viernes, 4 de septiembre de 2009

I. Un ataque directo a la UNASUR que prueba su importancia.


La remilitarización de la presencia continental estadounidense


La decisión estadounidense de ampliar su presencia en Colombia a varias bases militares de este país, con el consentimiento de Álvaro Uribe, ofrece un punto panorámico para comprender el avance realizado por la primera potencia global y hemisférica, en los términos de una remilitarización de su influencia sobre América Latina. Obviamente, tal hecho tiene poco que ver con las declaraciones del presidente del país hermano, que ha efectuado una gira extenuante a nivel suramericano, excusando esta cesión práctica de soberanía nacional, con el argumento de la lucha contra el narcotráfico y la guerrilla, contradiciendo sus propias manifestaciones de éxito en ese teatro de operaciones.

La realidad es otra y, como lo hemos venido señalando reiteradamente, responde a una estrategia del ala extrema del Pentágono que, en las postrimerías de la administración Bush, repotenció sus tesis militaristas, llamadas así por los analistas norteamericanos que critican la sustitución de la diplomacia civil por la “diplomacia” militar; y la primacía perpetua de la concepción bélica sobre la política, en el delicado juego de las relaciones exteriores.

En rigor, y más precisamente, nuestra región ni siquiera es objeto de la conducción exterior imperial, sino de la conducción interior, lo que atestigua la actividad del general (r) James Jones, Consejero de Seguridad Nacional de EE.UU., quien viajó a Brasilia para tratar de convencer a Lula de que no es cierto lo obvio: porque el objetivo ulterior de esta maniobra está representando por el espacio geopolítico pleno de recursos naturales de la Amazonía.

Para completar la escena, veamos como se ha militarizado inconvenientemente la lucha contra el narcotráfico en México, en “una guerra perdida de antemano”, según académicos de Washington, debido a tres razones fundamentales: la masa de adictos norteamericanos que crece; la venta de armas a los sicarios; y el tráfico de dinero ilegal; cuestiones todas que nadie en EE.UU., como se ha dicho explícitamente, está dispuesto a interferir desde el Norte.

Por último, el reciente golpe militar en Honduras, señala el posible inicio de un nuevo ciclo de intervenciones a gobiernos democráticos sospechados de intentar una mayor autonomía en la región. Porque es imposible imaginar que esta acción, de las Fuerzas Armadas más cercanas al Pentágono, y cuyo territorio nacional fue utilizado en el pasado para movilizar la “contra” sobre Nicaragua, pudiera haberse concretado sin señales aprobatorias de algún sector de los mandos norteamericanos.


El impacto en la línea de ruptura regional


Sin duda, la remilitarización de la situación latinoamericana empezó, por citar una fecha, el 1º de marzo de 2008, con el bombardeo de un campamento de las FARC en el flanco ecuatoriano de la frontera con Colombia; países que desde entonces no han normalizado sus relaciones. Esas bombas “inteligentes” no lo fueron sólo en el campo táctico destruyendo el blanco asignado, sino también en el marco estratégico; porque abrieron una brecha divisionista sobre dos grupos de países suramericanos: uno constituido por Colombia con el apoyo de Perú, y otro por Ecuador con el apoyo de Venezuela y Bolivia.

Todo esto entorpeció fuertemente las labores constitutivas de la Unasur, iniciativa integradora de Brasil apoyada decididamente por Argentina; que sin embargo pudo sortear bien el desafío golpista en Bolivia. En una memorable reunión en Santiago de Chile, la naciente unión afirmó la identidad y soberanía de la región, para solucionar los problemas internos dentro del régimen democrático y “sin ingerencias extrañas”.

¿Qué pasó entonces en tan poco tiempo, para que en la zona relativamente más pacífica del mundo, plena de gobiernos democráticos y con procesos de integración en marcha, se sucedieran todas estas acciones y gestos que parecen retrotraernos a la época cruenta de la Guerra Fría, que creíamos definitivamente superada? Puede ser que alguna responsabilidad sea nuestra, por los persistentes prejuicios y desconfianzas limítrofes en nuestra América; pero es indudable que esta realidad está siendo manipulada desde algún centro hegemónico bajo el conocido axioma “divide y reinarás”.

Al mismo tiempo, revela la fuerte puja interna de poder en los EE.UU., que el ascenso de Barak Obama como primer presidente afroamericano no ha podido amenguar, sino al contrario. Especialmente, cuando éste ha tenido que conceder más poder a la Reserva Federal y Wall Strett en el frente financiero de la crisis, para tratar de dedicarse a los problemas políticos y militares del frente externo; tal cual lo han testimoniado sus viajes a El Cairo y Moscú, para atenuar tensiones con el mundo árabe y Rusia.


Voces discordantes y voluntades contrapuestas


Existen varios problemas y voluntades contrapuestas en el sistema de toma de decisiones de Washington que es necesario conocer, porque de un modo u otro se reflejan en el “gran juego” del ajedrez internacional, donde las piezas son los pueblos cuya supervivencia se expone fríamente, según cálculos estratégicos. En principio, Hillary Clinton a cargo del Departamento de Estado, personifica una opinión distinta en la cuestión del Medio Oriente, asociada a sus tradicionales vínculos con Israel, lo que estrecha el margen de maniobra que Obama requiere para impulsar la necesaria política de los “dos estados”, incorporando a este nivel a la postergada Palestina.

Es natural pensar que este conflicto clave para las relaciones de la primera potencia con el gran universo islámico, aún con todas las diferencias y divisiones de éste, retrasa y empantana la salida de las diversas guerras en esa región. Porque hasta en los países más cercanos a EE.UU., la exposición cotidiana de grandes bajas entre la población civil, unifica y acrecienta un sentimiento hostil de incalculables consecuencias futuras, lo que desea evitar el actual presidente.

Otra voz discordante es la del vicepresidente Joe Biden, quien fuera el principal aliado demócrata en la preparación y declaración de la guerra en Irak, alentada por la derecha republicana. En este aspecto, siendo titular de la influyente Comisión de Servicios Armados del Senado, recibió la indicación de Bush, con varios meses de anticipación, para trabajar discretamente en este asunto sobre legisladores y creadores de opinión pública. Es indudable que Obama, después de ganarle a Clínton las elecciones internas, tuvo que avenirse a un pacto con Biden para “facilitar” su participación en los comicios generales. Fue la forma en que “votaron” anticipadamente ciertos círculos de poder, con la intención gatopardista de contar con un reformismo controlado.

Finalmente, en lo específico militar, se observa la actividad de los sectores resistentes al cambio, que siguen con sus planes de expansión como si el relevo de Bush no se hubiese producido. Es lo que ocurre con el Comando Sur que, además de mantener la IV Flota navegando por los mares centroamericanos y caribeños con misión “humanitaria”, plantea ahora la instalación progresiva de una amplia plataforma territorial para la operación de fuerzas terrestres y aéreas, sobre las áreas andina y amazónica. Esta última, conviene recordarlo, es la principal preocupación estratégica del ejército brasilero, que sabe bien que las corporaciones trasnacionales la consideran insidiosamente un “espacio vacío”, por su baja densidad poblacional.

Del mismo modo, es fácil percibir aquí una carrera entre los distintos servicios armados, por la mayor participación respectiva en los ingentes recursos concedidos al presupuesto de defensa. Esta pelea burocrática, de enorme impacto económico en el complejo industrial-militar, se ha vuelto más sensible después del colapso financiero de Wall Street. En este sentido, algunos generales y almirantes, que podríamos llamar “nacionalistas”, no están muy conformes con los excesos especulativos de la banca transnacional que, con la actual crisis, ha expuesto públicamente los grandes costos de las guerras preventivas y opcionales que se realizan.


La preservación del espacio geopolítico propio


Integrando los distintos planos de análisis -método elemental para sacar conclusiones operativas- cosa que sin embargo no es frecuente en la acción mediática interesada, podemos sintetizar la confluencia de la crisis financiera de Wall Street de raíz especulativa, y la exigencia económica del Pentágono de raíz expansiva, con la movilización civil de rechazo canalizada hasta ahora pacíficamente por la elección de Obama. Falta saber cuantos objetivos reales de esta movilización se alcanzarán, entre la aspiración masiva al cambio postulado en la campaña electoral y la presión de los grandes poderes establecidos [por eso es tan común aquí la comparación con Kennedy].

Por consiguiente, hay que prepararse para los efectos en nuestra región de esta crisis integral del sistema dominante, cuya cúpula no permanece pasiva sino manejando las riendas económicas y militares, para “exportar” sus consecuencias más nocivas a través de la red globalizada a su disposición.

Por eso, en el caso de las bases implicadas, la reacción latinoamericana no se ha hecho esperar y -salvo algunas declaraciones formales de gobiernos que dijeron respetar la no intervención en los asuntos internos de otros Estados y la decisión soberana de Bogotá sobre acuerdos militares dentro de su jurisdicción- existe una clara mayoría de países que se oponen. En este punto, la presidencia argentina ha señalado con precisión la necesidad de disminuir toda conflictividad en la región y evitar que el tema de las bases en Colombia se convierta en un “factor de perturbación” general.

Obama, que siente esta situación en Colombia, junto al golpe en Honduras, son tiros por elevación a su propia gestión, ha aclarado que él no pretende dictar la política a nuestra región; en otra confirmación de la corrección de su discurso político, no correspondido en el plano de las medidas concretas de ejecución, que se toman en algún lugar del poder. Por lo demás, tenemos aquí una nueva lección para nuestros países que, divididos, fomentarán lamentablemente su dependencia.

La creación de la Unasur es importante porque plantea que, entre nosotros, el negocio de la paz es más grande que el negocio de la guerra. Por eso la convivencia entre nuestros países no puede reducirse a la retórica de un voluntarismo pacifista, que tarde o temprano cedería ante la tentación del belicismo y la intervención directa o indirecta de las potencias.

Sepamos que la paz es el recurso estratégico que necesitamos imprescindiblemente para volcar todo nuestro esfuerzo y potencial al desarrollo económico y social, en el espacio geopolítico propio de la unión continental. Ésta es la paz de la integración que nuestras Fuerzas Armadas deben custodiar, con los medios suficientes para garantizarla.

II. Necesitamos un doctrina suramericana de Defensa

Un golpe estratégico de grandes consecuencias



Hace tiempo que venimos alertando sobre la remilitarización de América Latina a propuesta de los sectores más activos del Pentágono, según la propia denuncia de destacados observadores y analistas estadounidenses. Así, una serie de hechos hilvanados estratégicamente ha transformado el panorama de la zona de paz más efectiva del mundo que, en la posguerra fría, había alcanzado, además, un nivel inédito de gobiernos democráticos elegidos libremente por los pueblos de la región.

La inesperada reactivación de la IV Flota; el confuso bombardeo en la frontera norte de Ecuador; la intervención del ejército nacional en la incierta lucha contra el narcotráfico en México; los amagos desestabilizadores en Bolivia y el golpe en Honduras -por citar algunos episodios reveladores concentrados en pocos meses- tienen alguna conexión con esta tesis, más allá de las condiciones políticas locales y sus propias contradicciones. Estamos juzgando, precisamente, la naturaleza de la intervención del hegemonismo en nuestro continente, porque ningún sector de las fuerzas armadas latinoamericanas podría llevar adelante ciertas iniciativas, sin el visto bueno explícito o implícito, de los respectivos referentes del primer poder bélico del mundo.

En consecuencia, es importante apreciar con exactitud la intención estratégica de EE.UU. respecto de nuestra América, en la dicotomía existente entre el discurso diplomático de Barack Obama, empeñado en lograr un cambio de actitud, y los sectores movilizados en la administración de George Bush, que nos siguen considerando secundariamente como el “patio trasero” de su geopolítica más cercana. Poner en evidencia este enfrentamiento interno, más o menos solapado en la técnica del “doble discurso”, fue el propósito de la invitación al primer presidente afroamericano para que concurriera a la reunión de la Unasur en Bariloche, a fin de aclarar personalmente la situación; compensando con la asistencia de todos nuestros Jefes de Estado, las presiones que él recibe cotidianamente en Washington.

Sucede que el último episodio de esta saga -la cuestión de las bases militares en Colombia- representa objetivamente un impacto directo en la línea de ruptura regional; cuando la alianza de nuestros países es muy reciente y aún no se ha consolidado ni en sus objetivos específicos, ni en sus normativas e instituciones de funcionamiento. En este trance, se superponen dos criterios de legalidad totalmente opuestos: por un lado, un sentido individual de soberanía correspondiente a la etapa anterior, que faculta a suscribir por sí distintos acuerdos militares; y por el otro, la transición a la etapa futura, dentro de una concepción de “defensa cooperativa” que exige un mecanismo unificado de decisión.

La marcha hacia esta nueva situación presupone perfilar una identidad suramericana de defensa, compartiendo en lo esencial una misma doctrina estratégica, sin descartar la ductilidad suficiente para respetar las características geopolíticas subregionales y zonales que la comprenden. En lo fundamental, esto implica caracterizar por consenso los factores de riesgo y las amenazas que puedan afectar el mantenimiento de la paz y la seguridad; y habilitar las redes de información, consulta y evaluación desde una perspectiva propia, evitando las intervenciones e interferencias de potencias extrañas, que han prolongado la presencia del colonialismo y del neocolonialismo en nuestra historia.

Una significación de poderío imperial

Es importante comprender el real alcance de estas siete bases extranjeras en la hermana República de Colombia, al margen aún de la voluntad de sus autoridades constitucionales; porque una superpotencia militar como EE.UU. no puede pensar la estrategia sino desde una posición general central de orden imperial.Y esta decisión conforma un dispositivo permanente, en el marco territorial de un país de rasgos históricos y geopolíticos relevantes -andino, amazónico y bioceánico- para operar una plataforma apta respecto al despliegue rápido de fuerzas en múltiples direcciones.

Si se sabe, por ejemplo, que los aviones de la fuerza aérea estadounidense en misiones de combate sobre Irak, despegan de bases ubicadas aquí en Norteamérica, siendo abastecidas en el aire a todo costo operativo, se entiende que es innecesaria la red de bases colombianas para radios de acción de mucho menor alcance. Luego, estas bases tienen una significación de poderío en sí mismas, con grandes implicancias en el orden político, diplomático y militar; e influencia en las relaciones de intercambio en época de crisis y consiguiente reestructuración geoeconómica.

Analizando sintéticamente esta preocupante significación, que reitera la presencia estadounidense entre nosotros, pero en una nueva etapa de la globalización, digamos que el dato original es el carácter plenamente regional de esta ocupación de posiciones estratégicas. Se trata, en efecto, de bases conjuntas –de aire, mar y tierra- distribuidas proporcionalmente en todo el territorio local y no en una zona determinada por las operaciones actuales.

Por su enlace directo con la mayor sofisticación bélica disponible, y su capacidad de despliegue ultra rápido de todos los medios de combate imaginables, esta plataforma operativa va mucho más allá de la acción de las reducidas guarniciones de tropas permanentes en el terreno, para meras tareas de mantenimiento. Esto es así por el empleo de tecnología de punta para la instalación de los llamados “sistemas inteligentes”: en comando, control, comunicaciones, informática e inteligencia [C3I2], claves en la movilización automática de fuerzas expedicionarias.

En el campo político-diplomático el impacto de poder es instantáneo: ya hay una fuerza que rivaliza con la Unasur promovida inicialmente por Brasil, el país afectado de lleno por esta decisión; a pesar de las reacciones vocingleras de Caracas y Quito, que atienden más a lo táctico que a lo estratégico debido a sus problemas bilaterales con Bogotá. Existe, en consecuencia, una organización igual y contraria a la Unasur -y a su Consejo Suramericano de Defensa- por obra de una formidable “cabecera de puente”, que impone desde ya condiciones de fuerza diferentes para negociar cualquier aspecto clave de las relaciones interamericanas.

Esto ocurre en la era del regionalismo y del continentalismo, como tendencia geopolítica vigente en todo el mundo, según lo hemos estudiado; lo que ahora se pretende instrumentar para “latinoamericanizar” -digamos así- la influencia militar del Norte. Dicho de otro modo, asistimos a una maniobra estratégica integral que, además de la finalidad principal señalada, tiene otros objetivos complementarios para inhibir o reducir la proclamada autonomía de la América del Sur. Y puntualmente, contrarrestar la potencial influencia militar de Francia con Brasil; de Rusia e Irán con Venezuela; y vigilar el avance del crecimiento comercial de China en toda la región, y su no menos estratégico abastecimiento aquí de alimentos y recursos energéticos.

Posibilidades y limitaciones de la reunión en Bariloche

La gravedad de este precedente fue rápidamente advertida por los países de la Unasur, que se autoconvocaron a una reunión especial en Bariloche, el 28 de agosto de 2009, para tratar específicamente el tema; aunque la ocupación de las bases colombianas ya era un hecho consumado. De todos modos, había que intentar un salvataje de la alianza, ante la alternativa de su prematura disolución. Horas de retórica en el inédito escenario de su transmisión en directo por televisión, degradaron la conferencia, de la política exterior a la política interior y los públicos domésticos de cada nación representada; junto a la palpable demostración de la incapacidad práctica para tomar las decisiones unánimes que resultaban imprescindibles.

Con todo, el propósito apaciguador de los ánimos más beligerantes fue logrado parcialmente, con algunos puntos de consenso en la redacción del documento final. Allí se reafirman los principios de paz y cooperación constitutivos de la Unasur, y se aclara que ellos no pueden ser amenazados de ninguna manera por fuerzas extranjeras; asegurando lo cual pueden realizarse las inspecciones correspondientes para ofrecer garantías de no alentar hipótesis de guerra entre los estados-miembros.

La posición argentina, como país sede, fue destacable, tanto en la exhortación a moderar el debate, sin caer en adjetivaciones y descalificaciones inconducentes; cuanto a la cuestión de fondo referida a “fijar una doctrina común”. Ella es necesaria para avanzar en las estructuras que materialicen la unión en todas sus dimensiones y, en particular, para la correcta evaluación y manejo de situaciones de tensión como la planteada hoy por el polémico acuerdo militar entre Colombia y Estados Unidos.

A tal fin, es del mayor interés poner en funcionamiento el Centro Suramericano de Estudios Estratégicos para la Defensa – CSEED, creado por iniciativa argentina en la VIII Conferencia de Ministros de Defensa de las Américas celebrada en Banff, Canadá, en septiembre de 2008. Este Centro, con sede en Buenos Aires, tendrá la misión, precisamente, de generar y difundir un pensamiento geoestratégico propio de la región, para hacer posible la formulación coherente y compatible de las respectivas políticas estatales de defensa y seguridad internacional, incluyendo la teoría y la técnica del marco adecuado de alianzas militares.

De todos modos, aunque la base intelectual es importante porque elimina los problemas debidos a ignorancia o improvisación en materia estratégica, no alcanza para definir un sistema inequívoco de defensa regional común. Esta instancia es inminentemente de voluntad política, y exige la firme decisión de superar prejuicios originados en enfrentamientos pasados, algunos tan antiguos como la independencia, y otros tan actuales como el tráfico de drogas, el tráfico de armas, y las vulnerabilidades manifiestas en la protección de nuestros recursos naturales y nuestra identidad cultural e histórica.

lunes, 31 de agosto de 2009

Poder nacional: desarrollo pendiente y potencial disponible

No malgastar nuestro espacio-tiempo histórico

Para muchos observadores de la política continental, la Argentina aparece hoy como un país sin poder significativo, en ninguna de sus manifestaciones: políticas, económicas y sociales; incluso con una falta de densidad cultural, que es la fuente en la cual la verdadera energía del poder se origina, para irradiarse luego a su ámbito geopolítico. Es el resultado, sin duda, de la imagen de una sociedad desarticulada, que malgasta su espacio-tiempo histórico, pleno de grandes recursos que no ha podido desarrollar; representando la paradoja de quienes teniéndolo todo, sufren de contradicciones inexplicables que retrasan su evolución.

Es preciso asumir este problema y reaccionar en consecuencia, superando la simple retórica declamativa o puramente crítica, que no aporta metodologías positivas y a nuestro alcance para superar la situación; máxime cuando disponemos de un extraordinario potencial, cuya ausencia sí sería irreparable. Con la vista en esas inmensas posibilidades, es imperioso reorganizar nuestra comunidad para que, a la combinación de factores negativos que hoy salen a la superficie, le suceda una combinación de factores positivos que yacen en el seno profundo de esa misma realidad.

Una realidad que no sólo tiene que ser analizada e interpretada estáticamente, sino transformada; lo que implica nuestro compromiso para involucrarnos en una participación imprescindible, cualquiera sea el nivel y sector en que nos encontremos. Porque la inacción es el prólogo de la anarquía y ésta de la disolución, con todas las consecuencias que se derivan, desde el más alto plano institucional, hasta el punto más privado de la vida cotidiana.

Tenemos, pues, que movilizarnos, primero mentalmente, para precisar los desafíos que se enfrentan, las necesidades que se sufren y las reivindicaciones que se anhelan; sabiendo, además, que toda crisis por su propia dinámica ofrece los acicates y estímulos correspondientes para actualizar conceptos, cambiar estructuras y aprovechar oportunidades. La amalgama que surja de todas nuestras voluntades pensantes, persuasivas y actuantes, constituirá la fuerza a volcar -desde todos los ángulos- en la reconstrucción del poder nacional.

No hay poder sin organización

El poder requiere justamente la coherencia del pensamiento, la palabra y la acción, porque significa la voluntad concentrada en energía ordenada para lograr efecto; ya que no hay acción concreta sin poder, ni poder sin organización. Con este criterio, se desenvuelve un poder auténtico, no simulado, para canalizar conductas colectivas, resolver situaciones difíciles y alcanzar objetivos definidos. Voluntad política, vale la pena recordarlo, exige autodeterminación, que es la decisión de actuar desde lo propio, y elegir con libertad de acción las alternativas consideradas más correctas.

El poder, en rigor, tiene sus principios y métodos singulares, que hará que quien los desconozca presencie el derrumbe de su efímera construcción; pero en la sociedad democrática, más allá de su teoría y su técnica, a veces implacables, el poder vive una relación inseparable con la ética del bien común. Ésta rechaza la acumulación de poder por el poder mismo, e invalida cualquier pretensión justificatoria ideológica o personal; ya que el sectarismo genera un poder sin destino, y las ideologías impiden el protagonismo del conjunto de la sociedad.

El poder se ejerce, y ésta es su ley más obvia, pero la verdadera autoridad de la que emana, tiene que prevenir la arbitrariedad, los excesos y los abusos de poder. Es una exigencia compleja, pero posible de atender, si se cultiva la base de una educación para la libertad responsable y una cultura política del equilibrio, con límites claros dados por el funcionamiento institucional: porque los hombres “tienen” poder, pero no “son” el poder. Este pertenece, con sus ciclos distintos y cambiantes, al eje de traslación de la comunidad política y social.

Eso sí, según sea el poder así será la sociedad; porque en su fines y medios está inmersa la valoración de su eticidad y racionalidad en modos y grados diferentes; es decir: con estructuras autoritarias, dictatoriales, anárquicas o, en verdad, democráticas. Específicamente, la toma de conciencia sobre la naturaleza del poder, se debe expresar en una voluntad de conducción nacional, con carácter republicano y democrático. Por consiguiente, toda otra forma de poder, además de ilegitima, resulta antipatriótica, como lo testimonia nuestro pasado histórico.

Credibilidad y unidad

Conducir es el arte de hacer posible lo que el pueblo necesita. Ésta es nuestra definición de la política. Como tal, se califica por el proceso colectivo de construir un poder común, equidistante del no-poder del individualismo indiferente y la no-libertad del autoritarismo. La participación voluntaria de los ciudadanos es fundamental, porque los incluye de diversos modos en el sistema de decisión de la comunidad. De esta manera, nadie niega su aporte indelegable, y todos se expresan libremente a partir de su propia personalidad, en el cauce mayor de una pertenencia por lazos de vinculación y solidaridad.

Se agranda así la comprensión de la causa y la finalidad del hecho de participar, por una intervención directa de cada persona en la creación de poder, del que puede ser también participe y protagonista, con capacidad de elegir y ser elegidas. Ocurre lo mismo con la inclusión representativa de los más diversos grupos y sectores; ya que un sistema orgánico de conducción se caracteriza por condensar resultados efectivos, a partir de la actuación complementaria de todos sus integrantes.

La condición más importante para que este sistema de conducción funcione con éxito se llama credibilidad, y se corresponde con el principio de unidad. Sin credibilidad-unidad, la orientación política carece de certeza y la organización civil carece de fuerza; luego sobreviene el fracaso. Por ello, hay que ir al fondo de las cosas para movilizar la voluntad de cambio; y plasmarla con hechos y acciones evidentes, que se expliquen y fundamenten por sí mismas, facilitando un proceso autosostenido e integrador de las voluntades ciudadanas.

Captar la esencia del ser político nacional

Corresponde al don del liderazgo captar la esencia del “ser político” que cada época histórica produce, paralelamente al modo de acción más adecuado a cada etapa, para dar cabida a todas las formas presentes o solicitantes de participación. Junto con ello, y para dar sentido al conjunto incorporado a su orientación, debe descubrir las categorías del pensar filosófico que sirvan para ordenar y relacionar un sistema de grandes ideas posibles de compartir, tanto por los ciudadanos individualmente considerados, como por los cuerpos orgánicos colectivos de naturaleza política y social.

Esta es una forma de depurar inteligentemente el “poder” en el sistema de la democracia, para que éste deje de ser sinónimo de fuerza, violencia y coacción; y siguiendo en cambio la vía de la persuasión y la convicción, se constituya en la energía motivante de las actividades públicas de la comunidad y la administración de país. Se elabora entonces una doctrina de conducción nacional -y no una ideología de dominación sectorial- para promover también la acción propia del gobierno y del Estado.

Decimos “filosofía” en el sentido de un pensar humanista y clásico, alejado de las posiciones extremas -autoritarias y totalitarias- que niegan la amplitud democrática: porque lo clásico parte de la medida para lograr la proporción, y por la proporción concilia el equilibrio que genera armonía. Ideal difícil de alcanzar, pero que debe guiar a los conductores que se precien de serlo al servicio de sus pueblos. Esto exige la confluencia mutuamente beneficiosa de “política” y “estrategia”; o sea: de la determinación y asignación de finalidades y objetivos, con su adecuado correlato en el camino más adecuado para alcanzarlos. Es precisamente éste el valor de la estrategia como desenvolvimiento del poder organizado, acumulado y empleado por la conducción.

En el seno de la comunidad, el mismo ideal presupone diferencias entre “politización” y “cultura política”. Porque politización implica un conocimiento superficial, vulgar y mediatizado de la realidad política; mientras que cultura política abarca un saber más profundo sobre nuestros problemas y la forma efectiva de resolverlos. La politización suele votar sin elegir, ni seleccionar, siguiendo una moda cualquiera; al contrario de la cultura política que exige y produce una participación civil y lo social más estable y consecuente, acorde al largo plazo del proyecto nacional.

sábado, 22 de agosto de 2009

Construcción del liderazgo con formación y organización

Una construcción desde la base

El liderazgo es la coronación de la conducción, que -a nivel superior- significa ejercer el arte de la política con sentido histórico y visión estratégica. Por esta condición, el liderazgo no procede de la mera ambición de protagonizarlo, porque debe prestar un servicio inexcusable para el éxito de las ideas de poder y de las organizaciones que las sostiene. Él significa, justamente, la garantía de la unidad de concepción y de la unidad de acción, en las distintas etapas del desarrollo político.

Por eso el liderazgo auténtico, articulador de todo un sistema generado con trabajo organizativo, es lo contrario del pecado de vanidad y el ansia de figuración; porque resiste los ensayos de montarse sobre cuerpos políticos formados y establecidos por otros conductores, sea por oportunidad en una crisis, o directamente por oportunismo. El liderazgo, para que sea perdurable, aún dentro de lo transitorio de la gloria política, requiere una construcción desde la base, con suficiente tiempo de dedicación y espacio de consolidación y arraigo.

Como reza la doctrina, no se puede organizar lo carente de formación; y no se puede conducir lo ausente de organización: por supuesto, en el buen sentido de las cosas. Formar, recordemos, significa trabajar con valores, principios y criterios que fundamentan, persona por persona, aquello que luego constituye la coherencia de una acción común. Organizar, por su parte, es construir con capacidad de persuasión, el vínculo que aglutina a las fuerzas, dentro de estructuras eficaces para la competencia de relaciones de poder.

Junto con estos elementos, que son los más visibles de una formulación genuina de poder, existe un “sentir” que califica el grado de veracidad y de verdad del liderazgo; y que se expresa en una noción mística que unifica naturalmente la vocación de participar en el movimiento que éste genera; con el auxilio del conjunto de los cuadros fundadores. Así se logra el encuentro y la identificación de la razón de ser del liderazgo, con la razón de ser del movimiento, otorgando un sentido claro a la política; y haciendo que la vida de esta militancia se motive y justifique en la acción.

Es el don de liderar, que -sin perder nunca contacto con la realidad- propaga el idealismo, y lo hace con inspiración, creación y constancia, edificando desde abajo en conexión con los problemas directos de la gente. Acumulando infatigablemente prestigio, más que popularidad, sabiendo que en su tarea lo concreto prima sobre las explicaciones teóricas, y que los buenos resultados desplazan a las justificaciones del fracaso. Para ello, predica el ejemplo de la unidad y del trabajo de equipo, donde cada integrante no sólo sigue con lealtad a la conducción superior, sino que -haciendo uso adecuado de su propia capacitación- lleva la iniciativa personal con decisión en el marco que le corresponde.

La transición a un nuevo ordenamiento político

Obviamente, el liderazgo -que suele culminar en una gran personalidad- no constituye un hecho puramente individual ni grupal, ya que es parte indisoluble de un cuerpo político; y este, a su vez, es fruto de las relaciones sociales de la comunidad en un momento histórico determinando. Momento en el cual -respondiendo a un estado de ánimo colectivo- la necesidad de una acción organizada, que se va haciendo cada vez más evidente para salir de la crisis, va al encuentro de una real voluntad de conducción dispuesta a actuar. En este punto crucial, muere un viejo ordenamiento político y nace otro nuevo y diferente.

La historia suele calificar a estos líderes como carismáticos, porque poseen sin duda una energía y vitalidad especiales que contagian a las multitudes, facilitando la promoción y expansión del movimiento; pero esta cualidad no debe confundirse con los rasgos de los llamados liderazgos mesiánicos, cuya propuesta no es democrática. Por lo demás, ninguna conducción política tiene asegurado un carácter vitalicio, ni los movimientos nacionales tienen que representar copias o remedos de los “partidos únicos” pertenecientes a los esquemas totalitarios de derecha o izquierda.

Es cierto que la libertad de acción de quienes conducen implica una influencia transformadora de hechos y actitudes, y por lo tanto concentra un poder; pero éste se ejerce dentro de márgenes institucionales y parámetros éticos, para merecer el beneficio del sistema constitucional. Caso contrario, estaría fuera de los límites del consenso republicano. De allí que la voluntad de poder que se requiere sea de naturaleza persuasiva, austera y humilde; y no dominante, vana y arrogante.

Estas virtudes rectoras exigen la autocrítica toda vez que se haga necesaria, pero no como discurso, sino como autocorrección: clave de la contención del poder por quienes conducen; que se complementa con el control del poder por los conducidos, mediante los instrumentos y organismos creados legalmente, para efectuarlo dentro de la democracia. Ningún poder es, pues, ilimitado: porque depende de aquellos que conduce; y todo exceso augura una caída o un traspié.

Un liderazgo orgánico necesita un pueblo organizado

Un liderazgo orgánico necesita un pueblo organizado; o al menos, señales vitales de un principio de recomposición política de la comunidad. Un gobierno, además, requiere cientos de buenos asesores; y el movimiento, miles de cuadros políticos y técnicos. Es decir: hay una tarea para todos, porque es imposible funcionar en el vacío, sin un marco de creencias compartidas que articulen aspiraciones comunes; y sin lealtades recíprocas, destruidas por la desconfianza de todos. Hacer pie en este escenario movedizo, donde los argentinos nos ignoramos mutuamente, es muy difícil porque insinúa una crisis continua y permanente.

Hace falta, en consecuencia, una gran presencia de ánimo y un equilibrio interior para manejarse equitativamente en medio de oposiciones irreductibles y controversias exageradas. Es una psicología ciclotímica en una sociología de la desorganización. Una situación en donde fallan no sólo las cosas que se planifican mal, sino también las correctas. Un clima negativo, en fin, que es menester cambiar a partir de la conducta de cada uno de nosotros, para evitar un cuadro de mayor dramatismo como preludio incierto de algo nuevo.

Un cambio basado en la buena conciencia de la evolución, y no en la mala conciencia de la “revolución”, con abuso de rebeldías y revueltas que llenan la historia nacional sin objetivos cumplidos. Lecciones que nos obligan a cuidar la continuidad del orden constitucional, siendo ecuánimes en la creación democrática de poder y sus distintas alternativas, y no en la “conquista” del poder, con maniobras desestabilizadoras y aún violentas. Como se ha dicho; y más allá de la frase hecha: la democracia se corrige con más y mejor democracia. Con más y mejor participación democrática, no con indiferencia política.

Necesitamos una confluencia de los valores de la identidad propia de cada partido, expresados inequívocamente; con la tolerancia del pluralismo que respeta diferencias y críticas, para que el rumbo no lo fije un centralismo excesivo que sólo habite un círculo de influencia, ni lo determine un monopolio mediático jugando al caos de la información. Hay que apelar, entonces, a la inteligencia nunca desmentida de nuestro pueblo, respecto de las ideas de poder actuales, y de los sentimientos que suscitan en la perspectiva del futuro.

La única revolución permanente es la producida por la educación, donde todos tenemos algo que aprender y algo que enseñar; especialmente en cuanto a la vida en comunidad y las buenas relaciones mutuas que nos debemos. La ignorancia política conspira contra ellas, porque fomenta hábitos asociales resistentes al tendido de redes de solidaridad y responsabilidad ciudadanas. Por eso, la falta de inversión de tiempo y medios de los partidos en la tarea formativa es inexplicable; a menos que manifieste el prejuicio de los dirigentes sobre la emergencia de nuevos valores generacionales de recambio.

La glorificación del heroísmo pertenece a nuestros próceres que fundaron la patria. El personalismo y su culto responden a otros momentos de la historia protagonizada por caudillos y líderes de masas. Hoy estamos lejos de esa dimensión de los acontecimientos políticos; y por eso necesitamos una propuesta menos providencial y más previsible y estable; aunque nunca burocrática. Una conducción, como indicamos al comienzo, educadora y organizadora; enaltecida por una vocación de servicio. Un sistema de liderazgo decidido a lograr el desarrollo del enorme potencial del país, para asegurar la paz interna y la presencia regional de una Argentina soberana, fraterna y orientadora.

miércoles, 19 de agosto de 2009

NOTAS SOBRE LA SITUACION ARGENTINA.

1-En el horizonte hay que descubrir el futuro.
2-De la cultura de la queja a la cultura de la acción.
3-Nación : promesa y construcción.
4-Reconstruir la política consentido histórico.
5-privatización de los partidos o participación democrática.
6-Las virtudes civiles definen la cultura política.
7-Política con método estratégico o improvisación permanente.
8-Poder nacional: debilidades y potencial disponible.

1-En el horizonte hay que descubrir el futuro.

El Movimiento Nacional como construcción histórica

El movimiento vive como construcción histórica que hace camino al andar, y se adapta y responde a cada época y circunstancia. Es la corriente nacional del pensamiento y la acción, con su síntesis tumultuosa pero dinámica de sectores sociales que se incluyen mutuamente, con la sola condición de un ideario sencillo y práctico, recreado por la mayoría de la comunidad argentina, cuyas limitaciones y virtudes expresa. Un fenómeno político difícil de etiquetar con las categorías europeas o estadounidenses que clasifican a los partidos; y que a su vez trasciende largamente el límite del populismo, que respetamos como realidad efectiva de otros países hermanos.

Su historia es la narración centrada en los fundamentos espirituales de un pueblo en formación, donde los mitos antiguos anticipan y prefiguran los mitos modernos; y en esa sucesión, el más importante de todos que da nombre y estilo al conjunto. Mito con verdad y con historia, llamado así por su capacidad vital de encarnar un modelo de comportamiento colectivo, ligado a la identidad cultural y la justicia social. Liderazgo orientador de conductas militantes, en la línea histórica de los héroes fundadores de la patria y su proyección continental emancipadora.

No es una imagen perimida, porque perdura, y su evocación dirige nuestras mejores energías; aún a despecho de la imperfección de los dirigentes, en un momento de crisis generalizada de la política dentro y fuera del país. La actitud ante esta situación es una espera activa; porque la voluntad de actuar, de continuar, de recomenzar, surge inexorablemente de las raíces profundas de nuestra conciencia y memoria.


La unidad es la condición de la potencialidad y el poder

Sabemos que la unidad es la condición de la potencialidad y ésta del poder, si queremos que permanezca con el pueblo: clave de la esperanza como fuerza latente para impulsar la acción. Para que así ocurra, el movimiento tiene que volver a sí mismo, sin encerrarse ni refugiarse en una estructura aislada de la sociedad, ni confundirse desaprensivamente con cualquier concepto por ambiciones electorales.

Reconstruir es rescatar partiendo de las esencias permanentes; actualizando las formas de organización y conducción para que los medios logísticos no oculten la perspectiva, sino se subordinen a los fines estratégicos. Es la hora, entonces, de la explicación lúcida, del sentido común, de la pasión transformada en compasión determinada como solidaridad entre iguales: porque los lazos políticos son débiles sin la consideración y el afecto que nos merecemos.

Debemos reunirnos, pues, alrededor de las creencias, valores y sentimientos que constituyen nuestro núcleo fundante, que está vivo porque produce emoción y guía la acción. Sobre esta base, la persuasión une y la unión hace la fuerza. Tan sencillo como saber que no hay militancia leal y consecuente sin convicciones auténticas, porque la “teoría del reparto” es centrípeta, siempre detrás de un mayor oportunismo, causando la división permanente. Por lo demás, la asistencia social, siendo necesaria en la emergencia, no determina plenamente nuestra esencia política, que no es la ideología de la marginalidad y su especulación electoral, sino la cultura del trabajo.

La libertad de pensamiento, de expresión, de reunión es fundamental; pero ella no debe limitarse al simple arbitrio personal, sino tender a la conciliación entre lo individual y lo grupal. Es una participación activa en una totalidad no totalitaria. Un conjunto equilibrado por la relación de cada uno con su comunidad, lo que descarta tanto el individualismo, como el extremo del colectivismo.

Sin la propia convocatoria organizativa y sin una desconcentración y descentralización de las decisiones, no existe el participar con libertad y responsabilidad. Éste se sustituye negativamente con una uniformidad que, por acción y reacción, genera otra uniformidad paralela en la oposición, afectando la racionalidad posible de la política en tanto diálogo. Si somos concientes de este peligro, nunca trabajaremos para polarizar al pueblo en sus diversos afluentes.


La palabra hace hacer

El lenguaje es el primer grado del esfuerzo hacia un consenso necesario y posible, siguiendo no nuestro temperamento, sino los principios; para que la palabra vaya francamente hacia la acción constructiva. Esto no descarta la sana pasión que infunde espíritu a la conducción, ni aplaude la mediocridad que pasa por moderación.

La palabra hace ser, hace saber y hace hacer. Ella puede reunir armónicamente todas las notas de la emoción y de la reflexión: abriendo perspectivas; creando situaciones; nucleando fuerzas y canalizando esfuerzos. Por eso es imprescindible “hablar diciendo”, transmitiendo substancia, advirtiendo la potencia reveladora del lenguaje en la acción política, y su capacidad para captar valores afectivos que surgen naturalmente de la experiencia emocional de las personas que congrega. Esta es una riqueza espiritual que no se debe desconocer ni se puede perder.

La conducción no es ni una casualidad de la ambición individual, ni un sistema cerrado sobre sí por la existencia de círculos: sino un arte de criterio y creación abierto a la mayor amplitud posible. Tampoco es una fabricación artificial o inducida por los medios. La popularidad no es sinónimo de la capacidad y el prestigio necesarios para liderar realmente; porque este liderazgo, además de administrar un poder que es de todos, tiene que infundir sentido de desarrollo y fortalecimiento a la organización política imprescindible.


Sólo el gran pensamiento confiere grandeza a la política

Pertenece al ser de los grandes conductores la facultad de mostrar con claridad sus ideas, y desplegar con ellas la fuerza espiritual que atrae y consolida, empleando gestos y palabras que suscitan sentido y sentimiento de adhesión y compromiso. En este aspecto, hay que reconocer que sólo el gran pensamiento confiere grandeza a la conducción política, para que pueda trascender el ámbito siempre limitado de un partido o sector.

Sin embargo, el lenguaje creador, pleno de carisma y simbolismo, sólo es efectivo sobre quienes son proclives a su aplicación práctica, por poseer sensibilidad social o percepción política suficiente. Ello nos confirma el valor de la educación, la formación y la capacitación para actuar a nivel de cuadros medios y auxiliares, vertebradores de toda fuerza con identidad bien definida; porque ser en esencia un movimiento no justifica ni la falta de organicidad ni la ruptura de la disciplina: lección que todos debemos aprender mediante la autocrítica.

Pero el horizonte está siempre dentro de una perspectiva de acceso al futuro, no como adivinación aleatoria, sino como predicción basada en datos de una realidad que mezcla factores de orden y desorden, de claridad y confusión, de participación salvadora o indiferencia suicida para la democracia. Siempre “algo posible” adviene para la solución de la crisis, si se mira atentamente la escena con mentalidad de corrección y cambio.


Un centro superior emisor de estrategia

No hay fatalismo que prevalezca cuando se reconstruye un poder social organizado para reconducir el destino, no por la politiquería reducida a lo superficial y frívolo, sino por la gran política. Aquella que significa el anhelo de justicia como superación de la arbitrariedad, el capricho y el azar. Y también como protección de la difusión sectaria de los intereses dominantes, con el pretexto de los intereses generales. La política no debe ser lo útil para los más fuertes, porque hay que respetar el entramado solidario de un país que quiere serlo.

Es preciso derrotar al “mal común” con el “bien común”; formulando opiniones sinceras, sabiendo que las falsas antinomias llevan a la falta de verdaderas alternativas. Ellas se encuentran en la razón práctica de las vivencias acumuladas en la trayectoria de un pueblo, que ahora debe apelar a sus mejores expresiones para superar los problemas pendientes. Nadie, ni en una u otra posición, puede alegar una gravitación excluyente. El voto ha distribuido la representación a la espera de un centro superior de emisión de estrategias, con visión de conjunto, como corresponde al estadismo eficaz.

La situación mundial y regional ofrece espacios para avanzar con mayores márgenes de libertad por la crisis actual del hegemonismo; pero esto exige pensar en términos de posibilidad, de oportunidad, de ocasión para aquellos países que decidan madurar y marchar hacia delante. Tenemos cerca el ejemplo de países hermanos con los que estamos asociados estratégicamente, y que en los albores de nuestro movimiento nos contemplaban como referencia de desarrollo autónomo. Ahora podríamos construir una prosperidad y una paz compartidas, dando tiempo y espacio a las generaciones que nos suceden, para evitar el futuro como apatía, amenaza y vacío. La condición política para hacerlo es la autoestima en acción, definida como dignidad.

2-De la cultura de la queja a la cultura de la acción.

El valor del lenguaje simbólico ausente

Hemos vivido un día de la independencia con una carencia de simbolismos patrios que llama la atención e invita a la reflexión; porque los símbolos no son decoraciones de un patriotismo pasado de moda: constituyen, en cambio, núcleos de significación simple y profunda que impulsan, contienen y vinculan a los miembros de una comunidad entre sí. Cuando ellos faltan, o no se activan, para asumir una identidad singular ante el mundo, se facilita la decadencia de la sociedad que parece no tener ni querer objetivos comunes.

Que estos emblemas y representaciones no son cosa del pasado negada por la modernidad, lo prueba el hecho de su actualización constante en los países más desarrollados, porque allí se sabe y se siente que son defensas culturales comunitarias, respecto de una globalización asimétrica que diluye todas las nacionalidades con la especulación financiera y la manipulación mediática. El centro de la cultura, precisamente, es el pueblo que la comparte, desde las raíces que protege y el proyecto de vida que cultiva.

Entre nosotros, lamentablemente, el lenguaje simbólico escasea, sin duda, por la falta de sentido histórico de la política, que se agrava junto a la falta de sentido heroico de la vida, que es su expresión individual e íntima. La sola enunciación de estos principios, suena en el vacío como algo abstracto o demasiado solemne para hacerlo parte de lo cotidiano, sobre todo en las nuevas generaciones. Y sin embargo, están allí en tanto orientación permanente, cuya contraparte nihilista es la desesperanza como rutina y el psicologismo de la transgresión porque sí.

Sucede que las ideas y los sentimientos se influyen y evolucionan mutuamente, lo que convierte la toma de conciencia de la realidad en la fuente de las inquietudes y emociones que hacen a una filosofía de la acción, con rasgos propios. Y a la vez, los sentimientos que de este modo surgen y se manifiestan, dan fuerza a las propuestas que necesitamos para salir de una crisis de anomia y desencuentro.
Preguntas básicas sobre la argentinidad

En fin, la decadencia del presente nos vuelve a las preguntas básicas sobre la nacionalidad argentina; y particularmente sobre el grado sensible de nuestra conciencia nacional, que fuera motivo de estudio y docencia de nuestros grandes pensadores del siglo pasado. Ellos no querían una nación inconclusa, extrañada de sí misma, ignorante de sus orígenes e infiel a la línea natural del despliegue de un gran destino.

Esta lucha por “llegar a ser” una nación substancial, implicaba e implica superar las formas inarticuladas de nuestra sociedad civil; y evitar las sugestiones de los hegemonismos mundiales, para no estructurar un país a medias en función de intereses extraños. Un país donde la democracia efectiva no puede funcionar, porque los poderes dominantes coaligados, de dentro y fuera, mediatizan la libertad ciudadana con un control económico arbitrario.

Se trata entonces de marchar hacia un futuro de país consistente, consolidado en su personalidad; cuya dirigencia sea capaz de ubicar la coyuntura en función de la estrategia y no al revés; para que el tactiquismo, vulnerable al corto plazo, no nos destruya el proyecto nacional. En síntesis, el problema es definir la acción principal, el qué hacer, con sus distintas opciones y la evaluación responsable de sus posibles consecuencias.


La conducción se distingue del dominio

La acción, obviamente, nos remite al arte de conducir sin el cual no existe una actuación orgánica y civilizada. La conducción, por lo demás, se distingue del dominio cuando atiende a una finalidad definida, vinculada al desarrollo social y al perfeccionamiento institucional. Esta es la metodología que se deriva de una filosofía humanista y popular; no de una ideología cerrada que estrecha la visión, desde cualquier ángulo político, y no enriquece la estrategia equilibrada de conjunto.

La arrogancia, tan común en nosotros, debe ceder a la humildad, que es un valor inestimable porque expresa abnegación en el servicio político de los cargos públicos. Estos tienen que considerar los aportes de los distintos sectores, y consultar a los proyectos de excelencia, cuyos núcleos de cuadros políticos y técnicos son la clave de la verdadera organización, impelida a trascender la cantidad con la calidad de la participación, para que no se agote la dinámica de las grandes corrientes nacionales.

La corrupción vive de la ignorancia y la apatía de la base política que la tolera, sin reclamar honestidad a quienes dirigen en los diferentes niveles de la estructura estatal, ni apelar a los órganos de control democrático del poder, ni apoyar con valentía a las conductas dignas que se presentan como alternativas válidas. El voto “en contra de” no alcanza, porque carece de la carga positiva que reconstruye el liderazgo. Esto nos habla de la importancia que reviste la eticidad de las costumbres comunitarias, cuyas falencias en el ser y el parecer degradan la existencia social a límites impensables.

El poder como verbo significa hacer, crear y avanzar. El poder como sustantivo significa mandar, repetir y retrasar, jugando con el fuego de la provocación y el temor a los hechos ingobernables. Es el autoritarismo, ineficaz en todas sus versiones partidarias. En cambio, no hay nada más notable que ver la voluntad de conducción en la energía manifiesta de los cuadros constructores, haciendo la diferencia imprescindible respecto de la mera ambición electoral.

La palabra en acción cubrirá pues esta etapa de transición donde no hay liderazgos definitivos, en ningún lado de la escena nacional, marcando un tiempo útil para reflexionar, planificar y predicar. Necesidad de retomar la iniciativa, reafirmar identidades y recuperar ámbitos de pertenencia; porque luego volverá el turno de la publicidad comercial aplicada a la baja política, y será imposible construir prestigios verdaderos, dando primacía a la gran política del estadismo.


El dictamen histórico y ético

La transmisión de la experiencia de los “históricos”, como se denomina a cierta longevidad política, tiene que actuar como medio de acción en el presente, por los principios y criterios que hay que comprender para actualizarlos en una realidad igual y distinta, según las perspectivas. En otras épocas pudimos disfrutar la sabiduría de los grandes maestros, que hoy parece que faltan en su capacidad de testimonio, consejo y dictámen, tanto en lo político como en lo ético.

Es cierto que el progreso político no es lineal ni fácilmente acumulable. También es verdad que todas las fuerzas políticas del mundo han sufrido y sufren divisiones y luchas internas. Hay asimismo una crisis global que recién empieza. Pero existen oportunidades inéditas que en el marco internacional y regional estamos perdiendo, a causa de una crisis argentina bastante inexplicable a no ser por nuestra psicología destructiva. Por eso es urgente salir de la cultura de la queja y la desconfianza, de todos contra todos, y entrar en la cultura de la acción necesaria, el diálogo razonable y la unión posible.

Falta una arquitectura del pensamiento nacional y sobran maestros de obra que no pasan de la planta baja de una construcción sin diseño ni planos. La improvisación y la urgencia no pueden reemplazar lo importante; mientras los malos intelectuales, que trabajan para el “no se puede” se dedican a escribir la historia crítica de los fracasos, en vez de abrir perspectivas con el deber específico de imaginar el futuro y proponer proyectos: ya que el cinismo es el principio de la impotencia política, y no la culminación de la inteligencia y la razón.


El tiempo de la oportunidad estratégica es breve

El tiempo de la oportunidad estratégica, que con sus obvias diferencias tiene cierta similitud con las décadas del 40 y 50 -ayer por la II Postguerra Mundial y hoy por el fin de la Guerra Fría- no sabemos cuanto durará; en el sentido de una crisis imperial de reacomodamiento y apertura. Es la situación que expresa por ahora Barak Obama[1], dispuesto a convivir con una izquierda latinoamericana no totalitaria, pero que por mucho menos recibe los ataques del ala extrema republicana, jugada a persistir en el militarismo desbordado de la administración anterior.

En principio, el golpe cívico-militar en Honduras, más allá de la complejidad política local, es un mal presagio que sobrevuela el continente; habida cuenta del síndrome, ayer de Vietnam y hoy de Irak, con ejércitos de ocupación en retirada en el hemisferio norte, tentados de impulsar aventuras represivas en el sur, para una suerte de compensación geopolítica. Por eso la rehabilitación de la IV Flota no es casual, si la sabemos analizar en perspectiva, porque las potencias planifican a escala.

De allí la audacia, sin ingenuidad, que es menester aplicar al proceso de unión regional como filtro del colonialismo financiero, que hoy mismo está manipulando la gestión de la crisis para reforzarse. Y de allí también, la iniciativa en la coordinación de una defensa integrada, para proteger nuestros recursos, y que es preciso comenzar a delinear por el núcleo promotor del viejo ABC: un proyecto anticipado por la visión de aquellos conductores inolvidables de una época histórica, cuya vigencia hay que relanzar hacia el futuro inmediato.


[1] Discurso en la Escuela de Economía, Moscú, 7 de julio de 2009.