miércoles, 19 de agosto de 2009

8-Poder Nacional: Debilidades y potencial disponible.

No malgastar nuestro espacio-tiempo histórico

La Argentina aparece hoy como un país sin poder significativo, en ninguna de su manifestaciones: ni político, ni económico, ni social; incluso con una falta de densidad cultural, que es la fuente en la cual la verdadera energía del poder se origina, para irradiarse luego en su ámbito geopolítico. Es el resultado, sin duda, de una sociedad desarticulada, que malgasta su espacio-tiempo histórico, pleno de grandes recursos que no ha podido desarrollar; representando la paradoja de quienes teniéndolo todo, sufren de contradicciones inexplicables y resultan en la posición rezagada de las frustraciones.

Es preciso asumir este grave problema y reaccionar en consecuencia, superando la simple retórica declamativa o puramente crítica, que no aporta metodologías positivas y a nuestro alcance para superar la situación; máxime cuando disponemos de un extraordinario potencial, cuya ausencia sí sería irreparable. Con la vista en esas inmensas posibilidades, es imperioso reorganizar nuestra comunidad para que, a la combinación de factores negativos que hoy salen a la superficie, le suceda una combinación de factores positivos que yacen en el seno profundo de esa misma realidad.

Una realidad que no sólo tiene que ser analizada e interpretada, sino transformada, lo que implica nuestro compromiso para involucrarnos en una participación imprescindible, cualquiera sea el nivel y sector en que nos encontremos. Porque la inacción es el prólogo de la anarquía y ésta de la disolución nacional, con todas las consecuencias que se derivan, desde el plano institucional hasta el punto más privado de la vida cotidiana.

Tenemos, pues, que movilizarnos, primero mentalmente, para precisar los desafíos que se enfrentan, las necesidades que se sufren y las reivindicaciones que se anhelan; sabiendo, además, que toda crisis por su propia dinámica ofrece los acicates y estímulos correspondientes para actualizar conceptos, cambiar estructuras y aprovechar oportunidades. La amalgama que surja de todas nuestras voluntades pensantes, persuasivas y actuantes, constituirá la fuerza a volcar -desde todos los ángulos- en la reconstrucción del poder nacional.


No hay poder sin organización

El poder requiere justamente la coherencia del pensamiento, la palabra y la acción, porque significa la voluntad concentrada en energía ordenada para lograr efecto; ya que no hay acción concreta sin poder, ni poder sin organización. Con este criterio, se desenvuelve un poder auténtico, no simulado, para canalizar conductas colectivas, resolver situaciones difíciles y alcanzar objetivos definidos. Voluntad, vale la pena recordarlo, exige autodeterminación, que es la decisión de actuar desde lo propio, y elegir con libertad de acción las alternativas consideradas más correctas.

El poder, en rigor, tiene sus singulares principios y métodos, que hará que quien los desconozca presencie el derrumbe de su efímera construcción; pero en la sociedad democrática, más allá de su teoría y su técnica, a veces implacables, el poder vive una relación inseparable con la ética del bien común. Ésta rechaza la acumulación de poder por el poder mismo, e invalida cualquier pretensión justificatoria ideológica o personal; ya que el sectarismo genera un poder sin destino, y las ideologías impiden el protagonismo del conjunto de la sociedad.

El poder se ejerce, y ésta es su ley más obvia, pero la verdadera autoridad de la que emana, tiene que prevenir la arbitrariedad, los excesos y los abusos de poder. Es una exigencia compleja, pero posible de atender, si se cultiva la base de una educación para la libertad responsable y una cultura política del equilibrio, con límites claros dados por el funcionamiento institucional: porque los hombres “tienen” poder, pero no “son” el poder. Este pertenece, con sus ciclos distintos y cambiantes, al eje de traslación de la comunidad política y social.

Eso sí, según sea el poder así será la sociedad; porque en su fines y medios está inmersa la valoración de su eticidad y racionalidad en modos y grados diferentes; es decir: con estructuras autoritarias, dictatoriales, anárquicas o democráticas. Específicamente, la toma de conciencia sobre la naturaleza del poder, se debe expresar en una voluntad de conducción nacional, con carácter republicano y democrático. Por consiguiente, toda otra forma de poder, además de ilegitima, resulta antipatriótica, como lo testimonia nuestro pasado histórico.


Credibilidad y unidad

Conducir es el arte de hacer posible lo que el pueblo necesita. Ésta es nuestra definición de la política. Como tal, se califica por el proceso colectivo de construir un poder común, equidistante del no-poder del individualismo indiferente y la no-libertad del autoritarismo. La participación voluntaria de los ciudadanos es fundamental, porque los incluye de diversos modos en el sistema de decisión de la comunidad. De esta manera, nadie niega su aporte indelegable, y todos se expresan libremente a partir de su propia personalidad, en el cauce mayor de una pertenencia con lazos de vinculación y solidaridad.

Se agranda así la comprensión de la causa y la finalidad del hecho de participar, por una intervención directa de cada persona en la creación de poder, del que puede ser también participe y protagonista, con capacidad de elegir y ser elegidas. Ocurre lo mismo con la inclusión representativa de los más diversos grupos y sectores; ya que un sistema orgánico de conducción se caracteriza por condensar resultados efectivos, a partir de la actuación complementaria de todos sus integrantes.

La condición más importante para que este sistema de conducción funcione con éxito se llama credibilidad, y se corresponde con el principio de unidad. Sin credibilidad-unidad, la orientación carece de certezas y la organización carece de fuerza; luego sobreviene el fracaso. Por ello, hay que ir al fondo de las cosas para movilizar la voluntad de cambio; y plasmarla con hechos y acciones evidentes, que se expliquen y fundamenten por sí mismas, facilitando un proceso autosostenido e integrador de voluntades civiles.


Captar la esencia del ser político

Corresponde al don del liderazgo captar la esencia del “ser político” que cada época histórica produce, paralelamente al modo de acción más adecuado a cada etapa, para dar cabida a todas las formas presentes o solicitantes de participación. Junto con ello, y para dar sentido al conjunto incorporado a su orientación, debe descubrir las categorías del pensar filosófico que sirvan para ordenar y relacionar un sistema de grandes ideas posibles de compartir, tanto por los ciudadanos individualmente considerados, como por los cuerpos orgánicos colectivos de naturaleza política y social.

Esta es una forma de depurar inteligentemente el “poder” en el sistema de la democracia, para que éste deje de ser sinónimo de fuerza, violencia y coacción; y siguiendo en cambio la vía de la persuasión y la convicción, se constituya en la energía motivante de las actividades públicas de la comunidad y la administración de país. Se elabora entonces una doctrina de conducción nacional -y no una ideología de dominación sectorial- para promover también la acción propia del gobierno y del Estado.

Decimos “filosofía” en el sentido de un pensar humanista y clásico, alejado de las posiciones extremas -autoritarias y totalitarias- que niegan la amplitud democrática: porque lo clásico parte de la medida para lograr la proporción, y por la proporción concilia el equilibrio que genera armonía. Ideal siempre difícil de alcanzar, pero que debe guiar a los conductores y estadistas que se precien de serlo al servicio de sus pueblos.

Esto exige la confluencia mutuamente beneficiosa de “política” y “estrategia”; o sea: de la determinación y asignación de finalidades y objetivos, con su adecuado correlato en el seguimiento del camino más adecuado para alcanzarlos, venciendo las voluntades contrapuestas. Es precisamente éste el valor de la estrategia como desenvolvimiento del poder organizado, acumulado y empleado por la conducción, en la práctica de su arte.

En el seno de la comunidad, el mismo ideal presupone diferencias entre “politización” y “cultura política”. Porque politización implica un conocimiento superficial, vulgar y mediatizado de la realidad política; mientras que cultura política abarca un saber más profundo sobre nuestros problemas y la forma efectiva de resolverlos. La politización suele votar sin elegir, ni seleccionar, siguiendo una moda cualquiera; al contrario de la cultura política que exige y produce una participación civil y lo social más estable y consecuente, acorde al largo plazo del proyecto nacional.

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