domingo, 4 de marzo de 2012

EL CUADRO MILITANTE COMO SUJETO PROTAGÓNICO

Presencia efectiva y peso en la realidad social

El ser humano, en el curso de su evolución, va sintiendo la necesidad de lograr una identidad propia. En esta trayectoria suele advertir, con una perspectiva más amplia, la raigambre cultural que, a la vez, lo potencia y condiciona como integrante de una comunidad determinada y de una época histórica. En cierta instancia de esa nueva comprensión de la vida, desea superar lo que aquella individuación inicial significó de aislamiento o indiferencia social, para convertirse en sujeto protagónico de una conducta moral y pública.

De una forma más o menos reflexiva, en realidad lo que se propone es adquirir un significado histórico, cuyo horizonte se extiende hacia el pasado y el futuro de su comunidad de pertenencia, adquiriendo una densidad existencial que trasciende al mero “individualismo”. Y es esta mayor toma de conciencia del ser y del hacer, aquello que lo habilita para contribuir con su particular aporte creador, ético y político, al comportamiento del conjunto de la sociedad en sus diferentes dimensiones y expectativas.

Tener presencia y peso en el reino de la realidad, y no sólo en la expresión de ideas y deseos, requiere una acción y una lucha que se llama “militancia”. Ella implica una decisión de participación colectiva, pero no masificada ni anónima. Es decir, ansía un ámbito propicio para unir fuerzas con quienes piensan y sienten de modo congruente, y aspiran a alcanzar niveles compatibles de formación y organización en un marco adecuado de apoyo mutuo. Se abren aquí dos caminos opuestos: la organización cerrada del sectarismo ideológico, o la organización abierta de proyección social.

La opción por la organización abierta e inclusiva requiere un participante capaz y sensible, con aptitud para la disciplina voluntaria, pero también con libertad de criterio para llevar adelante la iniciativa en su radio de acción. Un carácter dinámico y equilibrado, formado para la independencia de juicio, a fin de no caer en la obediencia burocrática del mediocre, que no se juega por nada; ni tampoco en la rebeldía permanente que afecta la cohesión del funcionamiento orgánico (coordinación de esfuerzos).


Diferenciar politización de cultura política

En un país aún pendiente de su liberación definitiva para realizar todas sus potencialidades, es imposible tener una vocación social sin que ésta sea a la vez una vocación nacional, ni sustentar un pensamiento nacional que no contenga una manifiesta sensibilidad social. Esta conjunción de índole política es equidistante por igual del socialismo internacionalista y del nacionalismo sin pueblo: ideologías de otros tiempos, pero que cada tanto reaparecen, como patologías genéticas de la militancia en un régimen de dependencia, aunque con variadas denominaciones y apariencias.

No hay duda que la Argentina se construyó alrededor de una narración histórica de la épica popular de su independencia, y sus combates contra el colonialismo y el neocolonialismo; pero también es cierto que padecimos las luchas civiles que culminaron en la república oligárquica y fraudulenta, el golpismo militar y la corrupción partidocrática. Queda pendiente, pues, la tarea de suceder con eficacia institucional a los liderazgos carismáticos del pueblo que fundaron y refundaron la patria, en la lucha por la soberanía, la democracia y la justicia social.

Se va comprendiendo así la necesidad de diferenciar politización y cultura política: porque la primera presupone la manipulación de masas despersonalizadas e irracionales, con la reactivación perenne de la consigna reaccionaria “civilización o barbarie”; mientras que la segunda implica una lógica política distinta y superior. Una alternativa válida que, sin desconocer la multiplicidad de opiniones en un clima de libertad, impulsa un movimiento amplio con una doctrina operativa y no meramente discursiva o abstracta como lo hace el “progresismo”.


Prevenir el caos, realizar la transformación

Decimos aquí “movimiento” en el sentido de un avance de la comunidad nacional por la línea definitoria de su propio camino; y cuyos cuadros políticos y sociales, asumidos como “defensores del pueblo”, proponen la reafirmación del concepto patria, no el patrioterismo, por la concertación de los sectores que la componen, sobre un mismo eje de desarrollo integral. Un proyecto de actualización que no viene desde afuera, como el “modernismo” de inspiración transnacional, sino que se inscribe soberanamente en el espacio de libertad de acción que crece por la fuerza mancomunada del pueblo organizado.

Este avance es el del bloque histórico oprimido por el liberalismo y el neoliberalismo, respecto a su aporte real a la generación de la riqueza cultural y material del país. Un movimiento recreado por liderazgos carismáticos como los de Yrigoyen y Perón[1] para conducir la transición entre épocas diferentes. Y que ahora busca un sistema de conducción orgánico e incluyente, no limitado a personalidades ni círculos, porque necesita el apoyo directo de estructuras movilizadoras para completar su marcha reivindicativa sin retrocesos ni violencia.

El comportamiento de aquellos que adversan este tipo de movimientos populares, no “populistas”, varía según los intereses del ciclo anterior que pretenden conservar con actitudes reactivas. Algunos sectores altos, dependientes del exterior, son ahora vulnerables por su indiferencia a la cuestión nacional, cuando ésta ya se manifiesta de modo contundente, lo cual deriva en su impotencia política y parlamentaria. Respecto de otros sectores, intermedios, prevalece una rémora de prejuicios sociales aislándolos de la corriente popular; lo que por desapego de la realidad los detiene y fragmenta partidariamente.

Como lo hemos reiterado, los prejuicios sobre todo de la clase media compuesta por profesionales y técnicos, es un desafío a asumir y resolver por nuestros conductores y cuadros, porque no se funda en contradicciones insalvables. Por el contrario, en el esfuerzo de reconstrucción productiva del país, donde todos quienes trabajan y no especulan tienen un lugar de participación imprescindible, hay que “convertir el temor en esperanza”, en la medida que sepamos llevar adelante un proceso gradual, con la comprensión y el apoyo directo, paso a paso, de la gente.


La formación de cuadros, posibilidades y obstáculos

Al referirnos a la necesidad de retomar la formación intensa de cuadros sociales, queremos abarcar genéricamente a la amplia gama de liderazgos que demanda el movimiento popular, sin limitarnos a lo sindical o partidario; sino incluyendo también a los cuadros comunitarios, cooperativos, técnicos y profesionales imprescindibles para un acceso inteligente al futuro. El primer obstáculo, entonces, es de carácter doctrinario, para no disociar lo nacional de lo social, desterrando las actitudes reaccionarias y, a la par, las dilaciones de ciertos círculos intelectuales, que se agotan en el debate literario o televisivo de cuestiones “eruditas”, sin conectarse al núcleo real y palpitante de la acción política (“los sabios ignorantes”).

Asimismo, es lamentable que ciertos dirigentes propios no se interesen lo suficiente por la capacitación. Confluyen aquí dos prejuicios mortales para la actualización de nuestras estructuras: uno es la idea mezquina, por falta de visión, en la cual educar es una inversión a largo plazo que ellos no van a aprovechar; y el otro es el temor a que el resultado de la capacitación produzca una ola de recambio sobre los puestos en donde piensan perpetuarse. Esto es ignorar que la renovación siempre es un proceso inexorable, al cual hay que saber canalizar para hacerlo más fructífero y menos traumático.

A su turno, muchos elementos realmente dotados para la militancia y el liderazgo, con motivaciones legítimas de introducir cambios beneficiosos en lo programático, orgánico y metodológico, se dejan ganar por el escepticismo del “no se puede”. Pero el desánimo, igual que la apatía, son expresiones prematuramente derrotistas que atentan contra las aspiraciones individuales y colectivas de la base de participación popular, cuya comprensión y confianza son lo primero que hay que ganar para derrotar al oportunismo.


La realidad como un todo en cambio continúo

Los nuevos cuadros al empezar su carrera no deben creer, por ingenuidad o arrogancia, que la tarea que se proponen será fácil y rápida, confiando en que el esquema establecido les abrirá los canales de ascenso. Este obstáculo, lejos de exacerbar el “purismo” que se convierte en aislamiento o secta, tiene que ir incentivando, desde adentro, el esfuerzo sistemático y de equipo para desenvolver sus postulados, pero sin arriesgar la unión esencial del conjunto que es el fundamento mismo de las formaciones orgánicas.

Por consiguiente, toda actualización de buena fe, para dar con prudencia los debates imprescindibles a fin de lograr adhesión y alcanzar escalonadamente sus objetivos, debe predicar y demostrar con el ejemplo el valor sustantivo que asigna a la unidad orgánica y la solidaridad entre compañeros. No es fácil, pero no hay otro camino, porque la división es el peor enemigo que perciben hasta los componentes más sencillos de la base social; pues cada uno, por sí solo, sabe que vale poco o nada sin la unión que concentra las fuerzas en el lugar y el momento de la decisión (principio estratégico de masa).

Un proceso de transformación que aspire a acelerar la evolución de la sociedad, sin fracturarla agresivamente, tiene que ser comprendido como “un todo en una realidad de cambio continuo”. Esto es así porque en esa dinámica conviven, como siempre en los hechos históricos, los elementos anteriores aún vigentes, con los nuevos elementos aún incipientes. Para aprovechar esta característica como oportunidad, y no agudizarla como crisis, es importante plantear la cooperación generacional, capaz de trasvasar experiencia y energía, sin afectar la identidad orgánica con el cambio, ni desechar el cambio con la simple permanencia veterana que, tarde o temprano, se extingue.

El error de no saber administrar esta ecuación dosificadamente, que ha probado su eficacia para garantizar la misma continuidad de naciones y culturas a través de muy largos períodos de tiempo, nos llevaría a los dramas del desencuentro y la ruptura; sea por una resistencia organizada de lo viejo, sea por un avance abrupto e irresponsable de un “partido de la juventud” que, aislado, resultaría un proyecto impracticable en la estrategia de largo plazo, la cual rechaza la suficiencia y la frivolidad.


La maduración de los procesos sociales

Las organizaciones sociales, cualquiera fuera su origen y finalidad específica, siempre se proyectan, de un modo u otro, al campo político, por ser éste en su integralidad el que define las decisiones fundamentales de la comunidad. En este aspecto, no hay ninguna organización, de ningún tipo y más allá de aquello que declare, que sea absolutamente “apolítica”. Sin embargo, esta proyección al poder público, aunque algunos la subestimen o sobrestimen, nunca es eficaz en un ciclo muy acelerado, porque necesita tiempo, hacia adentro como “preparación” y hacia fuera como “asimilación”, para completar su ciclo de madurez.

Esto pone a prueba el concepto político de “juventud” y afirma el de “generación”, que debe ir venciendo las resistencias al cambio al ritmo de la filosofía popular de su época. Esta maduración ayuda a discernir progresivamente las nuevas promociones y jerarquías orgánicas que, cuando quieren dirimirse de manera apresurada, precipitan luchas internas despiadadas y estériles para los frutos que se esperan de una renovación de la militancia (recordar la década del 70). Luego, resulta equivocada la óptica de un elitismo improcedente en los movimientos que, por su gran caudal participativo, no se reconocen en la divergencia inútil de supuestas vanguardias y retaguardias.

El futuro no surge de la nada, él se alimenta de los elementos nutrientes que existen en el presente, y que deben metabolizarse ante las nuevas circunstancias históricas, para recrear e innovar sobre los objetivos, métodos organizativos y formas de ejecución apropiadas. Por lo demás, una organización que pretende crecer y perdurar, no es una multitud de desconocidos entre sí, sin criterios coherentes, ni vínculos de contención y responsabilidad, sino un conjunto funcional de encuadramiento. De allí también la necesidad de doctrina, porque es imposible encuadrar girando vanamente sobre consignas superficiales y desarticuladas, o tomando como referentes a los personajes promovidos por el favoritismo, que carecen de formación sólida y trayectoria solidaria.


Perseverancia sin obstinación

La necesidad simultánea de capacitación y experiencia hace que los “formadores de cuadros” no provengan de un conocimiento limitado a lo académico. Sin perjuicio de su esfuerzo por estudiar y aprender constantemente, ellos surgen de su condición probada de “personas de acción”, con la virtud de que, además, tratan de convertir sus vivencias de la conducción en sabiduría objetiva transmisible a los nuevos cuadros, que pretenden lograr su propio ascendiente y prestigio.

La “perseverancia” es una virtud fundamental en el difícil esfuerzo de conducir, que exige impulso y firmeza hasta lograr los objetivos culminantes de un verdadero plan, sin improvisaciones ni vacilaciones. Así debe enseñarse, pero distinguiéndola claramente de la “obstinación” que es una falla capital porque no asume la responsabilidad de efectuar correcciones o modificar el rumbo cuando resulta imprescindible. Esta capacidad objetiva, que garantiza la continuidad orgánica por sobre toda vanidad, no disminuye sino exalta el coraje moral del liderazgo.


Los grandes conductores y estadistas que permanecen en la memoria de los pueblos, ofrecieron este ejemplo notable de pensamiento y voluntad, de teoría y práctica. Y supieron irradiar con pasión docente y palabra elocuente, los principios y criterios extraídos con agudeza y reflexión de la realidad, contribuyendo al cuerpo doctrinario universal del arte superior de la estrategia. Por esta razón, ellos se han ubicado para siempre en el corazón de todo liderazgo, y son seguidos, como Perón, más allá de sus obras concretas, como “filósofos de la acción”.


[1] Ver “Irigoyen y Perón” de Raúl Scalabrini Ortiz.

LA CRÍTICA CONSTRUCTIVA EN EL MÉTODO DE CORRECCIÓN MUTUA


La experiencia como fuente del saber

La interacción entre la historia y la política es demasiado evidente para tratar de definir el presente sin el aporte de la interpretación del pasado. Por el contrario, advertir las correlaciones estructurales entre el desenvolvimiento de una comunidad de identidad cultural, y los períodos propicios para consolidar grandes cambios sociales, confirma la fuerza movilizadora de unir con armonía memoria colectiva y esperanza, sin resentimiento ni ingenuidad.

Esta necesaria continuidad en el análisis de una trayectoria nacional permite captar el autentico carácter de cada época y el pensamiento directriz de todo un ciclo histórico, sin confundirlo con el impacto bastante efímero de las modas ideológicas sobrevaluadas. De esta manera, una actitud ecuánime hace posible asimilar las lecciones de los momentos culminantes que forjaron grandes victorias y derrotas, para no repetir los errores de la sucesión contrastante de posiciones extremas, que en las instancias aciagas nos condenan al retroceso o al estancamiento.

El saber humano no tiene mejor fuente de formación que la experiencia. En su largo proceso, el análisis crítico de la práctica, en todas nuestras actividades, constituye las teorías y las técnicas para orientarnos hacia mejores resultados. De allí surge la base para aplicar el criterio creativo a la permanente innovación metódica perfeccionando las formas de pensar, de decir y de hacer. Todo esto, obviamente, debe tener su correlato en el campo de la acción política y social, que es imprescindible para dar contexto general al conjunto.


La crítica como método, no como arma

En la elaboración del pensamiento conductor la crítica es un método de corrección mutua, dentro de un equipo con proyección organizativa. No es, por lo tanto, un arma de ataque, sino una herramienta racional para lograr resoluciones compartidas a efectos de una mayor validez en el ejercicio del liderazgo. Esto es imposible sin la creación de un clima de franqueza y de confianza promotor de un intercambio de ideas que, por otra parte, nace de la identidad con los objetivos fundamentales del proyecto común.

La libertad de expresar nuestra verdad, defendida en el seno de las estructuras orgánicas, y facilitada por la amistad, propende a la colaboración sincera y confluye en la coincidencia de una selección de las mejores propuestas. En este sentido, hay que considerar a los compañeros por su grado efectivo de idoneidad y compromiso político; y distinguir en ellos entre el elogio y la adulación, entre el respeto y la obsecuencia.

Con este criterio es factible reunir en torno de la conducción la pluralidad de los otros participantes, como unidad enriquecida por la diversidad de criterios encarada con honestidad. Por el contrario, la falta de dignidad personal implica un potencial de engaño y tergiversación de la realidad; con el agravante de ser la realidad el lugar donde habita concretamente la verdad en el arte de la estrategia.


La importancia de abrir espacios de consulta

De ahí también la importancia de que los conductores de todo nivel tengan la disposición y la habilidad de abrir alrededor suyo espacios de consulta franca, sin molestias ni represalias; porque cuando el sistema retrocede respecto al necesario ascendiente para ejercer el liderazgo orgánico, se provoca una “selección a la inversa” que va descartando a los mejores elementos. En cambio, la existencia de un clima de intercambio provechoso facilita la colaboración sincera entre quienes comparten lo esencial de los lineamientos principales.

Por lo demás, la democracia como sistema requiere, junto con una plataforma básica de igualdad colectiva en deberes y derechos, el reconocimiento al esfuerzo y al mérito personal para no confundir libertad con anomia y mediocridad. De igual modo, exige la preeminencia de una dirección espiritual y anímica, orientadora de la gestión conductora en sus aspectos técnicos y administrativos; porque más allá de la retórica a favor o en contra de las decisiones políticas y sociales, el alma de los pueblos “prueba la verdad” en los hechos que los afectan directamente.


Maestría de vida, no imposición ideológica

Quizás corresponda aclarar que la referencia reiterada al pensar filosófico, no entraña el tono de los profesores o los historiadores de la filosofía académica. Sin perjuicio de ello, la formación de los conductores y cuadros implica por sí una previa introspección reflexiva que, al formular una guía ética y una lógica de acción, impregna todas las actividades que realizan. Ella procura el diálogo desde y hacia el conocimiento, el sentimiento y la voluntad, en la medida de un equilibrio necesario entre escuchar y ser escuchado.

En este aspecto, el pensar con una matriz filosófica, y su correspondiente doctrina de acción, orienta la apreciación de situación tratando de realizar su aporte a la dilucidación de sus problemas. Ésta es una relación legítima del pensador y el predicador con capacidad docente, pero a condición de no confundir su rol incursionando en lo específico de la conducción interna de fuerzas orgánicas, porque este tipo de liderazgo tiene otras responsabilidades y procedimientos.

Una tarea es dar las herramientas necesarias, desde un núcleo de valores y principios, para facilitar la distinción entre lo verdadero y lo falso; y otra muy distinta es tratar de imponer determinadas decisiones con un dogmatismo cerrado e inaceptable. Dicho dogmatismo es particularmente dañino cuando se combina con dirigentes sin real experiencia[1].

La misión correcta del predicador, dentro de una concepción de “maestría de vida”, consiste en aportar elementos para que cada uno profundice su equilibrio interior, y el reconocimiento de sus propias posibilidades y limitaciones. Con este bagaje es más fácil superar las situaciones complejas, e irradiar a los demás la suficiente confianza para adherir a una mayor y mejor participación política o social.

Esta función pedagógica, construida sobre el afecto, implica ofrecer, en el estudio de las partes componentes de una coyuntura, la visión de conjunto que facilite articularlas entre sí. Condición ésta para extraer conclusiones operativas que trasciendan lo parcial y lo inmediato, logrando una conveniente amplitud estratégica.

El análisis político requiere categorías de pensamiento propias e integrales, no puede limitarse a las categorías sociológicas, ni a las categorías psicológicas. Cuando tal reduccionismo se aplica esquemáticamente a evaluar la conducción, se manifiesta la ineptitud de los seudo-analistas y “opinólogos” mediáticos para considerarla como un saber superior y creativo: el único indicado para producir un proceso de trasformaciones estructurales coherentes y sostenidas.

Centralización estratégica, no concentración política

De igual manera, el voluntarismo, la improvisación y el amiguismo que a veces se reúnen en la mesa de los dirigentes, desconocen los rudimentos del oficio de los estadistas y los estrategas que debería inspirarlos. Una misma realidad, vista con perspicacia desde distintos ángulos de enfoque puede motivar criterios diferentes, y sin embargo compatibles con un dirección conjunta apta para prever alternativas y variantes, cuestión que obliga a resignar todo exceso de subjetividad y egocentrismo.

Otra clave importante es no ceder a la tentación del rupturismo, o la provocación de “crisis artificiales”, autoinducidas por la falsa creencia en aprovechar su potencial emotivo para reforzar una determinada posición personal. Algo que no impide asumir con responsabilidad la respuesta consiguiente a los obstáculos reales que traban nuestra línea estratégica. En todos los casos, además, es importante no abrir frentes indiscriminados, ni hacerse gratuitamente de enemigos; como tampoco desaprovechar lo deseos de participación de muchos nuevos elementos frustrados por la resistencia implícita en mecanismos deformados por el favoritismo y la corrupción.


Elocuencia persuasiva, no retórica

La historia de los grandes movimientos reivindicativos demuestra que, paradójicamente, resulta más fácil enfrentar un orden social injusto desde el llano, que construir un orden social justo desde el poder. Esta segunda instancia, que es la decisiva, se dificulta por la lucha interna, el exceso de ambiciones y el sectarismo. Exige, por lo tanto, una gran firmeza espiritual y ética para conducir una permanente “evolución” social y económica, y no recaer en actitudes discrecionales con el argumento de la “revolución” imaginaria.

Hay, sin duda, un arte de hablar en público con capacidad persuasiva, que es una herramienta extraordinaria en manos de quienes emplean la técnica al servicio de la ética. Pero, cuando se transforma en retórica, por la utilización de artificios y apariencias, se convierte en un instrumento destructivo; lo cual se agrava cuando la oratoria de plaza pública se ha reemplazado por la ampliación escénica de los grandes aparatos mediáticos. La palabra elocuente, a diferencia de la palabra retórica, debe ejercer su vocación esclarecedora en forma directa, sencilla y franca, para consolidar la credibilidad del liderazgo.

Este es quizás el efecto político más destacable de la coherencia y ejemplo de la conducción, porque el progreso real no se alcanza ni con el impacto del discurso brillante, ni con la simple suma de desarrollos económicos sectoriales. Él exige la adhesión y participación más autentica y activa para un avance constante; porque el problema de conducir no termina con el logro de una legalidad de origen, sino que continúa con la legitimidad de fines y su eficacia, siempre contando con la defensa popular más sólida de las reivindicaciones conquistadas.

Precisamente, la evolución que requerimos no puede inventar la fuerza motriz que deviene de un proceso largo, complejo y anónimo, pero sí es posible estimularla en determinadas circunstancias. Ellas corresponden a los “momentos históricos” dominados por un espíritu mayoritario y contagioso que reclama cambios profundos, que es conveniente lograr por la vía pacifica, sin desconocer con realismo la generación de conflictos de intereses.




[1] Arturo Jauretche afirma que el auténtico método de la ciencia es el inductivo, que va del hecho a la teoría y no de la teoría al hecho. En ese camino cada uno debe someter su investigación a constante prueba, para desarrollar mejor su capacidad de observación y análisis. Ver “Enfoques para el estudio de la realidad nacional,” Edición ADIF, 2012.

miércoles, 1 de febrero de 2012

EL PENSAMIENTO PROPIO EN UN PROYECTO COMPARTIDO

La libertad en función de la verdad

Desde la cita bíblica que proclama la libertad del hombre en función de la verdad, pasando por los filósofos clásicos, hasta los grandes pensadores modernos y contemporáneos, el tema apasionante del pensar propio de los individuos en el seno de la comunidad, plantea los mayores desafíos en la constitución de las organizaciones políticas y sociales de todas las épocas y culturas del mundo. La importancia se acrecienta en los sistemas democráticos de gobierno, que confían su desarrollo institucional a una participación ciudadana cada vez más consciente y activa.

Analizar, aunque fuese brevemente, la sucesión de conceptos y definiciones que tratan de dilucidar esta relación de la razón para aproximarse a la verdad, con el derecho para proteger la libertad, nos introducirá de mejor manera en los conflictos que hoy mismo manifiestan la complejidad de la evolución comunitaria. Y que, en muchos casos, registra el contraste entre avances y retrocesos, especialmente en el área de la sofisticación mediática y sus mecanismos tecnológicos, evidentes u ocultos, de masificación y manipulación de la “opinión pública”.

Otras veces, este deslizamiento preocupante a formas económicas o políticas de arbitrariedad, aún en un esquema nominalmente democrático, ocurre por la suma menos perceptible de pequeños hechos, dichos y gestos que tienden, de un modo u otro, a reemplazar la disciplina voluntaria del ser comunitario por una obediencia automática. Ésta, sin embargo, no resiste al estallido de crisis por acumulación de presiones y reivindicaciones postergadas. Tal la caracterización de la actual transición del orden global, plagada de luchas y rebeliones que, en pocos tiempo, acaban con dirigentes y referentes que parecían eternos.

Existe, en consecuencia, una fragilidad institucional de la que ningún país está exento, aunque en cierta etapa el ciclo de un liderazgo autosuficiente parece sustituir a todo un sistema político inexistente o inoperante, por su incapacidad y fragmentación. Hay, por lo tanto, una necesidad imperiosa de abordar este núcleo temático con la perspectiva de la “previsión”, aún para aquellos que consideran que este tipo de reflexiones comportan la incomodidad de un mal augurio. Con tal fin anticipatorio, seguimos el axioma que dice que cuando un problema es pequeño se hace difícil de ver pero fácil de corregir, pero cuando aumenta aunque todos lo adviertan es difícil de solucionar.

La participación orgánica por actos decisorios

El desenlace de una situación vieja para trascender a una nueva, sea en la vida personal o comunitaria, implica tener el valor de asumir el riesgo de concretar actos decisorios en el momento oportuno. Es una transición significativa en nuestra realidad intransferible, que se manifiesta por un modo de comportamiento a la vez valiente y responsable, con el fin de defender los derechos inalienables que capta nuestra toma de conciencia, superando las vacilaciones que encarnan “el miedo a la libertad”.

Se trata entonces de agudizar nuestra conciencia para decidir nuestra conducta, como principio de la capacidad de autogobierno y condición imprescindible para influir legítimamente en la conducta de los otros, en una dinámica de convicción y persuasión, de ejemplo y emulación. Este empleo honesto de la capacidad personal para pensar y hacer pensar supera la mera obediencia producto de la ignorancia y predispone el ánimo hacia un ordenamiento inteligente y sólido, funcional al interés general. La búsqueda de la verdad, como hemos visto, nos otorga el privilegio de nuestra especie: la participación orgánica libremente elegida.

Es la confluencia equilibrada entre la voluntad personal y la integración a la organización política o social, que exige para su funcionamiento: unidad y solidaridad. La canalización de esta integración se realiza, desde luego, en la doctrina compartida por conductores y conducidos, prevaleciendo sobre la ecuación anacrónica mando-obediencia. Por consiguiente, con el respeto a los principios doctrinarios se mantiene la integridad de la singularidad personal, y se aceptan de conformidad distintos roles para servir un mismo objetivo, dando sentido amplio a una identidad institucional.

Queda así establecida la conducción correcta por persuasión, y la persuasión por la demostración de argumentos, más el don particular de saber convencer en la prédica o el debate. Paralelamente, resulta eliminada la dirección por imposición de voluntades no razonables y no dialogantes, que no atienden a la dignidad de la persona y su derecho a hablar, a reclamar o a aportar sus propias ideas en beneficio de la sociedad. Ello sólo se consigue progresivamente, con una actitud paciente y un proceso igualitario fundado en la educación, la capacitación y la información.

La adulación limita las perspectivas de análisis

La organización del diálogo en cada nivel de los encuadramientos, hará circular permanentemente la argumentación dinámica de la conducción a las bases y viceversa, sin limitar la “comunicación” al monólogo o la impartición de instrucciones. Tampoco es libertad la indiscreción, la hipocresía o la falta de cortesía hacia quien ejerce una autoridad necesaria y legítima; por eso el respeto mutuo asegura un estado de ánimo satisfactorio en el orden político, por las virtudes del ejercicio de la equidad y la justicia.

En todos los casos la adulación, que no es ni discreción ni cortesía, anula el servicio de apoyo o consejo a la línea de conducción, porque estrecha sus perspectivas de análisis y debilita su sentido de realidad, que es la base fundamental para tomar buenas decisiones. Ello destaca, en los órganos de asesoría, la importancia de funcionarios francos y claros que, llegado el momento, sepan asumir el costo de transmitir verdades poco gratas, ya que consentir el engaño por temor es aceptar la sumisión y sus humillaciones.

Para todos los ciudadanos la participación democrática, con esta exigencia de veracidad, empieza por reafirmar el sentido de pertenencia que proviene de su origen social y territorial, para ser fieles a la representación que otorga el desenvolvimiento nacional de un sistema político que se precie de tal. Éste necesita tomar cierta distancia de las modas políticas de circunstancia, para fortalecer la continuidad histórica y la raigambre local de las distintas estructuras y fuerzas que coexisten en el orden republicano

La cuestión es de sentido común, ante la necedad de negar la realidad de lo logrado en una gestión, o no aceptar aquello corregible o pendiente. Ambas negaciones llevan por igual a la inacción, que es lo contrario del liderazgo como arte pleno de ejecución. El absolutismo ideológico, pues, tarde o temprano se vuelve en contra del intelectualismo abstracto que lo proclama, desde cualquiera de sus extremos, porque los pueblos, en una instancia dada de su desarrollo cívico, son reacios a la insinuación totalitaria.

La comunidad política como experiencia

Desde el punto de vista de la comunidad como experiencia de vida y de acción, se trata de eludir las discusiones ociosas con conclusiones estériles tan caras a los “círculos ilustrados” pero inoperantes. Con esta economía de esfuerzo es posible privilegiar la posición de quienes trabajan y defienden la realidad social que integran. Así, es factible hacer confluir coherentemente la razón (logos) y el poder popular (polis), pensando y hablando con transparencia y efectividad para contribuir a establecer y mantener autoridades con reconocida idoneidad y prestigio.

La prudencia, en tanto virtud esencial de la conducción y sus auxiliares, tiene la ventaja de no discutir la teoría de los objetivos finales que en general se comparten y han sido refrendados por el resultado electoral; pero sí debate la selección de los mejores medios de acción para lograrlos. Esta función de excelencia acredita el máximo de libertad política y técnica para expresar ampliamente los criterios, a menudo originales y creativos, del pensar estratégico integrado en equipos de trabajo.

La facultad de la razón propia no incluye la llamada “verdad escéptica”, que evidencia una actitud destructiva, al carecer de esperanza y fe, sin cuya influencia espiritual es imposible imaginar proyectos y programas de transformación. Estos contenidos positivos denotan el poder político de las voces protagónicas, porque la palabra orientadora “hace y hace-hacer”. Luego, el pensamiento propio es eficaz en lo orgánico cuando se brinda como aporte confidencial y confiable; y hasta como crítica constructiva, cuando propone de buena fe las medidas concretas de corrección o complementación.

Interpretar para comprender conjugando humildad y firmeza

En esta época demasiado secular, las respuestas de la providencia a nuestras indagaciones existenciales no son explícitas. Por ello, gracias a la identidad cultural, plena de signos y simbolismos que se reflejan en la actitud sencilla de la gente, es posible ver y escuchar para interpretar y comprender cada coyuntura. Este carácter profundo de nuestra condición humana, implica siempre un “comprendernos” a nosotros mismos, para salvar con éxito las situaciones ambiguas que mezclan riesgo y oportunidad.

Es una aplicación del viejo refrán “ayúdate que Dios te ayudará”, y que se añade al referido en la primera parte con “lo cortés no quita lo valiente”. Dicho de otro modo, la conducción superior en cualquier estructura siempre tiene la palabra de autoridad, pero ella admite el intercambio de otras palabras a cargo, de aquellos que participan cualitativamente, a partir de un conocimiento experimentado que sustenta sus propias convicciones y trayectoria.

Es obvio que la discusión interna o externa no descarta la pugna por espacios de poder que es intrínseca al hecho político. Pero ese “juego” se canaliza en los márgenes normales del código democrático, donde puede haber hasta “rivales” enconados pero no “enemigos” mortales. Es más, en esta lucha muchas veces la verdad no surge del análisis mesurado, sino del choque de pasiones o ambiciones personales, aunque todo sea preferible a la instalación de una “falsa verdad” por obra del uso de la fuerza.

Sólo quienes se animan a convocar sin “medias verdades”, que se replican enseguida con “medias mentiras”, pueden esperar la lealtad y solidaridad de las bases, para asumir la responsabilidad de la línea política que ellas mismas comparten, aún en las circunstancias más difíciles. Tal ha sido la resistencia popular y el rescate multitudinario de los grandes líderes que encabezaron momentos épicos imborrables de nuestra historia, y lo hicieron sin perder presencia ante la adversidad.

Vocación de verdad y voluntad transformadora

Según se empeña en enseñar la historia, los defectos y faltas persistentes en la vida de la democracia inclinan su pasaje en el tiempo a la disyuntiva entre anarquía y represión, que equivalen a la doble muerte de la libertad. Ella se precipita, como hemos visto, cuando prevalece una masa amorfa sin organización popular, y cuando la acción social se diluye por falta de moral social. Advertencia que debe llevar a la sumatoria de vocación de verdad y voluntad transformadora, para no reducir el enunciado de la libertad a una pose meramente declamativa.

A tal fin, el pensar, el decir y el hacer tienen que unirse para convertir a la política, en el mejor sentido del concepto, en la “prueba de realidad de una filosofía y doctrina”. Por supuesto que no nos referimos a la política teórica ideal en contraste con la política práctica concreta, que se traduce en acción, tarea y trabajo. Una participación de este carácter, en la ocasión oportuna, puede ir relativizando el seguidísimo, el conformismo y el oportunismo exaltado en los momentos de éxito, que por su misma naturaleza son los primeros desertores en los momentos de dificultad.

La libertad de ser comulga con la libertad de hacer, configurando la necesidad de un compromiso de realización, porque nuestra forma de vida y de militancia son inseparables en su coherencia o incoherencia ética. Somos algo más que ciudadanos “independientes” que sólo concurren a los actos electorales y siguen la situación del país por los medios. Allí no se agota el sentimiento participativo que abarca la facultad de intervenir orgánicamente en las múltiples manifestaciones del desarrollo comunitario; y que debe considerar siempre a las personas de acuerdo a la exigencia que plantea su destino espiritual e histórico.

domingo, 16 de octubre de 2011

1945 - 17 de octubre - 2011


Un hecho clave en la formación de la conciencia nacional

El 17 de octubre de 1945 significa el hecho social más importante de nuestra historia, cuya trascendencia surge de acumular las luchas precursoras por la libertad y la justicia, y potenciarlas en una nueva categoría doctrinaria y política, sin parangón en la formación de la conciencia nacional. Movilización multitudinaria, de dimensión territorial, espontánea e inédita que, en la contundencia propia de su gran masividad, inhibió de raíz la represión violenta, constituyendo una gesta a la vez pacífica y revolucionaria.

En su crisol se unieron indisolublemente fuertes corrientes de las tradiciones épicas de todas las ideas políticas: el socialismo y su vanguardia en los reclamos de justicia social; el anarquismo y su gestación del primer sindicalismo; el yrigoyenismo y su intransigencia por las libertades civiles; el nacionalismo y su defensa de la soberanía argentina. Todas ellas tuvieron que decidir su destino ante la conjunción peronista. El socialismo, entre la vía partidocrática o la integración al movimiento popular. El anarquismo, entre un sindicalismo contra el estado o su concertación para el desarrollo nacional y social. El radicalismo, entre la Unión Democrática o su confluencia con el aporte de los contingentes obreros. El nacionalismo, entre su versión reaccionaria o el campo de la liberación.

El rescate del mayo de Moreno; el revisionismo histórico de Rosas y los caudillos federales; la reforma universitaria nacida en Córdoba; el movimiento latinoamericanista de Ugarte; el neutralismo de Yrigoyen; el laborismo del gremialismo incipiente. Todos estos contenidos estuvieron allí presentes con sus hechos, ideas, bases y dirigentes; cuyos nombres y acciones concretas verifican la existencia de un consenso amplio y elocuente, que aún mantiene su vigencia substancial más allá de sus matices y variantes comiciales.


El valor de la unidad de pensamiento y de acción


Muchas veces, ante las instancias álgidas de nuestra trayectoria semicolonial, el país hubo de polarizarse y dividirse, a veces por mitades, en número y fervor partidario, pero con la diferencia de una unidad constante de conducción sólo lograda por el movimiento. Fenómeno estratégico que excede el cálculo supuestamente “intelectual” de muchos ideólogos y “analistas” sociológicos o mediáticos. Esto confirma el liderazgo indiscutido de Perón, cuya figura de estadista no puede desvincularse de aquella jornada memorable, ni del logro palpable de los derechos sociales conquistados de una vez y para siempre.

El pueblo tomó su nombre como bandera para asumir por sí el rol protagónico más claro y visible de una larga epopeya, y esta vez fue custodiado por la línea nacional del ejército de San Martín y Dorrego, invirtiendo el carácter represor que, antes y después, le asignó la oligarquía obediente a las metrópolis dominantes. Protagonismo crucial que, en el marco de un cambio drástico del orden internacional por la II Guerra Mundial, combinó la reforma militar de 1943, la movilización social del campo y la ciudad de 1945 y la profunda renovación institucional de 1946, con las elecciones más libres de nuestra vida republicana, plagada de fraudes y proscripciones.

Nació así la teoría y la praxis de la comunidad organizada, para la realización armónica de la persona humana y de la sociedad; donde la libertad e iniciativa individual fue complementada con la libertad de decisión del pueblo en su conjunto. De esta comunidad, librada de la arbitrariedad y la incertidumbre por obra de la planificación concertada de los distintos intereses sociales, sólo quedarían recusados los extremos de la exclusión por derecha, y del clasismo sectario por izquierda.

Proyecto idealista y realista, orientado por el equilibrio de sus valores y principios constitutivos. Idealista, en la exaltación de una militancia por la justicia social y la promoción de la unión de los humildes frente a los poderes concentrados. Realista, en el sentido de proponer una solidaridad efectiva, basada en la gravitación práctica del interés social compartido. Una filosofía singular del trabajo, equidistante de los criterios economicistas del capitalismo y del comunismo que, a pesar de sus visiones opuestas, fueron incapaces por igual de ver al trabajo como bien cultural y organizador indispensable de la vida material y espiritual de la comunidad.


De la reconstrucción nacional a la independencia económica

La realización de la comunidad organizada, ayer como hoy, exigió el paso previo y monumental de la reconstrucción nacional, para la generación de una riqueza imprescindible, expoliada por los monopolios, a fin de imponer la justicia social en vez de repartir pobreza y miseria. En este aspecto, la década justicialista fue un aluvión de obras de infraestructura para el crecimiento y desarrollo, y un esfuerzo de vanguardia científica, tecnológica, educativa y de capacitación profesional y laboral, junto a la creación masiva de empleo genuino. Digamos, resumiendo, que muchos de sus grandes logros son “recuerdos del futuro”, porque indican todavía nuestras asignaturas pendientes.

Este esfuerzo extraordinario y múltiple de conducción superior, con la concurrencia de especialistas, planificadores y cuadros políticos y técnicos, descartó y descarta las consignas absurdas sobre la “autonomía de clase” de la izquierda internacional; que aún no aprende de la implosión soviética, el pragmatismo chino y la regresión del castrismo a formas evidentes de capitalismo, después de medio siglo de ensayos frustrados.


Hacia la democracia económica

En el pasaje de la reconstrucción a la autonomía posible, no a la utopía autárquica, el papel del Estado en sus tres niveles -nacional, provincial y municipal- es vital para crear las condiciones de despegue de un desarrollo integral y sostenido, impulsando la mayor participación respectiva en la cantidad y calidad de la producción. Porque sin producción no hay trabajo y sin trabajo no hay inclusión social ni desarrollo humano, en tanto la política de ayuda y subvenciones tiene el corto plazo del asistencialismo, además de sus deformaciones y prebendas.

Ahora falta, sin duda, la labor inteligente, selectiva y transparente de los operadores de las políticas públicas que deben consensuarse para la transición hacia una democracia económica, que representa la evolución de la justicia social, que es la acción reactiva ante la explotación laboral, a la equidad social, que es la acción proactiva tendiente a inaugurar un sistema de participación plena, para la distribución ecuánime de esfuerzos, estímulos y recompensas.

Entre otros propósitos, la democracia económica tiene el gran objetivo de corregir la distorsión existente, agravada por la codicia desmedida de las corporaciones, entre el avance tecnológico y la situación social. Es decir, entre el creciente “racionalismo” de los procedimientos técnicos aplicados a la concentración económica y la especulación financiera, y el “irracionalismo” del consumo superfluo y la agudización de las necesidades básicas, en el marco general de la angustia y el vacío existencial (adicciones, promiscuidad, violencia).


El nuevo desafío de los movimientos sociales

Si bien el pluralismo ha sido y seguirá siendo la vía principal del escenario democrático, no es menos cierto que la columna vertebral del campo nacional es el movimiento de los trabajadores; escoltado, de un modo u otro, por varias corrientes que pugnan por tierra, vivienda, apoyo cooperativo y distintas formas de propiedad social. La democracia económica, precisamente, pondrá a prueba la capacidad de todas estas formas orgánicas para pasar de factor de reclamo y presión, a factor de poder y participación en las decisiones nacionales.

Incluso, importantes dirigentes de la CGT se han pronunciado ya sobre estos temas anticipados como aportes de actualización y prédica doctrinaria, porque es el espíritu mismo del 17 de octubre proyectado en el tiempo para ser útil al porvenir con la construcción igualitaria de una prosperidad duradera. Así se ha hablado de “autocrítica sindical”, lo que consideramos fundamental para estar a la altura de las nuevas exigencias de un cambio necesario, que tiene que operarse paulatina pero irreversiblemente, para lograr la coherencia indispensable entre realidad social, valores comunitarios y práctica militante.

En el plano político, que nos incumbe a todos, el legado del 17 de octubre se une al mensaje fraterno del histórico regreso de Perón el 17 de noviembre de 1972: “para un argentino no debe haber nada mejor que otro argentino”; y al abrazo con sus viejos adversarios para inaugurar la etapa, interrumpida a su muerte por la dictadura, de la concertación programática. Esta es la herencia que nos impulsa a superar los prejuicios y las falsas antinomias, para actuar con éxito en la visión preclara del continentalismo regional (Mercosur-Unasur).

Hoy, con la seguridad que otorga la resistencia cultural del peronismo a los intentos del resignificarlo con el modelo neoliberal o marxista, se abre la instancia de sus nuevas realizaciones como frente de liberación, inmune a todo sectarismo, aislamiento o confrontación innecesaria. Porque la enseñanza principal de nuestra escuela de liderazgo, exige que los grandes triunfos políticos y electorales con vocación histórica se proyecten estratégicamente en un imperativo de unidad nacional.



sábado, 27 de agosto de 2011

EL GRADUALISMO ESTRATÉGICO EQUIDISTANTE DE LOS EXTREMOS

El equilibrio del sistema de conducción

Los conductores clásicos decían que “el momento más difícil es el de la victoria”, porque en esa instancia inicialmente plena de incertidumbre, pueden producirse confusiones y reacciones imprevistas que afectan el equilibrio del sistema de comando. No es difícil comprender este axioma que parece paradójico, si se recuerda que a los fines de largo plazo de la estrategia, el triunfo no es una mera suma de éxitos sino una progresión de misiones cumplidas; es decir: una continuidad de acciones detrás de una sucesión de objetivos cada vez más cualitativos y profundos.

Obviamente, nos referimos a la estrategia política, con los métodos que corresponden al liderazgo civil, pero que -de todas maneras- juega su suerte en el empleo de una fuerza organizada, que debe moverse ordenadamente con un despliegue de encuadramientos tácticos. Luego, hay que evitar las conductas contradictorias de ciertos referentes que tienden al triunfalismo, desarmando la voluntad de perseverar con que hay que encarar las tareas pendientes. En este sentido, sin dejar de celebrar lo conveniente, hay que saber que el mejor festejo es la preparación adecuada del próximo encuentro.

Otro problema es el oportunismo político, deseoso de pasarse demasiado rápido de bando, sin conservar principios ni lealtades, lo cual no es augurio de adhesión positiva. O, en el ángulo opuesto de ese mismo defecto, el adversario insidioso que, con sofismas y argucias, no reconoce su derrota ante una propuesta y una conducción superiores, y reparte críticas y difamaciones sin cuestionarse para nada su pobreza de ideas y escasas aptitudes.

Completa el cuadro la presencia en ambos campos de los partidarios del enfrentamiento ideológico, profiriendo juicios descalificadores con el remanido argumento de “agudizar las contradicciones” de la situación, sin considerar el absoluto rechazo de las posiciones extremas expresado en el sufragio de las mayorías ciudadanas. Ellas han ejercido el deber y el derecho del poder electoral, para afirmar con claridad su opción por la vía pacífica entre diversas postulaciones y programas. Éste es el aspecto que nos interesa ahondar, no bajo un prisma periodístico de los que abundan versiones superficiales, sino mediante reflexiones de naturaleza doctrinaria para compartir con cuadros de militancia y compromiso comunitario.

El gradualismo estratégico en función social

La experiencia histórica insiste en señalar el despropósito de la violencia, en cualquiera de sus formas, para asegurar las metas de un modelo forzado contra la voluntad popular; tanto como, por el contrario, encomia el sostener lo obtenido por obra de la participación política y social. Para ello es clave que la conducción perciba el sentido del ciclo histórico que encarna, y sepa transmitir como se ha de interpretarlo y hacerlo comprensible para realizarlo en las circunstancias concretas.

Perón se cansó de repetir, con motivo de su esperado regreso, que “el tiempo y la evolución” eran factores preferibles al caos y a las pérdidas de una lucha fratricida. Afirmación de estadista que no implica desconocer las reivindicaciones pendientes, ni los intereses que se oponen a la equidad y a la justicia; pero que sí destaca, ante el peligro de los extremos beligerantes, la alternativa válida del gradualismo estratégico en función social.

Sin embargo el gradualismo no ocurre porque sí, sino por medio de una serie de condiciones que nos proponemos describir, como requisitos de su implementación acertada. Ante todo, hace falta una gran formación y constancia para llevarlo a cabo, habiendo transitado etapas anteriores de vacíos y decadencias en la movilización del país, y soportando una coyuntura internacional adversa. Más allá del mérito personal de los dirigentes y predicadores portadores de una matriz conceptual sólida, ésta sólo se reconoce y prospera cuando el proceso popular, según su propio ritmo de maduración, siente que interpreta sus necesidades y aspiraciones.

Recién en ese momento, que podríamos llamar fundacional, se une el ideal con la acción, produciendo una transformación efectiva de la realidad, y superando la precarización de los partidismos meramente proselitistas, incapaces de entusiasmar a nadie que no fuesen los beneficiarios de prebendas. El surgimiento de un nuevo liderazgo, en cambio, siempre potencia un conjunto de movimientos sociales con empuje reivindicativo en el seno de una comunidad en crisis de transformación.

Perfil del liderazgo propio de la etapa institucional

A favor de décadas de resistencia y de lucha, la expectativa histórica de una etapa revolucionaria ha cedido su lugar a una etapa institucional, donde las realizaciones pendientes habrán de alcanzarse por la evolución canalizada en reformas dentro del ordenamiento legal; y cuando corresponda, con la actualización debida del Derecho Social. Consecuentemente, se han desplazado del sustento ciudadano las visiones catastróficas de la oposición cerril, y la impostación dogmática que es su equivalente inverso en la línea de contacto, hecho evidenciado en el resultado comicial. Éste no ha sido producto de un pragmatismo exagerado centrado en un voto de conveniencia, como algunos lo han pretendido subestimar, sino una conclusión del sentido realista del pueblo frente a las distorsiones ideológicas y mediáticas que se realimentan mutuamente.

Surge así una valoración ética y política de la participación comunitaria en el nivel nacional, provincial y municipal, que ha registrado respuestas electorales reflexivas y diferenciadas. Se impone, entonces, un estudio del perfil de liderazgo que exigen estas nuevas circunstancias, trascendiendo los comentarios banales que se han demorado en los planos personales, y aún privados, de los candidatos, sin comparar los rasgos adecuados del tipo de conducción apropiado. Porque, en tanto sistema organizado, éste tiene que manifestarse claramente con técnicas, métodos e instrumentos que aquilaten la práctica de un estilo compatible a su alta función.

Es indudable que ante el espejo del liderazgo, máxime si éste posee dotes carismáticas, se refleje siempre la polarización social de los sentimientos primordiales de amor y odio. Por eso la buena conducción debe tratar de prevenirse de ambos, para no alentar el fuego cruzado, al menos, de las reacciones más irracionales. Un ejercicio espiritual y psicológico bastante arduo, pero indispensable para progresar del hábito caudillista de las relaciones de dominio, al comportamiento democrático de las relaciones persuasivas. Círculo virtuoso que se completa con la paciencia de saber escuchar, el aprovechamiento de la crítica constructiva y el asesoramiento de excelencia.

Hemos visto el espectáculo lamentable de referentes derrotados que no dan la cara o abandonan a su dirigidos en medio del contraste. Lo han hecho pretextando una “ética de convicciones” basada en principios declamados en una estéril trayectoria. Sin embargo, es una ocasión para aprender que, en estrategia, lo principal es una “ética de responsabilidades” basada en los efectos causados por el accionar dirigente; ya que la calidad del liderazgo se mide por la consecuencia de sus resultados y la entereza para asumirlos en cualquier situación.

El alcance operativo de las iniciativas estratégicas

La estrategia es un arte-ciencia que exige la seriedad de un ejercicio profesional, donde al conocimiento de sus reglas y procedimientos hay que adjuntar habilidad, creatividad y cierto grado de especialización, lo cual incluye un buen equipo de trabajo. Tal conjunto de exigencias descarta las mentalidades mediocres, rutinarias o improvisadas; así como también las salidas temerarias o desproporcionadas respecto al balance de fines y medios que regula el sabio criterio de economía de esfuerzo.

En el campo político, el cálculo preciso de la rentabilidad de las acciones implica la contención del alcance operativo de las iniciativas estratégicas, lo cual destaca muchas veces el valor del gradualismo, que ya anticipamos, frente a la desmesura de los ideólogos sin obligación ni experiencia de conducción. De todas maneras, lo esencial del gradualismo es el logro pautado de metas escalonadas, pero irreversibles, capaces de sostenerse ante cualquier contingencia por el avance paso a paso de la participación popular que impide el retroceso.

Este es el concepto que señala, por ejemplo, la importancia del diálogo político y social, con el mecanismo de la concertación respectiva, que significa que el liderazgo está dispuesto a exponer y no a imponer sus ideas, del mismo modo que está abierto a recibir sugerencias y propuestas capaces de enriquecer la perspectiva general de desarrollo. Del clima de diálogo, en la mesa con los referentes del arco representativo del país, o del distrito en cuestión, saldrán los ejes a institucionalizar en la concertación legislativa para las políticas de Estado, y en la concertación económico-social con los gremios empresariales y de trabajadores; instancias a detallar en la continuidad del tema.

Los intereses develados ante el exámen del bien común

El discurso, la discusión y el debate de los puntos cruciales de una coincidencia programática requerida por la razón compartida, abarca ópticas distintas y aún contrapuestas, exigiendo la mayor y más auténtica libertad de expresión individual, sectorial y pública. Un proceso amplio de involucramiento y compromiso que, al mismo tiempo que respeta la órbita de la autoridad institucional, evita toda posibilidad de autoritarismo, fortaleciendo la estabilidad y sincerando los intereses particulares en pugna ante el exámen del bien común.

Para realizar este exámen democráticamente, es necesario resaltar el valor del análisis y la reflexión ciudadana, fuera de toda imposición informativa, dada la intermediación parcializada que efectúa el poder mediático respecto de las relaciones humanas y sociales. Este fenómeno complejo asociado al poder económico especulativo, y que acabó con el estilo de la otrora “prensa independiente”, es más revelante que nunca por la crisis de representatividad de los partidos políticos y la influencia creciente de las corporaciones transnacionales.

Por esta razón es imprescindible poner en pleno funcionamiento las disposiciones de la nueva legislación sobre medios, para garantizar una verdadera libertad de expresión sin monopolios privados ni censura estatal, puesto que la manipulación es perniciosa en cualquier extremo. En el centro de esta apertura a la comunicación de la comunidad, debe promoverse la difusión más abarcadora posible de nuevas voces, provenientes de organizaciones autogestionadas de todo tipo, que hasta ayer tenían negado o dificultado el acceso a esta herramienta poderosa de participación social.

LA RAZÓN POPULISTA O LA RAZÓN POPULAR

Precariedad política o movimiento orgánico

En el movimiento nacional, que en la Argentina tiene nombre propio, el todo no es la mera suma de sus partes; porque este concepto cuantitativo, más adecuado a una cosa mecánica, implicaría negar el núcleo cualitativo que se eleva a una categoría espiritual y estratégica. No es entonces algo inerte, con fines parcelados y autónomos de su razón de ser principal, sino un todo orgánico, cuya matriz doctrinaria común hace converger al conjunto sobre sus grandes objetivos de soberanía, libertad y justicia.

Esta comunidad de cultura política, económica y social, forjada en la sucesión de ciclos evolutivos y revolucionarios, según las etapas históricas transcurridas, no sólo coordina sus sectores funcionales, sino que sabe establecer un nexo de relaciones y aportes que se intercambian provechosamente. Es un centro intangible que concentra energías desde la base para el autodesarrollo de estructuras, líneas operativas y franjas de conducción. Su propia subsistencia demuestra la fortaleza intrínseca de sus valores orgánicos, que vencieron al tiempo pasando las pruebas impuestas por los errores, desvíos y deserciones de algunos dirigentes.

Fuera de esta unidad voluntaria y consciente, cuya esencia es inmune a la represión o a la prebenda, las partes no tienen destino, al menos en la calidad que se postula. El componente político se diluiría en el tráfico de influencias de la democracia formal; el sindicalismo se reduciría a un gremialismo reivindicativo sin proyección de poder; sus pensadores y técnicos se encerrarían en círculos discursivos de retóricas estériles; y sus jóvenes se quedarían en el activismo sin alcanzar la capacitación que sólo brinda la experiencia del intercambio generacional.

Esta hipotética desarticulación del movimiento no figura aquí gratuitamente. Por el contrario, es la tesis central de los teóricos del “”progresismo” que, en vez de proponerse actualizar y perfeccionar el movimiento usufructuado en el acceso electoral, plantean la inserción de sus partes aisladas reconvertidas con otras en una nueva fuerza. Peronismo, radicalismo, socialismo y desarrollismo, no en un frente abarcador con coherencia superior a lo existente, sino en una aleación de discurso y tono regresivo porque propugna directamente el “populismo”, como forma precaria de la conciencia política de las grandes mayorías.

Progresismo intelectual o progreso social

Progreso es una noción normativa que define el avance hacia algo mejor, aunque dando por sentado que tal proceso no es lineal ni absoluto; ya que se relativiza constantemente en el cambiante balance social de aspiraciones y logros. Esto sanciona a quienes juzgan el presente sin una relación reflexiva con el pasado y una aproximación seria al futuro. Repiten el error cometido al tratar de desagregar ficticiamente las estructuras moldeadas por la evolución, porque el progreso no es el discurso de la razón individual sin voluntad de acción, sino una historia colectiva de esfuerzos y luchas.

Las organizaciones sociales, en tanto pugnan sin cesar por el progreso, siempre están en estado crítico, porque sus decisiones se abren paso entre lo necesario y lo posible, como flancos vulnerables que comprometen su existencia: porque en política -como se sabe- lo que no es factible es falso. Por eso es poco útil la actividad intelectual que busca una relación “estética” con la “verdad”, en vez de pensar con humildad para percibir la realidad y contraer un compromiso cierto, desde un lugar localizable en el despliegue de fuerzas, a fin de hacer un camino compartido al andar.

Hay mucho trabajo auténticamente inteligente para quienes disponen de una formación académica o técnica, y superen el molde rígido de las ideas “puras” y los sistemas ideológicos cerrados, sin carga humana ni comprensión de los rasgos contrapuestos de nuestra idiosincrasia cultural. Es justamente allí donde se prueban las doctrinas que abren perspectivas al compromiso y la participación de la mayor cantidad de ciudadanos que, por su parte, van abandonado el exceso de individualismo e indiferencia para ingresar en la práctica social de las relaciones comunitarias.

Este empeño por aumentar el conocimiento auténtico, y con él la conciencia política, y con ella la voluntad por lo social, debe ir acompañada de la resolución de abandonar el “clasismo” contradictorio propio de los círculos áulicos de la pequeña burguesía; porque estos cenáculos y sus producción mediática, al desdeñar las organizaciones sociales que integran el movimiento nacional, postulan una suerte de “anarquismo” superficial, que hace el juego a la reacción de los grandes grupos de poder.

Triunfalismo pasivo o esfuerzo continuado

Quienes componen por su profesión los sectores medios de nuestra comunidad, como formación económico-social de la etapa actual de nuestro desarrollo, no ocupan obviamente una posición de cuño independiente. La historia demuestra que dichos sectores, intermedios en la ecuación productiva, se vuelcan hacia uno u otro lado de la polarización política entre lo nacional y lo liberal. Por dicha causa, que suele inclinar la balanza en algunos momentos decisivos, deben reflexionar sobre cuál es la ubicación que les permitiría un mayor despliegue y utilidad de su capacidad creadora.

En nuestra opinión, la opción liberal o neoliberal estimula un “intelectualismo” y un “racionalismo” unilateral, propenso al esquema de dominación alentado por formas tecnocráticas supuestamente antipolíticas. En cambio, la opción nacional, propende al estudio profundo de los complejos fenómenos de la realidad, en un país que ansía liberase de la dependencia. Esta es la vía de aproximación a las capas populares y a los trabajadores, necesitados de un aporte fructífero para saltar de claridad en sus niveles de desenvolvimiento político e información sociocultural.

A diferencia del populismo, el proyecto nacional postula y requiere el desarrollo integral de la persona humana, más allá de su función estrictamente profesional y laboral. Es un proyecto, impulsado por toda una filosofía de vida que, sin bien parte de la dignidad insoslayable del trabajo, sostiene un ideal de realización individual y colectiva, basado plenamente en la solidaridad, el compañerismo y la convivencia, que son valores inherentes al humanismo comunitario.

Volvemos así a prevenir un problema de identidad política, porque ella no es algo abstracto, ni está fuera de las diferencias y contradicciones contenidas en los grandes movimientos. Esta dinámica debe entenderse con la justa comprensión de las condiciones reinantes en cada momento de la lucha del pueblo.

Para canalizar correctamente estas contradicciones, que sin embargo son la fuente motriz de nuestra movilización permanente, hay que guiar el trazado de la línea operativa sumando y no restando adhesión y participación. En contra de este axioma de la buena conducción actúan, valga reiterarlo, el sectarismo y el clasismo, la suficiencia y la prepotencia, y el triunfalismo nefasto que desmotiva lo propio y aglutina al adversario.

Ambición individual o aspiración compartida

Llegamos así al tema crucial de la conducción, donde, además de la doctrina y la organización, tiene un rol relevante el don del liderazgo que, en todos los niveles, debe promover el éxito del esfuerzo acumulado. Esto significa que la “unidad de concepción”, dada por la congruencia de ideas y sentimientos constitutivos de la convocatoria y aglutinación del movimiento, debe culminar en una “unidad de acción”, sin divisionismo ni interferencias, gracias al acierto de las orientaciones persuasivas emanadas de su legítima autoridad.

En consecuencia, para que el liderazgo no represente el resultado destructivo de la ambición desmedida, precisamos considerarlo y realizarlo como producto de una práctica compartida; o sea: coordinando todos sus componentes en un completo sistema de conducción, cuya selección y control democrático pertenecen naturalmente a las bases y al encuadramiento territorial. Esto hace indispensable una enorme tarea de formación en valores y de capacitación en técnicas y habilidades metodológicas, para superar la instancia primaria del espontaneísmo y la improvisación, que al final se pagan caro.

Lamentablemente, vemos que esta tarea, tan vital como discreta, no se cumple de modo suficiente para elevar la calidad y selección de los dirigentes, siendo opacada por los recursos aplicados a la concepción de la política como espectáculo. En cambio, cuando las cosas se hacen bien, cuestión de la que tenemos clara memoria, se avanza por ejes convergentes: con la formación doctrinaria y técnica, la línea de cuadros militantes y el apoyo de los organismos de propaganda; sin confundir ni omitir ninguno de los distintos planos de acción que verifican la multiplicidad del movimiento.

Finalmente, es clave el rol de la conducción superior encargada de unir tal dispositivo, que exige un gran esfuerzo que demanda la asistencia de un asesoramiento tipo “Estado Mayor”. La experiencia indica la validez universal de estos equipos de excelencia, que no rehuyen ni los dirigentes de las potencias ni lo ejecutivos de las corporaciones.

Sucede que la complejidad actual del arte de gobernar excede la buena voluntad, cuando no el aporte impreciso, de los famosos entornos. En este aspecto, la paradoja estratégica de un movimiento multitudinario es que, si bien él unicamente funciona con un liderazgo definido, requiere a la vez una actitud prudente y abierta para oxigenar sus propuestas, distinguiendo entre la obediencia efímera y la lealtad a un proyecto histórico que nos trasciende a todos.

LA ACCIÓN EFECTIVA DEL INTERÉS SOCIAL COMPARTIDO

La decisión de tener un destino

Se suele llamar destino a la trayectoria que une existencia y significado; porque define el transcurrir de una vida intensa, con una razón que la fundamenta y una causa que la justifica. Una manera concreta de adquirir este significado es la participación social en la vida comunitaria, a condición de no incurrir en las malas prácticas de la baja política; porque sólo la vocación sincera por grandes ideales da sentido cierto a la militancia solidaria.

Participar con la categoría verdadera de ser militante requiere tener libertad de iniciativa e impulso para incluir, con humildad y decisión, la propia posición en el futuro histórico de la comunidad, que se define en un complejo cruzamiento ideológico de perspectivas personales y grupales. Para ello, hay que partir de los arquetipos fundadores de la nacionalidad, a fin de sentir la influencia nutriente de nuestras raíces; sin perjuicio de redimir aquellos aspectos del pasado que enjuiciamos negativamente, convirtiendo así el presente en el inicio compartido de una trayectoria superadora.

Los hechos históricos se actualizan y perduran confluyendo con las innovaciones de la actualidad. Por eso, no se debe perder nunca la fe en el progreso social y, con ese espíritu, trabajar por la renovación ética y política que es imprescindible para retomar una historia común, con esperanza y entusiasmo. Es una resolución de un instante, de un momento de decisión, pero que está conectado con los ciclos prolongados de las grandes causas, por lo cual luego constituye un compromiso que demanda continuidad y constancia.

Para que la vida continúe con la energía moral que requiere afirmarla e intensificarla, y no sólo sobrevivir sin destino, es necesario descartar la debilidad que impone el nihilismo: porque él significa la pérdida de toda valoración de la existencia, y el extravío de toda guía orientadora en el mundo que nos rodea. Es la alternativa negada de la actitud pasiva o depresiva de aquellos seres indolentes respecto de la construcción moral y material del país, o indiferentes a causa de la corrupción e ineptitud de algunos dirigentes.

En la evidencia interior que funda la toma de conciencia, hay que saber reconocer y respetar los valores que siempre están detrás de los razonamientos y las explicaciones; porque ellos surgen directamente de exigencias imperativas para preservar la vida del individuo y de la sociedad. La comprensión de estos valores, que devienen principios y reglas para la realización personal y colectiva, lleva naturalmente a sentir la obligación de actuar y de hacer; y también a la necesidad de integrar una fuerza orgánica capaz de contener y sostener las expectativas que genera.

Expectativas de justicia, no de venganza, porque la venganza continúa el círculo vicioso de la injusticia. Expectativas de apertura, porque el absolutismo ciega. Expectativas de igualdad, porque nada ni nadie debe estar por encima de la ley. Expectativas de progreso, porque es absurdo y cruel mantener los mecanismo de una economía restringida que acumula riquezas en una minoría especulativa y excluyente.

La participación en actitud protagónica

Ser parte de una sociedad exige inscribirse en el juego múltiple de relaciones entre las personas que en ella se agrupan. Implica el entramado de articulaciones de todo tipo, que van desde el recorrido más o menos anónimo de espacios comunes, hasta vinculaciones definidas por motivos laborales, vecinales, culturales y aún los propios de la esfera pública. La participación, precisamente, implica una actitud protagónica, que da mayor profundidad al sentido y sentimiento de la vida, de modo inverso al despilfarro de posibilidades que determina el aislamiento y la apatía.

Por consiguiente, la simple agregación de quienes habitan una geografía particular no crea una sociedad. Ella se conforma gradualmente en el tiempo, al adquirir los caracteres progresivos de su identidad cultural, y al elaborar los rasgos normativos de una unidad sólida e integradora. Así se establecen las formas institucionales que tienden a encausar las tensiones que siempre aparecen por el logro de la supremacía entre sus distintos sectores, porque es insoslayable consolidar un ordenamiento coherente para evitar la división y la anarquía.

La realidad de la condición humana se manifiesta, como hecho probado en todas las épocas, en la persistencia de sus conflictos de organización y de poder, lo cual lejos de disimularse o exagerarse, con visiones ingenuas o perversas que niegan por igual su categoría histórica, enfatiza la necesidad de la conducción prudente y persuasiva. Ella descarta el fatalismo de la confrontación total y permanente, por la búsqueda de coincidencias básicas tras objetivos y metas específicas de bien común.

Resumimos así una serie de postulaciones indispensables para evolucionar como sociedad civil moderna y organización estatal soberana. El derecho a la libertad, con el deber de sostenerla por la participación responsable y la tolerancia. El derecho a la normalidad institucional, con la defensa de la unión nacional y el orden constitucional. El derecho a la paz interna, por el ejercicio del diálogo y el logro de niveles crecientes de concertación política, económica y social.

La organización social con eficacia

La razón se constituye por la voluntad de saber, aplicando nuestra capacidad inteligente a la búsqueda y comprensión de la verdad. Es la autoconciencia del “darse cuenta” con que logramos conocimientos fundamentales para la vida en comunidad. Sin pretender la verdad absoluta que propugna el dogmatismo y el fundamentalismo, hay un camino práctico para aportar “nuestra verdad”: no querer engañarse, no querer engañar y no querer ser engañado, luchando simultáneamente contra el conformismo, la manipulación y la ingenuidad.

En la acción social la verdad se vincula directamente a la realidad. El axioma “la única verdad es la realidad” recusa la retórica artificiosa y la falsa apariencia que inducen la involución cultural de la sociedad. Pero la realidad no es estática, sino que se transforma con las acciones que se realizan para modificarla; situación que define “la realidad efectiva”, que es la definición que destaca la producción y la acumulación de efectos de cambio sobre la sociedad.

La dimensión del esfuerzo exigido para obtener resultados reales en el campo de la solidaridad, lleva racionalmente a considerar la insuficiencia de la participación como hecho individual y, por ende, a la necesidad de la participación como hecho colectivo, configurando la parte correspondiente del “nosotros social”. Aparece aquí el concepto de organización, cuya importancia en el aspecto teórico y técnico del pensamiento social le confiere categoría filosófica, al condenar la improvisación de procedimientos con la excusa del pragmatismo.

La construcción que responde al “arte de organizar” otorga permanencia y eficiencia al agrupamiento interactivo de quienes están juntos para hacer una tarea en común. Una tarea que se basa en el desarrollo integral del principio de unión y de unidad, ordenando y potenciando todas sus formas y modos de acción (sindicalismo, cooperativismo, mutualismo, etc).

La comunidad solidaria

La solidaridad se verifica con la ejecución práctica en el terreno, donde la sociedad, en sus diversas manifestaciones, puede postular y desplegar sus potencialidades de acción. En lo concreto, la participación surge inicialmente de grupos homogéneos respecto a su ubicación social, laboral o territorial, donde es más fácil identificarse en un “espíritu de cuerpo” para llevar a cabo un trabajo de equipo. De esta manera, el idealismo de la lucha por la dignidad y la autodeterminación, se conjuga con el realismo de los propósitos perseguidos legítimamente por cada sector.

Ahora, la construcción amplia de la comunidad demanda avanzar hacia un nivel más incluyente, donde lo homogéneo debe servir a lo heterogéneo y lo corporativo tiene que abrirse al conjunto como resolución dinámica de toda tendencia purista o sectaria. Por consiguiente, las diferencias son incorporadas desde esta perspectiva abarcadora, como matices enriquecedores del eje principal de la actividad orgánica, sumando nuevos contingentes con sus propias ideas y metodologías, sin debilitar la convergencia que es clave para el éxito.

En línea con este objetivo superior, es natural imaginar la posibilidad de un modelo de confluencia de todas las iniciativas y movimientos sociales. Este modelo, en principio, parte del valor supremo de la libertad, pero no en el sentido del liberalismo que consagra el individualismo absoluto a expensas de la equidad. De igual modo, del valor de la vida colectiva, pero no al precio del totalitarismo que deshumaniza y masifica. El equilibrio, entonces, entre los extremos del individualismo y el colectivismo es la comunidad organizada solidariamente, para la vigencia armónica de la libertad responsable y la justicia social.

Amalgamar idealismo y realismo

La comunidad, conviene precisarlo, es una forma definida de la organización del pueblo que, por su intensa “acción reciproca”, supera de algún modo el concepto más laxo de sociedad civil. Presupone una mayor intercomunicación e integración de conjunto para alcanzar fines trascendentes, aprendiendo a compartir sin dividir por la generación de compartimentos rígidos. Como tal, requiere un alto espíritu de colaboración y supervisión social para aumentar proporcionalmente la producción y la distribución de bienes culturales y materiales.

Asimismo, la noción de solidaridad agrega la exigencia de “coherencia interna” e interdependencia, que afecta y compromete por igual a cada integrante de la comunidad por el total de sus avances y retrocesos. Significa que no se actúa allí por generosidad como virtud moral individual, sino por la motivación del interés compartido entre todos como virtud social. En consecuencia, la comunidad solidaria, al amalgamar la vocación de corregir las carencias sociales, con el realismo del beneficio mutuo, supera el mero “voluntarismo” que trata de apoyar a los sectores excluidos, pero sin una acción transformadora. Y también, se distingue del “progresismo”, en tanto éste se limita a una pose intelectual sin fuerza orgánica para revertir los casos precisos de injusticia social.

Para finalizar, digamos que así como no hay desarrollo social sin organización social, no hay organización social sin liderazgo solidario. Es decir, sin un sistema de conducción extendido a miles de cuadros con verdadera capacidad y arraigo. Ellos tienen la función ineludible de garantizar los lineamientos éticos y la eficacia ejecutiva de los programas aplicados en la base, para lograr con la convicción y colaboración de sus equipos, una construcción comunitaria válida y permanente.