responsabilidad de involucrarse desde el primer escalón de su ámbito directo. Porque la suma paulatina de espacios organizados hace a una construcción de contención poderosa, contra la fragmentación caótica y la actitud indolente o agresiva.

Seguir con desgano los relatos ideológicos o mediáticos, sin reaccionar frente a la realidad, equivale a consentir la caída de una comunidad en parálisis decadente, donde las consignas se confunden y los buenos ejemplos desaparecen. En una opción distinta, pensar con afán productivo es un camino  factible para empeñar correctamente nuestras energías. La acción positiva crecerá comprobando que se marcha acompañado por quienes también saben tomar la iniciativa.

Lo principal es ir consensuando la estrategia integradora de la comunidad, articulando los diferentes componentes de la sociedad civil y sus organizaciones libres, con el apoyo de un Estado presente, pero no autista en términos de “aparato” insensible. En la coordinación de Estado y Sociedad, resultará imprescindible la descentralización por unidades territoriales, municipales y subregionales, que expresan una democracia cercana a las bases para su mayor protagonismo.

La sociedad es la base del Estado, que debe servirla y no traicionarla con funcionarios prepotentes que limitan su desarrollo. Por esta razón, los reformadores eficaces de estructuras caducas tendrán que crear conceptos válidos para una adecuada “toma de posición” con ideas y sentimientos innovadores. En esta definición se concreta el paso previo de una intervención comunitaria en los problemas de acción pendiente. [28.4.15]




9/2015

EXHIBICIÓN ELECTORAL O PROPUESTAS VERDADERAS

Julián Licastro

Pensar es aplicar la facultad distintiva del ser humano a comprender aquello que capta. Constituye la premisa de una obra y, particularmente, el incentivo que “forma el ánimo” para hacer un trabajo. Éste es el sentido a destacar en un pensar metódico, dirigido a un reclamo nacional por aspiraciones y necesidades, lo que exige hablar claro sin artificios ni engaños.

La conducción, que es el arte de las artes, sin el cual no hay orden sino caos, se transmite a través de un lenguaje orientador de la transformación de la realidad. Es un código de palabras e imágenes que explican con propiedad el rol de las distintas actividades de la “polis”, ayudando a armonizar sus funciones complementarias. Sus contenidos surgen de la fuente sencilla de una “filosofía de la acción” que le confiere consistencia, mediante un discurso argumental ético y lógico con centro en la equidad social.

El resultado del pensar productivo, realizado de manera individual o en equipo, es el pensamiento comunitario que, cuando se encuentra bien fundado, es un razonamiento vivo que se abre a sí mismo para adaptarse a las circunstancias cambiantes de tiempo y espacio. Y que, a la vez, se presta al intercambio enriquecedor de diversos matices, por la corrección mutua, y sin recelos, de un proyecto conjunto.

Alrededor de este juicio y su fuerza motriz, las cosas no permanecen inmutables, pues reciben su impacto oportuno, motivando distintos grados de modificación en las conductas personales, los comportamientos colectivos, las estructuras orgánicas y los procedimientos técnicos. Cuando esta expresión creativa no existe, o cuando es bloqueada por ignorancia o represión, hay una clara señal de peligro, porque se niega el proceso prometedor de una nueva configuración de los vínculos de la comunidad, que es imprescindible para ingresar a un nivel más elevado de su trayectoria.


Los desafíos del pensar en el contexto de un sistema democrático comienzan cuando la versión única busca imponerse, por la vía autoritaria, según la conveniencia de un círculo propenso a fingir y por eso deficitario de credibilidad y confianza. O cuando, dudando de su vigencia, el discurso unilateral se encierra en consignas superficiales, rechazando debatir en profundidad los cuestionamientos constructivos de la crítica y la autocrítica.

Por estas razones, y máxime en un cuadro de transición, la pregunta “qué debemos hacer”, clave para intervenir en la situación, tiene que estar presidida por una interrogación preliminar sobre “cómo debemos pensar”, y, consecuentemente, cómo trasmitir reflexiones que sirvan al diálogo. La respuesta puede esbozarse como “un pensar para hacer pensar” y llevarnos persuasivamente a una más activa participación, ofreciendo: finalidades claras, aceptación de la realidad y perseverancia en la propuesta de políticas públicas, sin descalificar a nadie por prejuicios.

El enlace entre pensar, hablar y obrar no opera por exhibición electoral, sino por algo concreto que se llama organización; y que en el plano nacional trasciende los partidos en la estructura del Estado. En la realidad, este orden superior se encuentra entre la idea perfecta de los clásicos, y nuestras formas imperfectas, que sin embargo no hay que naturalizar para siempre. Al contrario, una reforma equilibrada del Estado, que expurgue sus elementos ineptos y dolosos, será esencial para lograr el éxito de las políticas públicas concertadas democráticamente.[5.5.15]


10/2015

EL DEBER SER DEL ESTADO

Julián Licastro

Pensar en concertar políticas públicas, como signo de la próxima etapa, supone la definición de un Estado suficiente, capaz de expresar una identidad nacionalmente conformada. Es decir, un nivel de conocimiento y reconocimiento con categorías comunes, que permitan formular objetivos y lineamientos para lograrlo. No significa una opción obligatoria sino preferencial, equidistante del estatismo extremo, y de la reducción neoliberal del sistema institucional.

En esta concepción, el Estado se asienta en un entramado de relaciones recíprocas de sentido, y en un conjunto de formas culturales sin las cuales no valdrían sus acciones políticas. Porque resumir sus funciones a brindar ciertos servicios y a guardar el orden, lo condenaría a un rol reaccionario, desconociendo la importancia de la identidad geopolítica, la promoción económica y la inclusión social.

Hay, en consecuencia, una dimensión moral de la actividad pública, al no declinar las metas vitales de la comunidad y exigir a todos una rectitud ética. Decir esto no es pecar de ingenuidad, porque la corrupción es la causa fundamental del fracaso de innumerables gobiernos, planes y programas, desviando recursos y desgastando la confianza del pueblo en el régimen democrático.

El Estado tiene una razón de ser y un deber ser. La “razón de ser”, probada en la historia, muestra que las sociedades que subsistieron lo hicieron porque se organizaron en alguna modalidad de Estado como entidad jurídica. Y el “deber ser”, indica que esas distintas formas jurídicas pudieron evolucionar cuando consiguieron coordinar los intereses de sus sectores internos, y contaron con un cuerpo articulado de funcionarios idóneos. Por el contrario, cuando el bien común desapareció, por la codicia y la impunidad de sus dirigentes, esas sociedades también sucumbieron.


En las cuestiones de Estado, la ley moral no actúa si meramente se declama, porque recién opera incorporada a la práctica. Allí sí, mediante la transparencia pública y el respeto a los cauces naturales de la participación popular, es posible renovar el “pacto de soberanía” implícito en la representación y la representatividad política del ordenamiento institucional.

La evolución correlativa de los procedimientos de conducción y del derecho, especialmente el derecho social y sus actualizaciones, exige agilidad en los criterios de comunicación. En ellos gravitará la carga simbólica que es atributo del ejercicio del poder, y la buena sintonía entre la matriz de emisión de los gobernantes y la matriz de recepción de los gobernados. En su defecto, éstos irán abriendo vías propias de información y difusión política, con medios primarios o sofisticados. Pero la comunicación siempre será un factor clave.

Es necesario un clima de persuasión sobre la posibilidad del consenso, dados algunos principios y valores innegables; especialmente en períodos tensos por eventuales modificaciones y cambios relevantes. La tarea consiste en desarmar las “falsas antinomias”, y en cuanto a las verdaderas, evitar que se conviertan en antagónicas al precio de manifestaciones de lucha violenta.

En última instancia, toda autoridad, no sólo legal sino legítima, surge de un acto de credibilidad que se mantiene por el contacto con la sociedad en su conjunto. Si esta conexión se pierde, aparece la tentación de la coerción económica o social que, paradójicamente, es lo opuesto a la fortaleza política. Al tiempo que la sociedad, dividida al principio para retroceder en la defensiva, se va uniendo para avanzar con fuerza en la participación.[12.5.15]



11/2015

PERFECCIONAR EL ESTADO SIN IMPOSTURAS INTELECTUALES

Julián Licastro

La cultura es la elaboración espiritual fundamental de la realización de un pueblo. Su cualidad esencial es su impronta creadora, superando la simple imitación o copia. Esto no significa vedar el acceso a las tendencias llamadas universales, que en rigor alcanzan tal categoría desde un origen nacional; pero sí enriquecer dinámicamente nuestra valoración, sin lesionar la matriz singular que nos caracteriza.

En este sentido trascendente, y no xenófobo, las comunidades que ansían conducirse a sí mismas, y liberarse de las presiones internas y externas que las mantienen dependientes, suelen sufrir la doble “colonización pedagógica” de las ideologías de derecha e izquierda.                              Son opuestos, tácticamente enfrentados, que comparten, sin embargo, la misma estrategia de importar mecánicamente conceptos procedentes de otras experiencias históricas.

Esta tergiversación resulta más evidente en una categorización integral de la cultura, que no se reduce a lo académico, literario y artístico, sino que abarca la fuente inspiradora de creencias profundas, y una filosofía de la vida de raíz comunitaria. Así, preservando los matices del albedrío individual, se expresa en un mismo lenguaje y permite la organización de la sociedad y el equilibrio de sus instituciones.

En la Argentina contemporánea es necesario fortalecer las políticas de Estado en cultura y educación, evitando el “unicato” que mata la creatividad y el sectarismo que niega la diferencia o la reprime. Luego, el mayor despliegue de nuestra capacidad de pensar, es lo contrario de la actividad rentada de los “teóricos” justificadores de cualquier aventura económica, diplomática o política.


En este punto, la honestidad intelectual significa no ocultar ni simular la identidad política. Porque todo debate es válido, a condición de no caer en el “entrismo” que penetra las corrientes mayoritarias para intentar su ruptura y desviación. La ejemplaridad del verdadero pensador exige docencia con decencia, logos con ética; y también tolerancia y discreción sin sobreactuar la exposición mediática ni fingir lealtad por conveniencia.

Las filosofías políticas rigen en ciclos largos de la historia con cimientos casi permanentes. Las doctrinas sociales, que se enmarcan en ellas, actúan en ciclos cortos, por lo que deben actualizarse periódicamente para adaptarse a la evolución de las circunstancias, evitando una rigidez dogmática impropia de la persuasión democrática.

El intelectual diletante actúa sin vocación de resultado, como mero entretenimiento dialéctico y distracción polémica, renuente a trabajar sistemáticamente  en la formulación de los objetivos y líneas de acción de las políticas públicas. Son intelectuales dedicados a criticar a otros intelectuales en círculos presuntuosos de iniciados, sin las capacidades profesionales y técnicas necesarias para orientar la “metodología de la solución de problemas”.

El pensamiento estratégico, en contraste con el ideologismo cerrado, tiene que seguir los caminos fructíferos de la sinceridad, austeridad y humildad de los grandes maestros. Virtudes imprescindibles, hoy más que nunca, para enfrentar el desafío de una sociedad del conocimiento; en un esfuerzo dirigido al logro científico y tecnológico para la liberación definitiva.[19.5.15]




12/2015

EL PODER SIMBÓLICO - CULTURAL DE UN ESTADO DE TRABAJO

Julián Licastro

La perspectiva política del país enfrenta la disyuntiva: visión estratégica o división estéril. La opción correcta exige considerar que conducir es un servicio que ejerce el poder a través del deber y no del sectarismo ni la ambición desmedida. Por ello es necesario predicar con el ejemplo para instaurar un Estado de trabajo, equidistante del neoliberalismo y el neomarxismo, tributarios de concepciones dependientes resistidas por las grandes mayorías.

Nuestra posición, a diferencia de las ideas copiadas y rígidas, se orienta por aspiraciones y posibilidades singulares y específicas. En tal sentido, la clave de acceso al porvenir es la concertación social para la producción y el trabajo; ya que el “progresismo” abstracto no suscita organización territorial, ni educación laboral, ni desarrollo económico.

Es menester descubrir la relación directa de la política con las cuestiones primordiales que el pueblo intuye y siente con el peso de la multitud, a la espera de planes y programas con voluntad de resolución y capacidad técnica. Buena ocupación para los cuadros que sepan evaluar los defectos de las formas orgánicas viejas y faciliten su pasaje fluido a otros procedimientos, porque un futuro diferente reclama una militancia distinta.

Resulta imprescindible demostrar austeridad y coraje, no sólo como preceptos morales, sino como normas intrínsecas a la nueva realidad que se perfila, sobre la endeblez de las pretensiones individuales o de círculo. De lo contrario, la movilización de parcialidades fragmentadas nunca podrá concentrar las fuerzas necesarias para actuar con el menor costo en tiempo, contradicciones y penurias.

Sin proyecto de nación, la comunidad diluye su ecuación de derechos y deberes. Luego, se consiente la apropiación en términos de negociado contra el patrimonio público. Y se ejerce la “ejemplaridad al revés”, que premia el oportunismo del corrupto y castiga la honestidad del ciudadano que trabaja y cumple. En consecuencia, hay que prevenir la degradación de una sociedad que revierta sus vínculos permanentes por “relaciones de conveniencia” de corto plazo.

La puja distributiva se agrava en la persecución de intereses sectoriales a cualquier costo, pues sin identidad nacional no hay concertación, que es la referencia equitativa de una gran paritaria nacional. Falencia que, a su vez, deja a las paritarias gremiales como una institución sin libertad por una presión autoritaria; ya que es imposible ordenar la economía de un país políticamente desordenado.

En cuanto a la orfandad de grandes liderazgos,  no siempre se corrige con el conductor carismático que provee la historia en sus momentos culminantes. Hay otros momentos, cuando se regresa de “relatos” y divisiones, en los cuales urge establecer un sistema prudente de cooperación y consenso. Esto no disminuye la competencia del nuevo gobierno, pero recupera el equilibrio participativo de una marcha previsible hacia el futuro, sin jefaturas unilaterales.

La transición de la conflictividad a la solidaridad implica una tarea ardua, ligada al “poder simbólico”, por el carácter inmaterial de su fuerza, compuesta de estructuras mentales sobre el modo de pensar y de ser. Esta disposición es reacia a modificarse, porque defiende su sentido existencial como una cuestión de vida o muerte.

El Estado, aún con sus defectos, juega aquí un rol cooperante, que está inscripto en las significaciones del imaginario colectivo, sumado al despliegue de las entidades oficiales en el total de la actividad comunitaria. Por consiguiente, es en la reforma estatal gradual donde se encuentra el apoyo del mejoramiento de los hábitos democráticos, logrando el rescate de la vocación de servicio público.[26.5.15]





13/2015

LA DIGNIFICACIÓN DEL LENGUAJE POLÍTICO

Julián Licastro

Nuestra conciencia tiene la facultad de discernir por la emisión constante de criterios y juicios, que otorgan a todo su significado y sentido. Esta actividad intelectiva, sin embargo, no es estrictamente individual, porque utiliza un lenguaje elaborado  y acumulado en el tiempo por la acción colectiva de la comunidad. En este contexto de arraigo cultural, cada uno “es” su idioma de pertenencia, como dicen los grandes maestros; agregando que el hombre, en su evolución, no se queda en lo que “hace” y quiere trascender, con ideas y sentimientos, al significado pleno de su “obrar”.

De modo similar, en la vida de los pueblos, el alcance de los sucesivos liderazgos se revela, en un plano profundo, cuando ya ha transcurrido cada etapa; y pasan a ser evaluados objetivamente por nuevas generaciones, incluyendo los herederos de sus opositores. Esta distancia otorga una valoración más auténtica, respecto al relato auto referencial que solemos declamar sin garantía de permanencia. La abnegación, en cambio, ha sido recompensada muchas veces en la memoria de los ciclos largos de la historia.

Sucede que el “símbolo” va más allá del “acto”, al explicar los deseos, y tendencias de una época. Razón suficiente para cuidar los gestos y expresiones políticas, siempre sujetos al registro público que pendula entre lo solemne y lo banal. Un estilo correcto parte de principios, sigue con coherencia y culmina consagrando fines, sabiendo que la palabra nace de la intención y vive para la acción, y no en el repertorio de frases hechas o efectistas.

La práctica política se sustenta en la palabra, pero ésta no la sustituye; ya que “mejor que decir es hacer y mejor que prometer es realizar”. Una conducción persuasiva sabe escuchar para hacerse oír y comprender para hacerse entender; recordando que se dirige al conjunto social que también integran quienes piensan diferente.

La “expresión” es un don relevante cuando se distingue de la “comunicación” técnica, porque es portadora de sabiduría, protección y estímulo. Para ella lo principal no es el ego que dictamina desde los vértices de un aparato publicitario o de mando, sino el aporte brindado con llaneza y que resulta útil al intercambio de tareas concurrentes al compromiso solidario.

La voluntad de verdad, que rechaza la hipocresía, aumenta la conciencia organizativa, por definición plural. Y hace que la satisfacción de compartir el trabajo y reconocerse en lo producido, evite la alienación de las personas respecto del esfuerzo cumplido. Actitud noble que no descarta a nadie y pondera el valor de la experiencia como requisito para que la juventud crezca sin esquemas superficiales.

La recuperación política del lenguaje apropiado, destaca la obligación de encontrar la expresión justa; donde la sencillez no implique vulgaridad, la elocuencia no caiga en desaires ni burlas, y el discurso resida en sus contenidos y no en negar o descalificar al otro. Los argentinos, tenemos que admitirlo, somos adictos a la confrontación con consignas como: “nosotros  o ellos”, “amigos o enemigos”.

Es hora de dejar de lado todo aquello que entrañe priorizar factores de agresividad, a fin de no paralizarnos en obsesiones y provocaciones extemporáneas en las actuales circunstancias políticas. No significa renunciar a la lucha de ideas, que sería renunciar a la vida, pero sí debatir con altura las diferencias y contradicciones. Y, al mismo tiempo, darnos la posibilidad de coincidir en cuestiones de Estado que reclaman cooperación de fuerzas.  [2.6.15]


14/2015
EL ESTADO: CREACIÓN HISTÓRICA O INVENCIÓN BUROCRÁTICA

Julián Licastro

Promediando las reflexiones sobre el Estado, para comprender mejor la necesidad de contar con políticas públicas, es preocupante constatar hasta ahora la falta de propuestas, alternativas y debates. Vemos así que la campaña electoral se manifiesta por ausencia, como aquello que ha sido reemplazado por acciones publicitarias de “relaciones públicas”, sin el balance preciso de lo correcto e incorrecto para encarar el futuro.

Un análisis serio, no oportunista, debe ponderar lo que funciona bien, porque ha sobrevivido crisis, retrocesos y ensayos; y, desde el lado opuesto, revisar lo incompatible con las solicitaciones actuales de la sociedad. En esta tarea, la ostentación personalista o ideológica es mala consejera, igual que el resentimiento y la revancha, porque oscurecen el campo de aplicación de un tratamiento progresivo y prudente.

La realidad empírica tiene que contrastarse con la “imagen-objetivo” del Estado como creación histórica de una amalgama cultural. Un proceso sedimentado en un territorio y una memoria colectiva, para referir los rasgos destacables del comportamiento ciudadano. Los clásicos dicen, justamente, que “el Estado es la gran política en acto”, recordando las obligaciones y deberes de la conducción, para evitar que su voluntad sólo se reconozca en derechos irrestrictos a expensas de la comunidad.

En la secuencia delicada de una transición compleja, con conflictos emergiendo en varios flancos que acumulan tensiones, lo principal es la humildad. Esta virtud sincera, y no actuada ni neutral, incide con sus valores y convicciones en la realidad que es la verdad. Y testimonia una sensibilidad social que descarta la tentación dirigencial de aislarse y distanciarse unilateralmente de la gente y sus urgencias.

Lamentablemente, en la lucha de intereses, que se potencian en la esfera pública, las distintas facciones suelen instalar un “Estado dentro del Estado”, concentrando la facultad de nombramientos y designaciones en sus propios integrantes. Falta de amplitud que se expande a despecho de las regulaciones de carrera y mérito, dejando a muchos postulantes fuera de toda selección por concurso de aptitudes reales.

Por esta causa, reiterada en diferentes gobiernos, las innovaciones tienen que repensarse metodológicamente para poder superar las “restricciones estructurales” establecidas por numerosas disposiciones anteriores. En particular, la invención burocrática de líneas y formatos de trámites engorrosos para facilitar la corrupción y el tráfico de influencias. Obstáculos que requieren la sabiduría de abrir gradualmente los márgenes de iniciativa para una reforma sustentable.

Añadamos  aquí que “la razón histórica”, valga la contradicción, no siempre ha sido racional en la construcción de un Estado con medidas inteligentes; porque en cada momento también actuó el azar, la confusión del contexto y el determinismo de la necesidad. Factores que desmienten el purismo de los relatos retrospectivos y la negación de los agentes entonces actuantes; pues cuando una génesis orgánica es vital, las grandes tendencias reaparecen en el curso y recurso de la historia que se repite.

Pese a las dificultades, la defensa honesta del Estado tiene que seguir el eje de las fuerzas de cohesión, neutralizando las fuerzas de dispersión que se agitan en cada encrucijada de su desenvolvimiento, especialmente por presiones geopolíticas.  El propósito es acentuar nuestra identificación con el país, afianzando los hábitos positivos en un código posible de convivencia cotidiana, espíritu de trabajo y voluntad de diálogo. [9.6.15]



15/2015

EL ACUERDO NACIONAL DE LA ESTRATEGIA ECONÓMICA      

Julián Licastro

El problema argentino “no es económico sino político”. La elocuencia de este axioma resume la vigencia de un legado histórico que, al destacar la riqueza de nuestro potencial, vincula la estrategia de desarrollo con los principios esenciales de soberanía y justicia. Por tanto, condena el subdesarrollo inducido por la dominación y la entrega, responsables de la cronicidad de crisis casi idénticas, que sólo “modernizan” las estructuras asimétricas de la dependencia.

Una subcultura política “legaliza” este esquema colonial, devenido neocolonial o semicolonial porque, con distintos argumentos, trata de naturalizar la inviabilidad de la construcción nacional y el fracaso de la unión continental libre de nuevas hegemonías. Hoy, además, los relatos de raíz neoliberal y neomarxista se unifican en un “plan transideológico”, que lucra por igual con cualquier modelo estatal, de un lado al otro del mundo.

La situación se agrava pese a las “cumbres” que debaten el tema a nivel global, con pretensión de “neutralidad” científica o académica, mientras aumenta el desorden geopolítico y las guerras del petróleo; y se aguadizan la pobreza, la violencia étnica y las manifestaciones de descontento. Paralelamente, por impacto de esta misma realidad, ceden las interpretaciones ficticias de los hechos, y se reabre la instancia de replantear la ecuación económica desde la base.

En este punto, la doctrina de una economía eficiente y productiva con finalidad social, tiene el ejemplo de los países que supieron reconstruirse partiendo de los grandes acuerdos nacionales. Éstos respondieron a visiones de conjunto que tomaron la sociedad como un todo dinámico e indivisible. Al hacerlo así, neutralizaron las posiciones sectarias y sus postulados de cambio violento, por el alto costo humano que introduce el germen de la decadencia.

La economía social  corrige los males endémicos de la codicia egocéntrica, el fraude comercial y la corrupción administrativa, y ordena las herramientas que edifican un sistema creativo en un “sustrato programático” válido para orientar la conducción. En principio, la “planificación” indicativa”, que asegura racionalidad en la organización empresaria privada y pública; al par que ambas áreas se complementan sin privilegios ni exclusiones. Obviamente, esto no incluye los excesos burocráticos que coartan la libertad para innovar y expandir la producción de bienes y servicios necesarios.

La “iniciativa organizada”, no improvisada, es otro factor primordial para lanzar emprendimientos auspiciosos, atraer inversiones productivas, y disponer la infraestructura adecuada. Un esfuerzo inteligente que no se reduce a la satisfacción somera de necesidades básicas, pues una vez cumplidas, atiende las aspiraciones que sobrepasan la mera subsistencia, propendiendo a una vida plena en el orden moral, educativo y cultural.

Igualmente, la “distribución social”, fin y reinicio del ciclo económico por aplicación de la capacidad adquisitiva, ha de ser justa, como remuneración y estímulo de empresarios, trabajadores y demás sectores de la comunidad. La participación legítima en la riqueza común es el lazo de cohesión entre la grandeza nacional y el progreso popular. Por cierto, hay que promover el consumo, pero sin confundirlo con el fomento al “consumismo” que niega el ahorro, hipoteca el desarrollo y encubre la inexperiencia en la gestión económica.

La cultura del trabajo nos reubicará en la región y el mundo, en una era de grandes intercambios facilitados por la tecnología. Una actitud que modificará la práctica inveterada del facilismo y la improvisación. Para ello, debemos seleccionar liderazgos que no deleguen en sus asesores técnicos la toma de decisiones. Porque un acuerdo estratégico exige habilidad política para concertarlo, y constancia política para mantenerlo activo como fuente institucional de cooperación y apoyo. [16-6-15]



16/2015 
POLÍTICA ECONÓMICA Y DOCTRINA SOCIAL                                                                                                                               

Julián Licastro

En nuestra concepción la dignidad de la vida prima sobre la economía, recusando al “economicismo”, liberal o marxista, que niega a las personas y a los pueblos su esperanza de realización plena. Por eso la política, como medio instrumental, y no fin en sí misma, debe orientar el capital a la actividad productiva para servir a la comunidad en el propósito integral de una democracia de justicia y paz.

La cultura del trabajo, que comprende toda una escala de valores esenciales, es el eje organizador de la sociedad, en una relación equilibrada de deberes y derechos que es menestar preservar de la manipulación ideológica. Porque el progreso real requiere concretar la tarea pendiente en la construcción del país, mientras el “progresismo” declama en abstracto agravando la frustración social.

Equidistante de los extremos hay voluntades dispuestas a emprender planes eficaces para la utilización independiente de nuestras reservas naturales; articulando con ecuanimidad el balance de esfuerzos y beneficios. En un sistema de este carácter, con un protagonismo compartido y sin arbitrariedades del poder, todos tenemos algo que decir, hacer y ofrecer al bien general.

Este horizonte prometedor y accesible implica remover los obstáculos que traban nuestro avance, como los especuladores financieros, los agoreros de colapsos económicos y los mentores de una supuesta “pacificación” impuesta por la inmovilidad social y la amenaza represiva. Pero también, los pregoneros del facilismo y la improvisación que aumentan absurdamente la pobreza y la indigencia en una naturaleza pródiga.

Del contraste entre país promisorio y vidas carenciadas surge precisamente la conciencia redentora del compartir para multiplicar las posibilidades. Fuente de una doctrina humanista y fraterna, basada en la dignificación social como reivindicación colectiva, superadora del individualismo egoísta que es causa de debilidad.


Por este motivo, la doctrina alcanza su total significado al concebir el “bien común” como protección universal de la condición humana, para incorporarnos a una gran fuerza con capacidad transformadora. Proceso de integración e identificación comunitaria que convierte la protesta en propuesta, y une el idealismo de la solidaridad con el realismo de la organización para la justicia social.

Construir una opción válida a los excesos del capitalismo opresivo no habilita la transgresión irresponsable de las leyes genuinas del arte de la economía, error que desemboca fatalmente en aventuras y fracasos. Al contrario, implica un afán mayor por la excelencia profesional, técnica y política para no decepcionar a quienes quieren prosperar, sin caer por la vía del resentimiento en un dirigismo mediocre y venal.

De igual manera, la obligación de asistir a los hermanos marginados y excluidos no consagra la subcultura subsidiada de la desocupación permanente. Es preciso crear trabajo digno para el rescate de la emergencia social que humilla y entraña cautividad clientelar. Así la libertad se recupera por la acción personal de cada uno al aportar su esfuerzo indelegable para el sustento mutuo.

La dinámica económica es implacable; suele resistir el endoso de autoridad, la conducción dual y el secretismo de poder, porque necesita vislumbrar claramente la coincidencia entre eficacia y equidad. Quien no lo demuestre activamente arriesgará su liderazgo, y quien lo imponga con absolutismo enfrentará un conflicto imprevisible, cuando es la hora del consenso.  [23.6.15]


17/2015

LA INDEPENDENCIA ECONÓMICA Y EL SER NACIONAL

Julián Licastro

El Ser Nacional no es una entelequia ideológica ni una consigna partidaria, sino un concepto profundo que expresa la matriz existencial de un pueblo, interpretando sus mitos fundantes, arquetipos éticos y gestas sociales. Decimos  “mitos” no en la acepción negativa de la mixtificación, la superstición o el engaño, sino como reflejo metafísico de grandes verdades espirituales que acompañan a la comunidad en los desafíos cruciales de su destino.

Son alegorías incorporadas a las tradiciones colectivas, pero que no se detienen en el pasado, porque deben actualizarse hacia el futuro proyectando el núcleo de valores que lo caracteriza. Con este sentimiento, que enfoca su propia perspectiva lógica, orienta la formación de la identidad nacional, y la constituye soberanamente en sujeto histórico.

En la identidad nacional, precisamente, se resume la razón de la vida en conjunto y se justifica un devenir protagónico para la realización de sus aspiraciones. Afirmación de la voluntad  de supervivencia que trasciende, ligada a principios de unidad y cohesión, para superar la prueba del tiempo y las adversidades. Por tanto, exige hacer lo necesario para su despliegue; advirtiendo que, a la inversa, el extravío del ser, o su ocultamiento, implican una decadencia inexorable.

El ser nacional, como concepto liberador y no reaccionario, conjuga mística y razón, abnegación e inteligencia, en orden a forjar la “unidad en la diversidad”, integrando a los sectores de la comunidad de manera complementaria. Convenciendo y no venciendo, persuadiendo y no mandando, organizando el diálogo y tendiendo al consenso en lo substancial. Sabiendo que la palabra orientadora tiene el don de convertir el pensamiento en motivo y el motivo en acción.


El bien común comprende la disposición  de los ciudadanos a actuar con mesura y protegerse mutuamente con mentalidad fraterna. Supone la convicción de que la libertad sólo es posible con responsabilidad; y que el Estado tiene que fijar normas claras y hacerlas cumplir para garantizar las relaciones de respeto, cooperación y convivencia. De allí el rescate a efectuar del principio de autoridad, sin confundirlo con el autoritarismo y su réplica en los remedos de anarquía.

Obviamente, la credibilidad del oficialismo y de la oposición necesita recuperarse de la frivolidad de la “política- espectáculo”. Una forma de proselitismo virtual que aleja a los dirigentes de los problemas reales del país y de la angustia de los más necesitados. En su medida, pues, y armónicamente, la democracia de trabajo puede brindar respuestas eficaces; y resguardar a la vez un estilo de prudencia, discreción y transparencia.

En el plano económico, lo nacional confluye en la región continental y se expresa como “independencia” inherente a la determinación de los pueblos. No representa la “autarquía”, de las viejas concepciones beligerantes, que frustra y aisla porque resulta vana; sino la integración y el intercambio justo que fortalece y promueve el desarrollo combinado.

Es el desafío anunciado en un legado doctrinario actualizado, no dogmático, que establece la estrategia como antídoto del facilismo y el cortoplacismo. En consecuencia, es imperioso dejar la “politización” primaria del subdesarrollo, para alcanzar el nivel superior de “cultura política” en una sociedad equilibrada y próspera. Sin esta esperanza la Argentina no existirá, porque existir es trabajar para realizar el Ser Nacional, pensando en las próximas generaciones y no únicamente en las próximas elecciones. [7.7.15]


18/2015

EL PROTAGONISMO ECONÓMICO DE LA DECISIÓN POPULAR       
Julián Licastro
Para los jóvenes “el presente siempre es lo nuevo”; para los veteranos la historia se repite con cambios de forma. Hace a la integración de las generaciones conciliar ambas perspectivas para aprovechar la experiencia y, a la vez, apreciar los factores de una etapa distinta. Una mirada amplia facilita comprender la dinámica económica, ya que las transformaciones estructurales se convalidan en la prueba de la alternancia política. Recién entonces, aunque parezca paradógico, integran el patrimonio común en un ciclo largo de la historia.
La crítica justificada de las falencias del “populismo”, no tiene que encubrir la crisis teórica y práctica de la “ortodoxia económica” que lo provoca; pues la situación global demuestra  la caducidad de las viejas recetas del ajuste, la devaluación y la deuda. De igual manera, se exponen las limitaciones de la aventura “cortoplacista”, al negar la planificación estratégica como herramienta del arte de gobernar.
En síntesis: la “austeridad” liberal fracasa porque sin crecimiento no hay reactivación, pero el “consumismo” por sí tampoco genera desarrollo. La solución se encuentra en el acuerdo nacional de una economía social, siguiendo el rumbo de políticas de Estado que atraigan la adhesión ciudadana para un mejor ejercicio electoral y funcionamiento institucional.
La soberanía popular es clave en la movilización  económica voluntaria, a diferencia de una gestión arbitraria, sin calidad ejecutiva; y del asambleísmo obstructivo, sin calidad parlamentaria. Nos referimos a la disposición colectiva de involucrarse en un esfuerzo productivo y de innovación tecnológica, para participar sin centralización excesiva de las decisiones.
Este esfuerzo implica gobernar “con” el pueblo y sus organizaciones libres de extracción comunitaria; al tiempo que se enfoca la tarea difícil, pero posible, de perfeccionar el sistema representativo para fortalecerlo. Así se complementará el orden institucional del país federal, con las iniciativas locales de participación  directa para recuperar las economías regionales; y cooperar con los programas encarados por los buenos líderes territoriales.
Entre las imposturas ideológicas de la actualidad, se encuentra el significado confuso de “cambio”, que no es una palabra mágica, y puede incubar la pretensión de regresar en un sentido involutivo, con retoques cosméticos. Con igual esquematismo, desde otro lado, se declama la integración de la región, sin destacar que no disuelve el carácter soberano de los Estados, ni admite la permeabilidad  abusiva de las fronteras.
La democracia no está amenazada hoy por el golpismo, sino interpelada por su capacidad o ineptitud para solucionar los problemas presentes y futuros de la globalización asimétrica que concentra riqueza y expande pobreza. Deformación cultural que se ignora al precio del oportunismo y del escepticismo, que podrían terminar socavando nuestra autoestima, por una trama inaceptable de intereses espúreos y desconfianza generalizada.
La autoridad moral del Papa, en su reciente peregrinación, ha ratificado la necesidad de resolver desafíos que comprometen el sentido de la vida en nuestra América. Entre ellos: la desigualdad social por desocupación y pobreza; la voracidad de la especulación capitalista; la corrupción con impunidad y provocación; la complicidad con el narcotráfico; y las ideologías intolerantes que culminan en unicatos. No hay equidad sin democracia, ni democracia sin equidad, y en esta síntesis superadora, nada debe alterar el clima de legalidad, justicia y paz que los pueblos reclaman. [14.7.15]
19/2015

CRISIS DE LA POLÍTICA Y LA ECONOMÍA EN  OCCIDENTE   
Julián Licastro
Observar la perspectiva general de la política en el ámbito de la cultura occidental, nos facilita captar el carácter de la crisis propia, que no escapa al cúmulo de factores que la inducen. Decimos “política” como articulación de un sistema amplio, capaz de incorporar fuerzas distintas, mas que ejercer la defensa cerrada de intereses unilaterales. Y definimos a “occidente” considerando la diferente legitimidad axiomática, de inspiración teocrática, que alienta los regímenes integristas de oriente.
En nuestro mundo, el imperio moderno que creó el federalismo doctrinario, y produjo miles de dirigentes, hace tiempo que alterna el “reinado” de dos familias poderosas con pretensiones dinásticas, situación contraria de hecho a los principios democráticos. Allí también, el endiosamiento de la tecnología y el ascenso de la tecnocracia no han servido para moderar la codicia de los ricos cada vez más ricos, ni corregir el contraste social, el racismo violento y el crímen globalizado del tráfico de drogas.
Subyace una inestabilidad existencial, donde las viejas formas caducan sin entreabrir el camino a las nuevas, lo cual revierte en divisiones estériles. Igual ocurre en Europa, donde la “indignación” genera movilizaciones contestatarias de pronóstico reservado. En todos lados, el relativismo moral y la especulación evidencian la impotencia de los liderazgos establecidos para recuperar el equilibrio en sociedades fragmentadas.
Esta fragilidad institucional aumenta con el planteo transideológico de las corporaciones que lucran por igual con cualquier modelo estatal o referencia pública, en pro de una voracidad financiera ilimitada. Mientras muchos ciudadanos se desorientan y pierden el sentido constitutivo de la unidad y organización comunitaria.
Aquí actúa el coro de gurúes o “celebridades” mediáticas discordantes, y el manejo discrecional del autoritarismo, con artificios “legales” y maquinaciones de cúpula. En nuestro país, el desgaste de los partidos tradicionales, y la sinuosidad temprana de los nuevos nucleamientos, origina el concepto difuso de “espacio político”, facilitando la entrada y salida de dirigentes según su conveniencia. El resultado ronda el perfil superficial e intercambiable de los candidatos, que retacean definiciones necesarias para ordenar el escenario electoral.
En el planteo de las alianzas y frentes, donde se privilegia el  “llegar”, y no el “gobernar”, la fugacidad de los acuerdos se expone con componendas contradictorias para aquellos votantes desencantados del proceso electoral. Máxime cuando se pacta en forma individual, al margen de la orientación partidaria, sin generar lealtades permanentes a nada ni a nadie.
Esta realidad desnaturaliza el espíritu de las primarias y malversa su costo en tiempo y recursos que, directa o indirectamente, pagan los contribuyentes. Así, hay más alianzas que partidos, y más partidos que corrientes políticas, presagiando una atomización imprevisible. Por lo menos, hasta después del último comicio, donde habrá que concertar un núcleo estratégico de políticas de Estado, como alternativa a una complicación ingobernable.
Nuestra región es valorada como una “zona de paz” respecto a la lucha externa entre Estados, pero resulta a la vez una de las más desiguales del mundo; paradoja que reitera el método de las “hipótesis de conflicto” en el plano interno. Éste es el riesgo a conjurar, cualquiera sea el nombre y la modalidad que adquiera como acechanza serial de la historia. Para hacerlo, hay que descartar las ideologías de confrontación que agotaron su ciclo, y hacer propicia la predicación universal de la doctrina social justa, que renace por la dignidad del trabajo y la solidaridad. [21.7.15]


20/2015

EL CONTROL CIUDADANO E INSTITUCIONAL DEL      PODER                                                                                        
Julián Licastro
El poder es la voluntad  concretada en energía organizada para lograr efectos. Según la evolución de un pueblo, así será el carácter del poder, que resultará constructivo cuando se guíe por una “ética del hacer” al servicio del bien común. Un modo amplio de encuadramiento y conducción, que libera la mayor potencialidad del compromiso comunitario que lo origina y enmarca.
El poder se ejerce, su expresión es la acción, pero ella debe ocurrir democráticamente, sin la arbitrariedad de los excesos y abusos. Por eso el poder que vale no se conquista, se construye, superando  toda pretensión estática, ya que está inmerso en una dinámica de cambio, que el tiempo termina por absorber colectivamente. Esta realidad nutrió la génesis orgánica del Estado, implementando los mecanismos institucionales que pudieran favorecer liderazgos adaptados alternadamente a diferentes etapas.  
En cuanto a la función del Estado, los tratadistas actuales la ubican en un campo intermedio, entre las versiones antagónicas del idealismo y el materialismo histórico. El Estado no sería el espacio neutro donde se dirimen las conflictos con un afán desinteresado de justicia; pero tampoco  el aparato burocrático y represivo al mando irrestricto de los círculos dominantes. Tesis ésta que propicia las propuestas de medidas perfectibles del servicio público, fuera de la rigidez tradicional.
Esta nueva valoración del Estado como matriz simbólica otorga sentido y significado a las normas de la comunidad; tema en el cual ha logrado unanimidad, a juzgar por la concurrencia, a sus distintas instancias, de todas las corrientes del arco ideológico. De manera inversa a este fenómeno general por la legalización de intereses y demandas, aumentan los cuestionamientos particulares a los malos funcionarios, antes protegidos detrás de la supuesta honorabilidad de sus cargos.
En esta perspectiva surge el concepto del control ciudadano para enfrentar las diversas formas de corrupción, apropiación de bienes públicos, tráfico de influencias, e incluso la inercia dolosa del burocratismo. Problemas discutidos en el ámbito parlamentario, como lugar natural de debate plural y labor legislativa.
Luego, los países más avanzados en este aspecto crearon organismos específicos, con apoyo tecnológico y presupuesto propio. Pautas con que nacieron nuevos institutos, como: auditorías, sindicaturas, procuraciones, defensorías, entes reguladores de servicios e inspecciones generales de justicia. Nuestro país tomó esta referencia para promulgar su propia legislación, que rige ya desde algunos años, aunque acotada en su eficacia por el relativismo ético.
Éste es el camino a retomar y corregir, con una política de Estado acordada por los actores del nuevo ciclo político. Condición para aplicar las facultades originales de tales organismos, ante los cuales se presentan las irregularidades observadas, y se efectúa su seguimiento en sede administrativa o judicial. Siempre recordando que la denuncia mediática o la protesta pública no involucran distraer el dictamen por la vía establecida.
El control, realizado de manera objetiva y metódica, viene a completar el sistema de conducción, al incluir la crítica, la autocrítica y la rectificación. Cuando éstas son aceptadas sinceramente, celebramos la búsqueda conjunta de la verdad que  nadie puede monopolizar; haciendo que el desgaste institucional se detenga, y las organizaciones se depuren apelando a su reserva.
Todo lo contrario de montar deliberadamente un esquema omnímodo, de interpretación subjetiva, basado tendenciosamente en la excepción, la emergencia y la irregularidad para violentar las estructuras y procedimientos de lucha contra la corrupción y apartar a los jueces naturales de las causas en trámite. [28.7.15]