martes, 21 de junio de 2016

15. QUIEN CALLA OTORGA



15. QUIEN CALLA OTORGA

Dentro del régimen de corrupción impune, el escándalo del ocultamiento de dinero proveniente de coimas y sobreprecios, resultó un compendio del cinismo del populismo camporista, que tanto combatimos para diferenciarlo de la verdadera identidad peronista.* Porque este hecho indecoroso, fue del grotesco delincuencial a la profanación ¿consentida? de un monasterio; y del argumento absurdo de la donación religiosa, a la simulación ridícula de locura. Como si no fuera bastante con la patología del funcionario desleal, desbordado por su paranoia de circunstancias aberrantes.

Un prisma concentrado donde se ven condesadas todas las maneras perversas, sospechadas en estos años, que de pronto se hacen  realidad in-fraganti. Una vergüenza demoledora del “relato”, cuyas consecuencias el tiempo terminará de desplegar, hasta la destrucción de la codicia por la  codicia misma, que no pueden disimular sus cómplices políticos, judiciales y mediáticos. La única duda es saber si fuimos un país con una banda de ladrones, o una banda de ladrones con un país: una asociación ilícita real enquistada en un gobierno supletorio, como rol secundario del enriquecimiento ilícito.

Nuestra comunidad recibe así un golpe incalculable que resiente su cohesión desde la cúspide a la base; y nuestro Estado muestra al desnudo la vulnerabilidad de su ordenamiento jurídico. El espacio de encuentro, que significa la confluencia de voluntades responsables fue humillado, y la correspondencia entre deberes y derechos convertida en broma de mal gusto. En fin, seguir tipificando este hecho inédito, nos llevaría a la desazón propia, a la decepción ciudadana, con lo cual el robo alcanzaría a nuestros corazones, tentándonos al escepticismo de bajar los brazos, y refugiarnos en la indiferencia y el aislamiento individual.

Éste es el punto de inflexión que debe distinguirnos del mero seguimiento morboso del caso policial y judicial. Porque es imperioso plantear que nos aguarda el proceso, largo y penoso, de corregir la política con la ética; y desenmascarar aquellas sectas y facciones que practican una “militancia” de conveniencia, abatiéndose sobre los cargos que capturan, deforman y desvían en su beneficio mercenario.

Prevenir el desorden y el caos

Las creencias profundas y la educación ética deben volver a trazar los límites justos en la convivencia ciudadana para neutralizar los extremos ideológicos; y para impedir que la criminalidad económica y política violente la armonía indispensable. Nadie espera un resultado idílico, pero sí que la relación entre necesidades, derechos y obligaciones, tratada con equidad, evite el desaborde de las grandes mayorías y de las minorías institucionales, como principio liminar de la democracia.

Sólo la ética, a través de la intención positiva de sus valores, crea el ambiente favorable para el mejor desenvolvimiento de todos. Lo cual, si bien no congela la lucha de los intereses legítimos o ilegítimos, explícitos o clandestinos que afectan al conjunto, lo resguarda de las peores secuelas del desorden y el descontrol que están latentes en la sociedad argentina.

Nuestra vida cotidiana ha dado un vuelco involutivo que ignora las “viejas” verdades fundamentales, y las sustituye con “nuevos” postulados superficiales, nublando la realidad con la ficción. Y esta mentira, que es la mentira de la apariencia y la pose, se vuelve contra sí, reduciendo las aspiraciones más nobles del ser humano. Especialmente, al envilecer las relaciones entre las personas y sus lazos de organización, solidaridad y trabajo.

Se abandona entonces el contacto con el pensamiento acumulado por la progresión coherente de una cultura, y se dificulta el pensar que se está creando como reserva para aplicar en el futuro. El resultado es la actitud vulgar y hasta brutal a la que nos estamos acostumbrando, resistiendo la reelaboración de una concepción social que languidece, por la falta de fe y de mística, virtudes que siempre descubren nuevos contenidos y motivaciones en el sentido de la vida.

Asumir la libertad de nuestra voluntad

La preferencia por lo inmediato y lo efímero espera todo del momento y nada del plan, despreciando su preparación y su constancia. Un perfil de la existencia precaria, como enfermedad cultural seguida de muerte: la evidencia  del declive civilizatorio que simula imágenes, exhibe lo exterior, ostenta la figura impostada y opta por la nada.

En un contraste total, no se acompasa el progreso material con el espiritual. Y la tecnología, en vez de reforzar al máximo las formas productivas de una organización civil equitativa, privilegia la especulación económica, el comercio de lo superfluo y los mecanismos viciosos del abandono y la amoralidad. Una onda de negligencia y destrato se transmite hacia todos los estamentos de la sociedad, “insectificada” y “masificada”; donde hay también un mercado de conciencias que se subastan, incluyendo al funcionariado infiel.

Estamos en un punto de inflexión facilitado, paradójicamente, por lo complicado de la situación, saturada de sofismas, cuando no de voces ignorantes disfrazadas de “opinión”, que nos lleva a plantear la libertad de nuestra voluntad frente a las modas impuestas con su vacío existencial. Y como requisito, de abajo hacia arriba, para rehumanizar la política, y recrear los movimientos sociales que le dan sustento estructural permanente.

Puestos a reparar, con humildad y firmeza, el tejido comunitario, rescatemos la política, que abandonó la vocación de servicio y llegó a su nivel moral más bajo. Una actividad mercantil denegatoria de su rol representativo y abocado al beneficio individual y grupal de los integrantes de la “clase política”. Apología de la corrupción que se manifiesta por “contagio” de los pares propensos a la venalidad; y por “compulsión” que obliga a someterse para no ser marginados por los “códigos” mafiosos que copan el sistema.

Buscar la unidad, que no es impunidad sino justicia

La lógica inversa del sistema ignora, niega o difama al militante honesto, en la superación de esta prueba en que lo pone un repliegue oscuro de la historia. Reto para templar la propiedad de la autoestima y la fidelidad a las convicciones que forman nuestra conciencia y adhesión a la gran política. La política como arte de la conducción que, hoy más que nunca, demanda la  tenacidad de un pensamiento estratégico sin límites de tiempo.

Queremos cumplir lo que sentimos como misión indeclinable; y esperamos corporizar en una fuerza de relevo por la empatía patriótica con tantas personas, sectores y organizaciones que luchan por unir y reconstruir la Argentina de nuestros ideales y nuestra posteridad. Buscamos la unidad que no es igual a impunidad, porque exige investigar hasta descubrir la verdad y sancionar a los culpables, caiga quien caiga, sin persecución ni privilegios.

Justicia imparcial, sin las dilaciones y subterfugios que implican complicidad. Y ética real, sin aspavientos moralistas carentes de pruebas concretas. Sólo así será posible la autocrítica política, económica y social de los errores cometidos. Y la elevación espiritual de la comunidad reivindicada sobre las pasiones que nos dividen, enfrentan e impiden el éxito de realizarnos plenamente.


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* Peronismo o populismo: debate sobre la identidad política, 142 páginas, Buenos Aires, 2012.

14. EL ESTADO ES DE LA COMUNIDAD Y NO AL REVÉS



14. EL ESTADO ES DE LA COMUNIDAD
 Y NO AL REVÉS

Desde los primeros clanes y tribus que poblaron el mundo, pasando por los imperios antiguos, los feudos medievales y los reinos del renacimiento, hemos evolucionado hasta las formaciones nacionales y continentales de la actualidad. Y aunque el proceso civilizatorio siguió el condicionamiento de los grandes factores geográficos y materiales, la humanidad, en las pautas propias de cada cultura, siempre aspiró a la trascendencia espiritual y moral para defender la vida y justificarla.

Esta trayectoria, no exenta de luchas y retrocesos, denota que las comunidades se organizan y persisten, en la medida que pueden superar las contradicciones de sus diversos componentes. Porque la vertebración compleja de sus vínculos individuales y grupales no es estática sino dinámica, exigiendo capacidad para resolverla sin llegar a los antagonismos disolutorios de su existencia.

Tal disyuntiva, en términos gregarios es efectivamente vital, requiriendo el ejercicio comprensivo de la adaptación al medio, junto al esfuerzo de trabajo para asegurar la subsistencia. Interpelación del pueblo a su historia que a veces se torna en opuestos irreconciliables, formando una conciencia colectiva escindida en bandos beligerantes.

Esta perspectiva de tiempo y especio confluye, en el mundo contemporáneo, en la transformación cualitativa del Estado, como entidad dirigida a “concertar” la síntesis posible de las voluntades operantes en su conflictividad. Motivo para que la comunidad reformule la función de este orden superior, a fin de encauzar sus tendencias sociales sin eliminarlas, y así gobernarse en un marco relativo de estabilidad.

No hay libertad sin responsabilidad

Lo más importante residiría en que el pueblo, así como defiende la posesión del espacio fundante de su noción de patria, tome también como suya la vigencia legal del Estado. En nuestro caso, un Estado no estatista: suficiente pero no agobiante, eficaz pero no insensible, y abierto a la sociedad de la que emana su mandato.

La democracia participativa aporta el cauce pacífico que evita el distanciamiento y la separación del Estado, como condición negativa previa a establecer regímenes autoritarios o totalitarios. Corresponde, entonces, asumir la opción inteligente de la interdependencia de intereses que se expresan en el seno comunitario, otorgándole la racionalidad de una actitud ecuánime. Disposición no ingenua, en relación al roce de todo tipo de ambiciones e influencias parciales, pero encaminada a lo esencial de una convivencia sin ruptura.

Lo contrario, exacerbando el enfrentamiento estéril sin reglas políticas aceptadas, destruye la estructura comunitaria y su delegación jurídica en un Estado organizado. Con el telón de fondo del caos, la situación retrotrae a la fragmentación  violenta de las peleas tribales. Un horizonte observado en muchos países divididos por guerras internas e intervenciones extranjeras.

Frente a esta eventualidad, hay que valorar y proteger el hecho histórico de nuestra independencia, que celebra su bicentenario, recordando que la libertad no existe sin responsabilidad. Ella dignifica la política en la ecuación de  derechos y deberes que encarna la Ley cuando  evita el reinado de la fuerza, el fraude o el capricho. Agravios contrapuestos a la legitimidad de las normas responsables y comprensibles, que son las indicadas para inspirar consenso, al incluir “el reconocimiento de todos por todos”.

Poder para dar servicio

La división formal de potestades, en el ejercicio de la autoridad republicana, tiende a diluirse por la acción solapada del aparato burocrático conectado simultáneamente a las facultades ejecutiva, legislativa y judicial. Definición realista que reserva la palabra “poder” para aquel círculo que interviene las decisiones en su provecho. Lo expuesto no niega la importancia de una Administración, que debiera ser de excelencia, sino refiere a los mecanismos del burocratismo propenso a la venalidad.

Ésta adquiere la figura del “servidor público”, que sobrevive a los dirigentes que lo nombraron, y permanece a la sombra del gobierno de turno, para operar la corrupción de Estado. Allí se insertan los intereses de los grandes grupos y corporaciones con sus proyectos, también dibujados, por la tecnocracia. Todo lo cual es atravesado por una globalización asimétrica, que no negocia en condiciones justas con los “representantes” de una soberanía aparente y no real.

El mal funcionario, desleal a su propio país, lo ataca en la base vulnerable de los recursos imprescindibles para el desarrollo. Corrupción que  suma ineptitud con arrogancia o experiencia con cinismo, centrada por igual en intereses espúreos. Conducta tan reiterada que desafía la proyección de la razón ética en las cúpulas dirigentes; y  decepciona al ciudadano, que cuestiona el manejo de la crisis porque ignora el destino final de los recursos resultantes de los sacrificios impuestos.
Quienes se califican por su buena voluntad, según un núcleo de virtudes ciudadanas, sienten desdén por lo perecedero del pragmatismo oportunista y sus negociados. Pero luchan también contra el escepticismo, que debilita su entusiasmo y preferencia por la acción. Luego, hay que recuperarlos con fuerza transformadora, como alternativa a la pasividad que facilita la entrega.  Por lo demás, es urgente reclamar la obligación de gobernar y conducir con el ejemplo personal, para preservar la pertenencia nacional por encima de todo individualismo, estando un juego el patrimonio social de varias generaciones argentinas.                                                         












13. PROYECTAR LA RAZÓN ÉTICA EN LA PRÁCTICA SOCIAL COTIDIANA



13. PROYECTAR LA RAZÓN ÉTICA
EN LA PRÁCTICA SOCIAL COTIDIANA

La ética defiende la vida al promover la autoestima personal, la equidad social y la solidaridad colectiva. Principios organizadores de la comunidad que enfrentan la dejadez individual, la injusticia estructural y la descomposición de la sociedad. Como ética pública, interviene en los asuntos políticos para luchar contra la indiferencia, la manipulación y las prácticas corruptas.

En esta pugna eterna de la conducta honrada con la deshonesta se determina la condición humana, sus vacilaciones y contrastes. Así, refuerza o disminuye el sentido de  pertenencia, y aún el orgullo de ser miembro activo de un pueblo soberano. Su reflejo en la con ciencia civil y la educación cívica regula el margen de confiabilidad y lealtad mutua entre el gobierno y los ciudadanos; especialmente en los momento complejos de un sistema en crisis de representación y representatividad.

Lo dicho no es la apología implacable del purismo, pero tampoco el conformismo inerme ante la hipocresía del doble discurso. Éste ha hecho grandes daños,  no corregidos aún por la restauración de una democracia a medias. Una república casi fallida que muestra el costo del vacío que deja el Estado, cuando no cumple su rol, o lo deforma.

Basta nombrar el despilfarro de recursos y reservas; la falta de creación de trabajo genuino, la corruptela en el manejo de subsidios, el deterioro en la seguridad jurídica y física; las deficiencias en los servicios públicos y la destrucción del sistema previsional argentino que fuera alguna vez modelo en el continente y en el mundo por su concepción justicialista.

Resistir la corrupción compulsiva

La profundidad de nuestra crisis refiere a las instancias agónicas de una “civilización” donde los valores no valen, el lenguaje cultural se fractura y la simbología comunitaria se diluye. Todo lo cual afecta  la esperanza de un destino compartido; y en consecuencia, limita la voluntad actual en el esfuerzo mancomunado. Es la hora aciaga del individualismo, el sectarismo, y los círculos de presión y dominación sin transparencia ni reglas.

El desorden, inconsciente o deliberado, convierte el fraude en procedimiento habitual, replicado sobre el conjunto social; equiparando aviesamente la multitud de pequeñas faltas y delitos con las grandes maniobras de la criminalidad económica y el encubrimiento político. Visto en perspectiva histórica, es un lamentable enredo de astucia a corto plazo, con episodios dramáticos y amenazas constantes. Tal lo que existe y ahora debemos cambiar.

La apuesta es a la fe, movilizante y unificadora, expresada en el retorno a la cultura del encuentro plural por la dignidad del trabajo; y en línea con la escala del esfuerzo y el mérito. Un camino difícil pero que promete  éxito, cuando se encara con aliento estratégico, alcanzando metas coherentes en tiempos bien planificados.

Esta vía parte del rescate de nosotros mismos, presionados por la banalidad de la corrupción  y la venalidad compulsiva. Llevados psicológicamente a pensar que fuera del círculo vicioso, la honestidad es marginal, extraña o no existe. Para la militancia sincera esto interpone el dilema de continuar o no en la acción, pues la política ya no es medio sino fin. Y una selección al revés considera toda virtud sospechosa; premiando lo opuesto con privilegios y favoritismos hasta los cargos más altos.

El planteo de esta verdadera “batalla” espiritual nos fuerza a salir de la declaración abstracta e inocua, dando eficacia a nuestros ideales. O sea: proyectando la razón moral en la razón práctica de la vida cotidiana, y en las relaciones institucionales. Porque el “poder” se sustenta en aquello sobre lo cual se ejerce; revirtiendo críticamente  cuando los funcionarios defeccionan en la misión asignada.

Si esto sucede se evidencia la pérdida del principio de autoridad legítima. Y se cae en la falsa antinomia del autoritarismo represivo o el caos violento extremos funcionales de una patología de la organización social. Situación en la que medran quienes azuzan la incertidumbre y la inestabilidad; que debe ser contrarrestada por la convicción de una política responsable. Porque en la resolución de la crisis la sinceridad y la respetabilidad también se difunden.

Para conducir no es necesario gobernar

Reflexionamos sobre el concepto de “responsabilidad”, que proviene de “responder”, de dar cuenta y ponerse frente a la situación. Buscando la masa crítica de fuerza organizada con aptitud de retomar la iniciativa. Elementos que no se pueden improvisar en el momento decisivo, pues proceden de una larga preparación y de una capacitación constante.

La comunidad de esfuerzo se convierte así de potencia en acto, con el ejemplo que simboliza el vínculo entre libertad de acción, comportamiento ordenado y conducción competente. Con prudencia estratégica, no en el sentido vulgar de cautela, sino de sabiduría para adecuar las formas de ejecución a los objetivos perseguidos.

La clave es “querer hacer” a pesar de la crisis, precisamente para superarla. Mientras los aparatos burocráticos son pesados para reaccionar a tiempo; y la agitación suma al desorden sin aportar soluciones factibles, como es habitual en el activismo de izquierda. En cuanto al oficialismo, que ha prometido satisfacer el clamor de justicia, está obligado a no recaer en los viejos pero aceitados carriles de la censura encubierta; la opacidad administrativa; la subordinación del poder judicial y el uso de los servicios de inteligencia para operar en la política interna.

Decía el maestro que para gobernar es necesario conducir, pero “para conducir no es necesario gobernar”. Este último axioma, identifica el desafío de los dirigentes con  talento, para influir en la toma de las medidas adecuadas. No abarcando mucho para lograr poco, sino eligiendo los puntos sensibles donde aplicar su consistencia. Con este fin deben aunar la prédica ética con el ejemplo personal; movilizar la participación social; y efectuar el control democrático del poder a través de los institutos y organismos creados al efecto por la última reforma constitucional.

Finalmente, pensamos que el fruto del diálogo es mejor porque implica razonar en común, buscando una síntesis de coincidencias. Lo que provoca la revuelta es peor, porque abroquela a los grupos que se excluyen del conjunto, remedando el “foquismo” de los años 70. En este aspecto, la “pospolítica” tecnocrática hace el juego al sectarismo por la misma impronta elitista que desconoce el valor de la conducción superior. Con esta ignorancia, desgastante por sus contramarchas, interfiere a los ministros capaces que sí conocen las sutilezas del arte de gobernar seres libres

12. CONTROLARSE A SÍ MISMO PARA CONTROLAR LA SITUACIÓN



12. CONTROLARSE A SÍ MISMO
PARA CONTROLAR LA SITUACIÓN

La estrategia se construye con un pensar de vasto alcance, que obliga a “ver” más allá en el espacio y el tiempo. Asignarse esta tarea conlleva a definir grandes objetivos que exigen grandes esfuerzos, lo cual define a la “conducción”; porque los objetivos pequeños y los esfuerzos consiguientes definen a la “administración”. En esta diferencia de nivel más alto, propio del estadista, resulta vital partir de una base sólida, para luego desplegar las operaciones persuasivas del principio de autoridad política.

Esto no puede hacerse en un estilo individual, y una estructura radial de mando que recarga el peso de la labor de gobierno en el liderazgo principal. Porque nadie resiste una larga campaña sin la cooperación de la versión civil de un “estado mayor”. Sus integrantes no deben ser meros “secretarios privados” delegados en áreas, que a veces no conocen, sino personalidades respetadas e idóneas, capaces de decir, incluso, lo que no es grato escuchar.

Se evitará así cualquier sobrecarga de  preocupación y tensión innecesaria, con la suma, no cuantitativa sino cualitativa, de las virtudes y capacidades de todos. Estas personalidades, sin perjuicio de una lealtad sincera, no pueden salir de un mismo grupo, ni tampoco obtenerse de uno u otro sector político por la vía de la negociación. Ellos serán seleccionados directamente por el conductor según su talento y honestidad, generando un amplio consenso en la sociedad que facilite su rol.

Lo primero a organizar es la conducción

Esta distribución, inteligente y generosa, de responsabilidades específicas en una estructura de conducción equilibrada, con grados aceptables de desconcentración, no limita la autoridad del estratega. Antes bien, la prestigia, y le permite dedicarse concisamente a los temas de fondo, sin el asedio de las consultas excesivas de la impericia o el recelo.

Dice el maestro que para conducir con éxito, “lo primero que hay que organizar es la conducción”. Es decir, un sistema identificado con un proyecto en desarrollo, al que todos pueden sumar y ninguno restar. Y donde le liderazgo recambia a quienes fallan, sin tener que respaldarlos a pesar de sus errores, absorbiendo la crítica social que desgasta.

Demostrar una inteligencia lúcida, asentada  y serena

Cuanto más grandes con los objetivos, mayor es el riesgo que se corre y más largos los plazos para cumplirlos; imponiendo el realismo de modo natural. Lo cual significa elevarse por sobre todo círculo emocional, para mantener vigente la promesa electoral de equidad. Esta transformación psicológica e intelectual, entraña un ineludible perfeccionamiento de la personalidad política, para servir con abnegación al interés común.

Hay que conocer a aquellos que rodean o entornan al liderazgo, para distinguir a quienes “sirven” de quienes “se sirven”. Y estar especialmente atentos a las expectativas y reclamos de la gente, para separar las reivindicaciones legítimas de los agitadores profesionales. El juego de una inteligencia lúcida, asentada y serena puede despejar la confusión, que lamentablemente acompaña el uso de la dialéctica política.

No resulta fácil para nadie superar el velo del personalismo, la cuota de egocentrismo que afecta la conducta humana. Lo patentizan muchas de las disputas internas irracionales, incluso de elementos que creíamos archivados en un pasado polémico. Por eso también hay que tener paciencia y constancia, para lidiar con adversarios que siempre se reinventan o mimetizan.

Un combate de voluntades y ambiciones

Suelen ser muchos los que, a cada hora, presionan para “conducir al conductor”. Y éste es responsable de no dejarse controlar, en un combate inexorable de voluntades y ambiciones. La idea es no obrar en las condiciones impuestas por otros, sean amigos o adversarios, sino hacerlo en el marco establecido por la estrategia propia. En cuanto a la oportunidad de actuar, tampoco se aguarda pasivamente, sino se crea con una dosificación de imaginación y pragmatismo.

Esperar todo o nada de un solo dirigente, adjunta el peligro de los vacíos de conducción que provocan los incidentes y accidentes de la vida personal. En política, todos somos necesarios pero ninguno imprescindible. Tal la reflexión que motiva la tarea formativa de cuadros políticos, sociales y técnicos que van a articular la densa red de un régimen integral de participación.

En consecuencia: no temer la aparición de una gran franja de nuevos representantes territoriales y nacionales. Ya que, llegar a las metas de una planificación estratégica, invita al enlace fructífero de varias generaciones. Una dimensión histórica donde sucumben los ensayos unipersonales, porque el tiempo sólo es vencido por la persistencia de la organización.

Finalmente, hay que enfrentar con claridad la maniobra cristinista de declarar el carácter amoral de la política. Circulan frases como “la corrupción democratiza la política”, porque “sin dinero no hay poder”; o la falsa resignación a que “un proceso rápido de crecimiento genera siempre corrupción” Porque en esta tesitura “todos somos corruptos” y acreditamos la impunidad de los dirigentes, penalizando a la ciudadanía.

El desafío fundamental de esta etapa es la reconstrucción de una cultura del trabajo honesto, no de la especulación. Y este gran cambio no podrá realizarse sin la autoridad moral, en el “ser y parecer”, de la más alta investidura. A cualquier precio hay que lograrlo, redefiniendo las relaciones del individuo que se convierte en mandatario, porque tanto su salud, como su patrimonio y compromiso de viejas amistades, ya no son más un hecho personal, sino que se los  observa como  una cuestión de Estado.







11. ORGANIZAR EL DIÁLOGO SOCIAL Y POLÍTICO



11. ORGANIZAR EL DIÁLOGO SOCIAL Y POLÍTICO

Tanto en la concertación social, como en la articulación de alianzas políticas, temas de algún modo similares o afines, la cuestión principal es la convocatoria y realización del diálogo, formalizado entre partes o sectores protagónicos. Es un encuentro programado para el intercambio de análisis y propuestas dirigido al mutuo fortalecimiento  orgánico, y la consecución del bien común. Presupone por ello una igualdad en el respeto a los interlocutores congregados y un seguimiento atento, no despectivo, a sus diferentes opiniones y argumentos.

La consideración preliminar, que hace posible en principio este tipo de reuniones de trabajo y coordinación, es la legitimidad recíprocamente reconocida de sus participantes que, actuando con lealtad desde el seno de sus propias organizaciones, comparten un núcleo de principios y valores por la unión nacional. A partir de allí se proponen, con diversos matices iniciales, alcanzar un mejor nivel de equidad y justicia, capaz de afianzar esa unidad y promover su evolución futura.

El soporte técnico imprescindible abarca una información compatible producida por organismos o institutos prestigiosos; un asesoramiento especializado; y un adecuado ámbito de ejecución para garantizar un clima serio, amable y confidencial. Así las conversaciones y exposiciones gozan de la debida tolerancia, evitando choques, ironías o chicanas.

Todos los presentes saben que, aunque tienen mucho que decir y quieren lograr en la actual situación de crisis, los “otros” son partícipes necesarios del intento. Porque nadie puede alegar autonomía, suficiencia o indiferencia ante el cuadro de situación que anticipa un aumento de la conflictividad, cuyas consecuencias son la incertidumbre, la división y la disputa.

Conformar una solidaridad de fines

La concertación no es un hecho puntual y aislado, sino un proyecto y un proceso de aproximación y cohesión del conjunto. Quien convoca tiene el poder necesario, pero no suficiente, para tratarla y aprobarla automáticamente. Por eso, conformar una solidaridad de fines impone que cada sector no se plante “ante” el otro, sino se ubique “con” el otro, en una labor mancomunada que dé respuesta a la expectativa creada públicamente.

Compartir, de este modo, nos sustrae del sectarismo y el egoísmo para convertirnos en personas sociales, copartícipes de la construcción de la comunidad, en la esperanza de un destino mejor. A él puede aspirarse si superamos las improvisaciones, y hacemos gala de un proceder reflexivo y metódico, para convivir y aprender a solucionar nuestros problemas con los recursos disponibles que podemos multiplicar.

Es también un medio propicio para expresar sentimientos, intuiciones y gestos que salvan al diálogo de ser un acontecimiento frío de cálculos sesgados y teorías abstractas. Una humanización del discurso y la praxis política con claridad, síntesis y humildad, para referirla a la realidad que percibe la sensibilidad directa del pueblo.

En este quehacer, que se destaca de la rutina de los convenios habituales, la conducción, para afirmarse y crecer como tal, debe ubicarse en el cruce álgido de las contradicciones que aparecen, para trazar nuevas perspectivas que abren posibilidades para todos. Una autoridad finalmente estratégica, no por sus imposiciones, sino por su ayuda a entrever el cauce razonable de las aspiraciones planteadas, asignando espacios de compromiso y medios de apoyo, aliciente y auxilio.

Es un error de los asesores pretender eludir esta misión, difícil pero indelegable, de un verdadero liderazgo. Porque su ausencia deja el protagonismo a sus ministros o auxiliares sin la “cancha marcada” por su arbitraje. Y sin el contexto de todo un equipo de conducción o gobierno que no puede funcionar sin jefatura por más “imagen” de eficacia profesional que se difunda.

La crisis, si se agrava, agudiza la inteligencia y acorta el período de espera pasiva o la paciencia de buena fe. Y antes que esto ocurra, hay que consolidar la autoridad con el éxito, aunque fuera parcial y progresivo, pues nada deprime más que una derrota. Máxime, cuando la índole voluntaria de la adhesión democrática, hace que el autoritarismo sea imposible o fracase.

Por el contrario, la consonancia de intereses que se logre trasciende a las partes concertantes, y beneficia de manera sensible al interés general. Se consuma así un acto de coraje civil, que levanta la autoestima y nos coloca a la altura del desafío y del esfuerzo que falta. Porque el esfuerzo con destino es lo opuesto al sacrificio inútil.

La planificación hace la diferencia como herramienta estratégica, confirma el diagnóstico, prioriza aspiraciones y elige variantes de acción. Cada determinación de un objetivo acordado, tiene que adjuntar la explicación de los lineamientos políticos y la sustentación logística para lograrlo, evitando el declaracionismo de la retórica vacía y el voluntarismo de las intenciones y promesas incumplibles.

La filosofía del encuentro, con un fondo de valores éticos comunitarios, tiene el empuje para superar los prejuicios negadores del cambio. Es una actitud, no ingenua, pero confiada en la rehumanización de la cultura por el trabajo. Es obvio que los diferentes sectores involucrados en esta tarea no “son” iguales, sea por su origen o su lugar en la estructuración económica, pero “se hacen” iguales por su participación decidida en el escenario de la concertación.

Sólo así una nueva cualidad de justicia y equidad puede dar efectividad al disfrute de la libertad con dignidad. De igual modo en el orden internacional, donde las penurias del pasado combinaron la exacción de nuestros recursos naturales, el abandono de nuestros recursos territoriales y el desdén de nuestros recursos históricos: fugando el capital y el talento argentino. Quizás llegó la hora de revertir la dependencia, aliada a la corrupción para recuperar la voluntad de ser y no de mera sobrevivencia.

10. ARTICULAR UNA VERDADERA POLÍTICA DE ALIANZAS



10. ARTICULAR UNA VERDADERA POLÍTICA DE ALIANZAS

En conducción política, lo primero es lograr la propia identidad de proyecto y la propia fortaleza orgánica. Luego, sobre este eje, se establecen las alianzas imprescindibles para aumentar las capacidades, disminuir las vulnerabilidades y cubrir los vacíos. Constituida la alianza, hay que llevar la iniciativa con buenas decisiones y atender a la flexibilidad operativa de sus componentes: con estilo persuasivo, gestos amigables y maneras diplomáticas.

Las partes diferentes de una alianza, pese a sus compromisos iniciales de unidad, conservan grados apreciables de “autonomía”. Esta característica, que suele manifestarse con actitudes indefinidas o ambiguas, puede generar conflictos y aún antagonismos, invirtiendo el frente de lucha: de amigo a adversario.

Una actitud legal y generosa

El pensamiento estratégico, al conocer las vicisitudes de las alianzas en la experiencia histórica, valora el mantenimiento prudente de las coaliciones importantes. Pues éstas son una forma conveniente de lucha incruenta, que cumple los grandes objetivos, sin caer en peleas de consecuencias fatales.

Una alianza que pase la prueba de su convocatoria básica será cada vez más leal y generosa en la medida que desarrolle la conciencia plena de una necesidad mutua. Y la paralela convicción en la probabilidad mayor de éxito que ofrece la suma de esfuerzos, en una línea consistente y no contradictoria para el fin irrenunciable de cada uno de sus integrantes.

Saber seleccionar a los aliados

La clave es saber seleccionar a los aliados, según la categoría táctica o estratégica del acuerdo; lo cual determina su profundidad en el espacio y duración en el tiempo. En este sentido, la alianza táctica es un entendimiento práctico de pura conveniencia ante una situación concreta. Aquí lo urgente pesa más que lo importante; y hace que las partes escatimen esfuerzos con vistas a una pronta disolución del vínculo, que así apresuran.

Por esta razón episódica, donde lo táctico no es un elemento subordinado a la gran política, sino a una contingencia, no requiere teoría ni doctrina que la refrende. Se autojustifica en la satisfacción de su propósito inmediato. Comprender este límite previo, impedirá que la conducción derive, por influencia de un aliado circunstancial, en una serie de conflictos que no son los suyos.

La alianza estratégica, en cambio, exige más calidad de definición que cantidad de adhesiones, para un desenvolvimiento sólido y de futuro. Y, en su planteo, requiere una dosificación equilibrada de motivaciones emocionales y argumentos racionales, para que la conducción conduzca y no vaya detrás de los acontecimientos desbordados.

No hay aliado incondicional

En el oficio de coordinar acuerdos no podemos contar con el aliado incondicional que acepta todo sin cuestionar nada. Porque la dirección coaligada, por definición, comprende una mesa de diálogo interactivo, con interlocutores representativos del sector que suman al conjunto desde la diversidad. Todos saben que la política de alianzas es una política de poder, y actúan en consecuencia.

Ésta es la realidad del mapa político argentino, graficado en las últimas elecciones, que determinaron un doble condicionamiento del ejecutivo nacional. Éste no es un espacio exclusivo de un partido y debe compartir sus áreas y consultar sus medidas. Además, está y estará asediado por el parlamento por ser crónicamente minoritario y obligado a negociar en todos los casos, incluyendo los fáciles que se tornan difíciles.

La conclusión se bifurca en dos alternativas en creciente distancia: una anhela conformar un consenso por la vía colectiva de la “concertación”; la otra alienta el avance de un perfil individual “hegemónico”, a riesgo sin duda de romper la alianza que encarna al oficialismo desde el 10 de diciembre de 2015.

Cuando decimos concertación nos referimos también a la influencia de lo político en relación dinámica al campo económico y social. Concertación integral, a la que hoy la preferencia presidencial resiste. Al menos, hasta poner en marcha al país, demorado en un cruce hostil de ideas, pasiones, intereses y reivindicaciones.

Posibilidades y tribulaciones de la posición central

El análisis histórico, que alimenta en gran parte al pensamiento estratégico, reafirma el rol de las alianzas, y las califica de falsas o verdaderas, de efímeras o trascendentes, de oportunistas o programáticas. Destacando incluso que, sin el “juego de alianzas” rotando exactamente en cada etapa, el camino de marcha se estrecha o se interfiere.

Horizonte incierto que merece una apertura general, administrada sabiamente desde una “posición central”, actuada o respetada por los flancos democráticos de la derecha y la izquierda argentina. Para los peronistas que creemos en la autocrítica, pero rescatamos lo mejor de nuestra doctrina y nuestra obra, la posición central es la “tercera posición”: mediadora, estabilizadora y pacificadora. Virtudes de una cultura política indudable, no para consagrar la inercia, sino para realizar entre todos la reconstrucción nacional del siglo XXI.








9. DESARROLLAR EL INTERIOR DEL INTERIOR



 9. DESARROLLAR EL INTERIOR DEL INTERIOR

La sociedad argentina es una de las más urbanizadas del mundo, con más del 90% de su población viviendo en ciudades. Dato relativo celebrado por una derivación extrema del liberalismo, que considera que únicamente las ciudades, y con preferencia las grandes capitales, son “motores de progreso social” y productividad económica. Estos logros vendrían de su alta concentración de recursos en el menor espacio posible, para atraer inversiones, racionalizar el empleo e innovar tecnológicamente.

Esta contaminación antiestratégica de una matriz territorial distorsionada por la ambición desmedida de rentabilidad y beneficio, aísla a las grandes empresas de su necesario contexto; anulando el servicio social y la imagen de convivencia que deben brindar para integrarse a la comunidad que frustran. Facetas de un capitalismo carente de regulaciones adecuadas en el plano humanitario y ambiental.

Sus secuelas son los asentamientos precarios, la congestión, la polución y una topografía caotizada que se presta a los laberintos de la delincuencia y el narcotráfico. Estos flagelos se parapetan en una ciudad oculta, tomando de rehenes a los más vulnerables, contradiciendo la ficción ideológica de la ciudad visible. Éstas y otras causas de disrupción territorial aumentan la capacidad ociosa de las grandes empresas y las maniobras de explotación laboral.

Vincular estrechamente las nociones de campo e industria

Se evidencia, una vez más, la importancia vital de una organización estratégica, con base territorial, de la sociedad y la economía argentinas con proyección futura. Sistema,  cuyo núcleo central, irradiará las políticas rurales de población y empleo, imprescindibles para corregir la baja densidad demográfica del “interior del interior”, que compromete, tanto la viabilidad de nuestro desarrollo como la integridad de nuestro Estado.

Es menester vincular estrechamente las nociones de campo e industria, cubriendo además los eslabones agroindustriales en la continuidad mutuamente útil de la cadena productiva. Primordialmente, si articulamos esta decisión con las políticas estatales de promoción a las pequeñas y medianas empresas, cuyo número sobrepasa el 90% de todas las empresas establecidas y ocupan el 70% de todos los trabajadores registrados.

En el aspecto gremial bipartito se ha avanzado lo suficiente para incorporar ahora las iniciativas oficiales que alientan una mayor y mejor producción, aumentando el valor agregado de nuestras exportaciones. Lo cual no tiene que significar un exceso de trabas al conjunto de los productores, para facilitar aviesamente la concentración corporativa como en la era anterior.

En el sindicalismo de raíz peronista, hoy dividido por intereses de sector, la intención manifiesta de unidad puede encontrar ciertas pautas de solución en la organización de los trabajadores rurales; por ser la más numerosa en afiliación, la más extendida en el orden territorial nacional y la más representativa en el orden internacional, por su incidencia en la lucha contra el hambre y por el equilibrio ecológico.