miércoles, 1 de febrero de 2012

EL PENSAMIENTO PROPIO EN UN PROYECTO COMPARTIDO

La libertad en función de la verdad

Desde la cita bíblica que proclama la libertad del hombre en función de la verdad, pasando por los filósofos clásicos, hasta los grandes pensadores modernos y contemporáneos, el tema apasionante del pensar propio de los individuos en el seno de la comunidad, plantea los mayores desafíos en la constitución de las organizaciones políticas y sociales de todas las épocas y culturas del mundo. La importancia se acrecienta en los sistemas democráticos de gobierno, que confían su desarrollo institucional a una participación ciudadana cada vez más consciente y activa.

Analizar, aunque fuese brevemente, la sucesión de conceptos y definiciones que tratan de dilucidar esta relación de la razón para aproximarse a la verdad, con el derecho para proteger la libertad, nos introducirá de mejor manera en los conflictos que hoy mismo manifiestan la complejidad de la evolución comunitaria. Y que, en muchos casos, registra el contraste entre avances y retrocesos, especialmente en el área de la sofisticación mediática y sus mecanismos tecnológicos, evidentes u ocultos, de masificación y manipulación de la “opinión pública”.

Otras veces, este deslizamiento preocupante a formas económicas o políticas de arbitrariedad, aún en un esquema nominalmente democrático, ocurre por la suma menos perceptible de pequeños hechos, dichos y gestos que tienden, de un modo u otro, a reemplazar la disciplina voluntaria del ser comunitario por una obediencia automática. Ésta, sin embargo, no resiste al estallido de crisis por acumulación de presiones y reivindicaciones postergadas. Tal la caracterización de la actual transición del orden global, plagada de luchas y rebeliones que, en pocos tiempo, acaban con dirigentes y referentes que parecían eternos.

Existe, en consecuencia, una fragilidad institucional de la que ningún país está exento, aunque en cierta etapa el ciclo de un liderazgo autosuficiente parece sustituir a todo un sistema político inexistente o inoperante, por su incapacidad y fragmentación. Hay, por lo tanto, una necesidad imperiosa de abordar este núcleo temático con la perspectiva de la “previsión”, aún para aquellos que consideran que este tipo de reflexiones comportan la incomodidad de un mal augurio. Con tal fin anticipatorio, seguimos el axioma que dice que cuando un problema es pequeño se hace difícil de ver pero fácil de corregir, pero cuando aumenta aunque todos lo adviertan es difícil de solucionar.

La participación orgánica por actos decisorios

El desenlace de una situación vieja para trascender a una nueva, sea en la vida personal o comunitaria, implica tener el valor de asumir el riesgo de concretar actos decisorios en el momento oportuno. Es una transición significativa en nuestra realidad intransferible, que se manifiesta por un modo de comportamiento a la vez valiente y responsable, con el fin de defender los derechos inalienables que capta nuestra toma de conciencia, superando las vacilaciones que encarnan “el miedo a la libertad”.

Se trata entonces de agudizar nuestra conciencia para decidir nuestra conducta, como principio de la capacidad de autogobierno y condición imprescindible para influir legítimamente en la conducta de los otros, en una dinámica de convicción y persuasión, de ejemplo y emulación. Este empleo honesto de la capacidad personal para pensar y hacer pensar supera la mera obediencia producto de la ignorancia y predispone el ánimo hacia un ordenamiento inteligente y sólido, funcional al interés general. La búsqueda de la verdad, como hemos visto, nos otorga el privilegio de nuestra especie: la participación orgánica libremente elegida.

Es la confluencia equilibrada entre la voluntad personal y la integración a la organización política o social, que exige para su funcionamiento: unidad y solidaridad. La canalización de esta integración se realiza, desde luego, en la doctrina compartida por conductores y conducidos, prevaleciendo sobre la ecuación anacrónica mando-obediencia. Por consiguiente, con el respeto a los principios doctrinarios se mantiene la integridad de la singularidad personal, y se aceptan de conformidad distintos roles para servir un mismo objetivo, dando sentido amplio a una identidad institucional.

Queda así establecida la conducción correcta por persuasión, y la persuasión por la demostración de argumentos, más el don particular de saber convencer en la prédica o el debate. Paralelamente, resulta eliminada la dirección por imposición de voluntades no razonables y no dialogantes, que no atienden a la dignidad de la persona y su derecho a hablar, a reclamar o a aportar sus propias ideas en beneficio de la sociedad. Ello sólo se consigue progresivamente, con una actitud paciente y un proceso igualitario fundado en la educación, la capacitación y la información.

La adulación limita las perspectivas de análisis

La organización del diálogo en cada nivel de los encuadramientos, hará circular permanentemente la argumentación dinámica de la conducción a las bases y viceversa, sin limitar la “comunicación” al monólogo o la impartición de instrucciones. Tampoco es libertad la indiscreción, la hipocresía o la falta de cortesía hacia quien ejerce una autoridad necesaria y legítima; por eso el respeto mutuo asegura un estado de ánimo satisfactorio en el orden político, por las virtudes del ejercicio de la equidad y la justicia.

En todos los casos la adulación, que no es ni discreción ni cortesía, anula el servicio de apoyo o consejo a la línea de conducción, porque estrecha sus perspectivas de análisis y debilita su sentido de realidad, que es la base fundamental para tomar buenas decisiones. Ello destaca, en los órganos de asesoría, la importancia de funcionarios francos y claros que, llegado el momento, sepan asumir el costo de transmitir verdades poco gratas, ya que consentir el engaño por temor es aceptar la sumisión y sus humillaciones.

Para todos los ciudadanos la participación democrática, con esta exigencia de veracidad, empieza por reafirmar el sentido de pertenencia que proviene de su origen social y territorial, para ser fieles a la representación que otorga el desenvolvimiento nacional de un sistema político que se precie de tal. Éste necesita tomar cierta distancia de las modas políticas de circunstancia, para fortalecer la continuidad histórica y la raigambre local de las distintas estructuras y fuerzas que coexisten en el orden republicano

La cuestión es de sentido común, ante la necedad de negar la realidad de lo logrado en una gestión, o no aceptar aquello corregible o pendiente. Ambas negaciones llevan por igual a la inacción, que es lo contrario del liderazgo como arte pleno de ejecución. El absolutismo ideológico, pues, tarde o temprano se vuelve en contra del intelectualismo abstracto que lo proclama, desde cualquiera de sus extremos, porque los pueblos, en una instancia dada de su desarrollo cívico, son reacios a la insinuación totalitaria.

La comunidad política como experiencia

Desde el punto de vista de la comunidad como experiencia de vida y de acción, se trata de eludir las discusiones ociosas con conclusiones estériles tan caras a los “círculos ilustrados” pero inoperantes. Con esta economía de esfuerzo es posible privilegiar la posición de quienes trabajan y defienden la realidad social que integran. Así, es factible hacer confluir coherentemente la razón (logos) y el poder popular (polis), pensando y hablando con transparencia y efectividad para contribuir a establecer y mantener autoridades con reconocida idoneidad y prestigio.

La prudencia, en tanto virtud esencial de la conducción y sus auxiliares, tiene la ventaja de no discutir la teoría de los objetivos finales que en general se comparten y han sido refrendados por el resultado electoral; pero sí debate la selección de los mejores medios de acción para lograrlos. Esta función de excelencia acredita el máximo de libertad política y técnica para expresar ampliamente los criterios, a menudo originales y creativos, del pensar estratégico integrado en equipos de trabajo.

La facultad de la razón propia no incluye la llamada “verdad escéptica”, que evidencia una actitud destructiva, al carecer de esperanza y fe, sin cuya influencia espiritual es imposible imaginar proyectos y programas de transformación. Estos contenidos positivos denotan el poder político de las voces protagónicas, porque la palabra orientadora “hace y hace-hacer”. Luego, el pensamiento propio es eficaz en lo orgánico cuando se brinda como aporte confidencial y confiable; y hasta como crítica constructiva, cuando propone de buena fe las medidas concretas de corrección o complementación.

Interpretar para comprender conjugando humildad y firmeza

En esta época demasiado secular, las respuestas de la providencia a nuestras indagaciones existenciales no son explícitas. Por ello, gracias a la identidad cultural, plena de signos y simbolismos que se reflejan en la actitud sencilla de la gente, es posible ver y escuchar para interpretar y comprender cada coyuntura. Este carácter profundo de nuestra condición humana, implica siempre un “comprendernos” a nosotros mismos, para salvar con éxito las situaciones ambiguas que mezclan riesgo y oportunidad.

Es una aplicación del viejo refrán “ayúdate que Dios te ayudará”, y que se añade al referido en la primera parte con “lo cortés no quita lo valiente”. Dicho de otro modo, la conducción superior en cualquier estructura siempre tiene la palabra de autoridad, pero ella admite el intercambio de otras palabras a cargo, de aquellos que participan cualitativamente, a partir de un conocimiento experimentado que sustenta sus propias convicciones y trayectoria.

Es obvio que la discusión interna o externa no descarta la pugna por espacios de poder que es intrínseca al hecho político. Pero ese “juego” se canaliza en los márgenes normales del código democrático, donde puede haber hasta “rivales” enconados pero no “enemigos” mortales. Es más, en esta lucha muchas veces la verdad no surge del análisis mesurado, sino del choque de pasiones o ambiciones personales, aunque todo sea preferible a la instalación de una “falsa verdad” por obra del uso de la fuerza.

Sólo quienes se animan a convocar sin “medias verdades”, que se replican enseguida con “medias mentiras”, pueden esperar la lealtad y solidaridad de las bases, para asumir la responsabilidad de la línea política que ellas mismas comparten, aún en las circunstancias más difíciles. Tal ha sido la resistencia popular y el rescate multitudinario de los grandes líderes que encabezaron momentos épicos imborrables de nuestra historia, y lo hicieron sin perder presencia ante la adversidad.

Vocación de verdad y voluntad transformadora

Según se empeña en enseñar la historia, los defectos y faltas persistentes en la vida de la democracia inclinan su pasaje en el tiempo a la disyuntiva entre anarquía y represión, que equivalen a la doble muerte de la libertad. Ella se precipita, como hemos visto, cuando prevalece una masa amorfa sin organización popular, y cuando la acción social se diluye por falta de moral social. Advertencia que debe llevar a la sumatoria de vocación de verdad y voluntad transformadora, para no reducir el enunciado de la libertad a una pose meramente declamativa.

A tal fin, el pensar, el decir y el hacer tienen que unirse para convertir a la política, en el mejor sentido del concepto, en la “prueba de realidad de una filosofía y doctrina”. Por supuesto que no nos referimos a la política teórica ideal en contraste con la política práctica concreta, que se traduce en acción, tarea y trabajo. Una participación de este carácter, en la ocasión oportuna, puede ir relativizando el seguidísimo, el conformismo y el oportunismo exaltado en los momentos de éxito, que por su misma naturaleza son los primeros desertores en los momentos de dificultad.

La libertad de ser comulga con la libertad de hacer, configurando la necesidad de un compromiso de realización, porque nuestra forma de vida y de militancia son inseparables en su coherencia o incoherencia ética. Somos algo más que ciudadanos “independientes” que sólo concurren a los actos electorales y siguen la situación del país por los medios. Allí no se agota el sentimiento participativo que abarca la facultad de intervenir orgánicamente en las múltiples manifestaciones del desarrollo comunitario; y que debe considerar siempre a las personas de acuerdo a la exigencia que plantea su destino espiritual e histórico.

domingo, 16 de octubre de 2011

1945 - 17 de octubre - 2011


Un hecho clave en la formación de la conciencia nacional

El 17 de octubre de 1945 significa el hecho social más importante de nuestra historia, cuya trascendencia surge de acumular las luchas precursoras por la libertad y la justicia, y potenciarlas en una nueva categoría doctrinaria y política, sin parangón en la formación de la conciencia nacional. Movilización multitudinaria, de dimensión territorial, espontánea e inédita que, en la contundencia propia de su gran masividad, inhibió de raíz la represión violenta, constituyendo una gesta a la vez pacífica y revolucionaria.

En su crisol se unieron indisolublemente fuertes corrientes de las tradiciones épicas de todas las ideas políticas: el socialismo y su vanguardia en los reclamos de justicia social; el anarquismo y su gestación del primer sindicalismo; el yrigoyenismo y su intransigencia por las libertades civiles; el nacionalismo y su defensa de la soberanía argentina. Todas ellas tuvieron que decidir su destino ante la conjunción peronista. El socialismo, entre la vía partidocrática o la integración al movimiento popular. El anarquismo, entre un sindicalismo contra el estado o su concertación para el desarrollo nacional y social. El radicalismo, entre la Unión Democrática o su confluencia con el aporte de los contingentes obreros. El nacionalismo, entre su versión reaccionaria o el campo de la liberación.

El rescate del mayo de Moreno; el revisionismo histórico de Rosas y los caudillos federales; la reforma universitaria nacida en Córdoba; el movimiento latinoamericanista de Ugarte; el neutralismo de Yrigoyen; el laborismo del gremialismo incipiente. Todos estos contenidos estuvieron allí presentes con sus hechos, ideas, bases y dirigentes; cuyos nombres y acciones concretas verifican la existencia de un consenso amplio y elocuente, que aún mantiene su vigencia substancial más allá de sus matices y variantes comiciales.


El valor de la unidad de pensamiento y de acción


Muchas veces, ante las instancias álgidas de nuestra trayectoria semicolonial, el país hubo de polarizarse y dividirse, a veces por mitades, en número y fervor partidario, pero con la diferencia de una unidad constante de conducción sólo lograda por el movimiento. Fenómeno estratégico que excede el cálculo supuestamente “intelectual” de muchos ideólogos y “analistas” sociológicos o mediáticos. Esto confirma el liderazgo indiscutido de Perón, cuya figura de estadista no puede desvincularse de aquella jornada memorable, ni del logro palpable de los derechos sociales conquistados de una vez y para siempre.

El pueblo tomó su nombre como bandera para asumir por sí el rol protagónico más claro y visible de una larga epopeya, y esta vez fue custodiado por la línea nacional del ejército de San Martín y Dorrego, invirtiendo el carácter represor que, antes y después, le asignó la oligarquía obediente a las metrópolis dominantes. Protagonismo crucial que, en el marco de un cambio drástico del orden internacional por la II Guerra Mundial, combinó la reforma militar de 1943, la movilización social del campo y la ciudad de 1945 y la profunda renovación institucional de 1946, con las elecciones más libres de nuestra vida republicana, plagada de fraudes y proscripciones.

Nació así la teoría y la praxis de la comunidad organizada, para la realización armónica de la persona humana y de la sociedad; donde la libertad e iniciativa individual fue complementada con la libertad de decisión del pueblo en su conjunto. De esta comunidad, librada de la arbitrariedad y la incertidumbre por obra de la planificación concertada de los distintos intereses sociales, sólo quedarían recusados los extremos de la exclusión por derecha, y del clasismo sectario por izquierda.

Proyecto idealista y realista, orientado por el equilibrio de sus valores y principios constitutivos. Idealista, en la exaltación de una militancia por la justicia social y la promoción de la unión de los humildes frente a los poderes concentrados. Realista, en el sentido de proponer una solidaridad efectiva, basada en la gravitación práctica del interés social compartido. Una filosofía singular del trabajo, equidistante de los criterios economicistas del capitalismo y del comunismo que, a pesar de sus visiones opuestas, fueron incapaces por igual de ver al trabajo como bien cultural y organizador indispensable de la vida material y espiritual de la comunidad.


De la reconstrucción nacional a la independencia económica

La realización de la comunidad organizada, ayer como hoy, exigió el paso previo y monumental de la reconstrucción nacional, para la generación de una riqueza imprescindible, expoliada por los monopolios, a fin de imponer la justicia social en vez de repartir pobreza y miseria. En este aspecto, la década justicialista fue un aluvión de obras de infraestructura para el crecimiento y desarrollo, y un esfuerzo de vanguardia científica, tecnológica, educativa y de capacitación profesional y laboral, junto a la creación masiva de empleo genuino. Digamos, resumiendo, que muchos de sus grandes logros son “recuerdos del futuro”, porque indican todavía nuestras asignaturas pendientes.

Este esfuerzo extraordinario y múltiple de conducción superior, con la concurrencia de especialistas, planificadores y cuadros políticos y técnicos, descartó y descarta las consignas absurdas sobre la “autonomía de clase” de la izquierda internacional; que aún no aprende de la implosión soviética, el pragmatismo chino y la regresión del castrismo a formas evidentes de capitalismo, después de medio siglo de ensayos frustrados.


Hacia la democracia económica

En el pasaje de la reconstrucción a la autonomía posible, no a la utopía autárquica, el papel del Estado en sus tres niveles -nacional, provincial y municipal- es vital para crear las condiciones de despegue de un desarrollo integral y sostenido, impulsando la mayor participación respectiva en la cantidad y calidad de la producción. Porque sin producción no hay trabajo y sin trabajo no hay inclusión social ni desarrollo humano, en tanto la política de ayuda y subvenciones tiene el corto plazo del asistencialismo, además de sus deformaciones y prebendas.

Ahora falta, sin duda, la labor inteligente, selectiva y transparente de los operadores de las políticas públicas que deben consensuarse para la transición hacia una democracia económica, que representa la evolución de la justicia social, que es la acción reactiva ante la explotación laboral, a la equidad social, que es la acción proactiva tendiente a inaugurar un sistema de participación plena, para la distribución ecuánime de esfuerzos, estímulos y recompensas.

Entre otros propósitos, la democracia económica tiene el gran objetivo de corregir la distorsión existente, agravada por la codicia desmedida de las corporaciones, entre el avance tecnológico y la situación social. Es decir, entre el creciente “racionalismo” de los procedimientos técnicos aplicados a la concentración económica y la especulación financiera, y el “irracionalismo” del consumo superfluo y la agudización de las necesidades básicas, en el marco general de la angustia y el vacío existencial (adicciones, promiscuidad, violencia).


El nuevo desafío de los movimientos sociales

Si bien el pluralismo ha sido y seguirá siendo la vía principal del escenario democrático, no es menos cierto que la columna vertebral del campo nacional es el movimiento de los trabajadores; escoltado, de un modo u otro, por varias corrientes que pugnan por tierra, vivienda, apoyo cooperativo y distintas formas de propiedad social. La democracia económica, precisamente, pondrá a prueba la capacidad de todas estas formas orgánicas para pasar de factor de reclamo y presión, a factor de poder y participación en las decisiones nacionales.

Incluso, importantes dirigentes de la CGT se han pronunciado ya sobre estos temas anticipados como aportes de actualización y prédica doctrinaria, porque es el espíritu mismo del 17 de octubre proyectado en el tiempo para ser útil al porvenir con la construcción igualitaria de una prosperidad duradera. Así se ha hablado de “autocrítica sindical”, lo que consideramos fundamental para estar a la altura de las nuevas exigencias de un cambio necesario, que tiene que operarse paulatina pero irreversiblemente, para lograr la coherencia indispensable entre realidad social, valores comunitarios y práctica militante.

En el plano político, que nos incumbe a todos, el legado del 17 de octubre se une al mensaje fraterno del histórico regreso de Perón el 17 de noviembre de 1972: “para un argentino no debe haber nada mejor que otro argentino”; y al abrazo con sus viejos adversarios para inaugurar la etapa, interrumpida a su muerte por la dictadura, de la concertación programática. Esta es la herencia que nos impulsa a superar los prejuicios y las falsas antinomias, para actuar con éxito en la visión preclara del continentalismo regional (Mercosur-Unasur).

Hoy, con la seguridad que otorga la resistencia cultural del peronismo a los intentos del resignificarlo con el modelo neoliberal o marxista, se abre la instancia de sus nuevas realizaciones como frente de liberación, inmune a todo sectarismo, aislamiento o confrontación innecesaria. Porque la enseñanza principal de nuestra escuela de liderazgo, exige que los grandes triunfos políticos y electorales con vocación histórica se proyecten estratégicamente en un imperativo de unidad nacional.



sábado, 27 de agosto de 2011

EL GRADUALISMO ESTRATÉGICO EQUIDISTANTE DE LOS EXTREMOS

El equilibrio del sistema de conducción

Los conductores clásicos decían que “el momento más difícil es el de la victoria”, porque en esa instancia inicialmente plena de incertidumbre, pueden producirse confusiones y reacciones imprevistas que afectan el equilibrio del sistema de comando. No es difícil comprender este axioma que parece paradójico, si se recuerda que a los fines de largo plazo de la estrategia, el triunfo no es una mera suma de éxitos sino una progresión de misiones cumplidas; es decir: una continuidad de acciones detrás de una sucesión de objetivos cada vez más cualitativos y profundos.

Obviamente, nos referimos a la estrategia política, con los métodos que corresponden al liderazgo civil, pero que -de todas maneras- juega su suerte en el empleo de una fuerza organizada, que debe moverse ordenadamente con un despliegue de encuadramientos tácticos. Luego, hay que evitar las conductas contradictorias de ciertos referentes que tienden al triunfalismo, desarmando la voluntad de perseverar con que hay que encarar las tareas pendientes. En este sentido, sin dejar de celebrar lo conveniente, hay que saber que el mejor festejo es la preparación adecuada del próximo encuentro.

Otro problema es el oportunismo político, deseoso de pasarse demasiado rápido de bando, sin conservar principios ni lealtades, lo cual no es augurio de adhesión positiva. O, en el ángulo opuesto de ese mismo defecto, el adversario insidioso que, con sofismas y argucias, no reconoce su derrota ante una propuesta y una conducción superiores, y reparte críticas y difamaciones sin cuestionarse para nada su pobreza de ideas y escasas aptitudes.

Completa el cuadro la presencia en ambos campos de los partidarios del enfrentamiento ideológico, profiriendo juicios descalificadores con el remanido argumento de “agudizar las contradicciones” de la situación, sin considerar el absoluto rechazo de las posiciones extremas expresado en el sufragio de las mayorías ciudadanas. Ellas han ejercido el deber y el derecho del poder electoral, para afirmar con claridad su opción por la vía pacífica entre diversas postulaciones y programas. Éste es el aspecto que nos interesa ahondar, no bajo un prisma periodístico de los que abundan versiones superficiales, sino mediante reflexiones de naturaleza doctrinaria para compartir con cuadros de militancia y compromiso comunitario.

El gradualismo estratégico en función social

La experiencia histórica insiste en señalar el despropósito de la violencia, en cualquiera de sus formas, para asegurar las metas de un modelo forzado contra la voluntad popular; tanto como, por el contrario, encomia el sostener lo obtenido por obra de la participación política y social. Para ello es clave que la conducción perciba el sentido del ciclo histórico que encarna, y sepa transmitir como se ha de interpretarlo y hacerlo comprensible para realizarlo en las circunstancias concretas.

Perón se cansó de repetir, con motivo de su esperado regreso, que “el tiempo y la evolución” eran factores preferibles al caos y a las pérdidas de una lucha fratricida. Afirmación de estadista que no implica desconocer las reivindicaciones pendientes, ni los intereses que se oponen a la equidad y a la justicia; pero que sí destaca, ante el peligro de los extremos beligerantes, la alternativa válida del gradualismo estratégico en función social.

Sin embargo el gradualismo no ocurre porque sí, sino por medio de una serie de condiciones que nos proponemos describir, como requisitos de su implementación acertada. Ante todo, hace falta una gran formación y constancia para llevarlo a cabo, habiendo transitado etapas anteriores de vacíos y decadencias en la movilización del país, y soportando una coyuntura internacional adversa. Más allá del mérito personal de los dirigentes y predicadores portadores de una matriz conceptual sólida, ésta sólo se reconoce y prospera cuando el proceso popular, según su propio ritmo de maduración, siente que interpreta sus necesidades y aspiraciones.

Recién en ese momento, que podríamos llamar fundacional, se une el ideal con la acción, produciendo una transformación efectiva de la realidad, y superando la precarización de los partidismos meramente proselitistas, incapaces de entusiasmar a nadie que no fuesen los beneficiarios de prebendas. El surgimiento de un nuevo liderazgo, en cambio, siempre potencia un conjunto de movimientos sociales con empuje reivindicativo en el seno de una comunidad en crisis de transformación.

Perfil del liderazgo propio de la etapa institucional

A favor de décadas de resistencia y de lucha, la expectativa histórica de una etapa revolucionaria ha cedido su lugar a una etapa institucional, donde las realizaciones pendientes habrán de alcanzarse por la evolución canalizada en reformas dentro del ordenamiento legal; y cuando corresponda, con la actualización debida del Derecho Social. Consecuentemente, se han desplazado del sustento ciudadano las visiones catastróficas de la oposición cerril, y la impostación dogmática que es su equivalente inverso en la línea de contacto, hecho evidenciado en el resultado comicial. Éste no ha sido producto de un pragmatismo exagerado centrado en un voto de conveniencia, como algunos lo han pretendido subestimar, sino una conclusión del sentido realista del pueblo frente a las distorsiones ideológicas y mediáticas que se realimentan mutuamente.

Surge así una valoración ética y política de la participación comunitaria en el nivel nacional, provincial y municipal, que ha registrado respuestas electorales reflexivas y diferenciadas. Se impone, entonces, un estudio del perfil de liderazgo que exigen estas nuevas circunstancias, trascendiendo los comentarios banales que se han demorado en los planos personales, y aún privados, de los candidatos, sin comparar los rasgos adecuados del tipo de conducción apropiado. Porque, en tanto sistema organizado, éste tiene que manifestarse claramente con técnicas, métodos e instrumentos que aquilaten la práctica de un estilo compatible a su alta función.

Es indudable que ante el espejo del liderazgo, máxime si éste posee dotes carismáticas, se refleje siempre la polarización social de los sentimientos primordiales de amor y odio. Por eso la buena conducción debe tratar de prevenirse de ambos, para no alentar el fuego cruzado, al menos, de las reacciones más irracionales. Un ejercicio espiritual y psicológico bastante arduo, pero indispensable para progresar del hábito caudillista de las relaciones de dominio, al comportamiento democrático de las relaciones persuasivas. Círculo virtuoso que se completa con la paciencia de saber escuchar, el aprovechamiento de la crítica constructiva y el asesoramiento de excelencia.

Hemos visto el espectáculo lamentable de referentes derrotados que no dan la cara o abandonan a su dirigidos en medio del contraste. Lo han hecho pretextando una “ética de convicciones” basada en principios declamados en una estéril trayectoria. Sin embargo, es una ocasión para aprender que, en estrategia, lo principal es una “ética de responsabilidades” basada en los efectos causados por el accionar dirigente; ya que la calidad del liderazgo se mide por la consecuencia de sus resultados y la entereza para asumirlos en cualquier situación.

El alcance operativo de las iniciativas estratégicas

La estrategia es un arte-ciencia que exige la seriedad de un ejercicio profesional, donde al conocimiento de sus reglas y procedimientos hay que adjuntar habilidad, creatividad y cierto grado de especialización, lo cual incluye un buen equipo de trabajo. Tal conjunto de exigencias descarta las mentalidades mediocres, rutinarias o improvisadas; así como también las salidas temerarias o desproporcionadas respecto al balance de fines y medios que regula el sabio criterio de economía de esfuerzo.

En el campo político, el cálculo preciso de la rentabilidad de las acciones implica la contención del alcance operativo de las iniciativas estratégicas, lo cual destaca muchas veces el valor del gradualismo, que ya anticipamos, frente a la desmesura de los ideólogos sin obligación ni experiencia de conducción. De todas maneras, lo esencial del gradualismo es el logro pautado de metas escalonadas, pero irreversibles, capaces de sostenerse ante cualquier contingencia por el avance paso a paso de la participación popular que impide el retroceso.

Este es el concepto que señala, por ejemplo, la importancia del diálogo político y social, con el mecanismo de la concertación respectiva, que significa que el liderazgo está dispuesto a exponer y no a imponer sus ideas, del mismo modo que está abierto a recibir sugerencias y propuestas capaces de enriquecer la perspectiva general de desarrollo. Del clima de diálogo, en la mesa con los referentes del arco representativo del país, o del distrito en cuestión, saldrán los ejes a institucionalizar en la concertación legislativa para las políticas de Estado, y en la concertación económico-social con los gremios empresariales y de trabajadores; instancias a detallar en la continuidad del tema.

Los intereses develados ante el exámen del bien común

El discurso, la discusión y el debate de los puntos cruciales de una coincidencia programática requerida por la razón compartida, abarca ópticas distintas y aún contrapuestas, exigiendo la mayor y más auténtica libertad de expresión individual, sectorial y pública. Un proceso amplio de involucramiento y compromiso que, al mismo tiempo que respeta la órbita de la autoridad institucional, evita toda posibilidad de autoritarismo, fortaleciendo la estabilidad y sincerando los intereses particulares en pugna ante el exámen del bien común.

Para realizar este exámen democráticamente, es necesario resaltar el valor del análisis y la reflexión ciudadana, fuera de toda imposición informativa, dada la intermediación parcializada que efectúa el poder mediático respecto de las relaciones humanas y sociales. Este fenómeno complejo asociado al poder económico especulativo, y que acabó con el estilo de la otrora “prensa independiente”, es más revelante que nunca por la crisis de representatividad de los partidos políticos y la influencia creciente de las corporaciones transnacionales.

Por esta razón es imprescindible poner en pleno funcionamiento las disposiciones de la nueva legislación sobre medios, para garantizar una verdadera libertad de expresión sin monopolios privados ni censura estatal, puesto que la manipulación es perniciosa en cualquier extremo. En el centro de esta apertura a la comunicación de la comunidad, debe promoverse la difusión más abarcadora posible de nuevas voces, provenientes de organizaciones autogestionadas de todo tipo, que hasta ayer tenían negado o dificultado el acceso a esta herramienta poderosa de participación social.

LA RAZÓN POPULISTA O LA RAZÓN POPULAR

Precariedad política o movimiento orgánico

En el movimiento nacional, que en la Argentina tiene nombre propio, el todo no es la mera suma de sus partes; porque este concepto cuantitativo, más adecuado a una cosa mecánica, implicaría negar el núcleo cualitativo que se eleva a una categoría espiritual y estratégica. No es entonces algo inerte, con fines parcelados y autónomos de su razón de ser principal, sino un todo orgánico, cuya matriz doctrinaria común hace converger al conjunto sobre sus grandes objetivos de soberanía, libertad y justicia.

Esta comunidad de cultura política, económica y social, forjada en la sucesión de ciclos evolutivos y revolucionarios, según las etapas históricas transcurridas, no sólo coordina sus sectores funcionales, sino que sabe establecer un nexo de relaciones y aportes que se intercambian provechosamente. Es un centro intangible que concentra energías desde la base para el autodesarrollo de estructuras, líneas operativas y franjas de conducción. Su propia subsistencia demuestra la fortaleza intrínseca de sus valores orgánicos, que vencieron al tiempo pasando las pruebas impuestas por los errores, desvíos y deserciones de algunos dirigentes.

Fuera de esta unidad voluntaria y consciente, cuya esencia es inmune a la represión o a la prebenda, las partes no tienen destino, al menos en la calidad que se postula. El componente político se diluiría en el tráfico de influencias de la democracia formal; el sindicalismo se reduciría a un gremialismo reivindicativo sin proyección de poder; sus pensadores y técnicos se encerrarían en círculos discursivos de retóricas estériles; y sus jóvenes se quedarían en el activismo sin alcanzar la capacitación que sólo brinda la experiencia del intercambio generacional.

Esta hipotética desarticulación del movimiento no figura aquí gratuitamente. Por el contrario, es la tesis central de los teóricos del “”progresismo” que, en vez de proponerse actualizar y perfeccionar el movimiento usufructuado en el acceso electoral, plantean la inserción de sus partes aisladas reconvertidas con otras en una nueva fuerza. Peronismo, radicalismo, socialismo y desarrollismo, no en un frente abarcador con coherencia superior a lo existente, sino en una aleación de discurso y tono regresivo porque propugna directamente el “populismo”, como forma precaria de la conciencia política de las grandes mayorías.

Progresismo intelectual o progreso social

Progreso es una noción normativa que define el avance hacia algo mejor, aunque dando por sentado que tal proceso no es lineal ni absoluto; ya que se relativiza constantemente en el cambiante balance social de aspiraciones y logros. Esto sanciona a quienes juzgan el presente sin una relación reflexiva con el pasado y una aproximación seria al futuro. Repiten el error cometido al tratar de desagregar ficticiamente las estructuras moldeadas por la evolución, porque el progreso no es el discurso de la razón individual sin voluntad de acción, sino una historia colectiva de esfuerzos y luchas.

Las organizaciones sociales, en tanto pugnan sin cesar por el progreso, siempre están en estado crítico, porque sus decisiones se abren paso entre lo necesario y lo posible, como flancos vulnerables que comprometen su existencia: porque en política -como se sabe- lo que no es factible es falso. Por eso es poco útil la actividad intelectual que busca una relación “estética” con la “verdad”, en vez de pensar con humildad para percibir la realidad y contraer un compromiso cierto, desde un lugar localizable en el despliegue de fuerzas, a fin de hacer un camino compartido al andar.

Hay mucho trabajo auténticamente inteligente para quienes disponen de una formación académica o técnica, y superen el molde rígido de las ideas “puras” y los sistemas ideológicos cerrados, sin carga humana ni comprensión de los rasgos contrapuestos de nuestra idiosincrasia cultural. Es justamente allí donde se prueban las doctrinas que abren perspectivas al compromiso y la participación de la mayor cantidad de ciudadanos que, por su parte, van abandonado el exceso de individualismo e indiferencia para ingresar en la práctica social de las relaciones comunitarias.

Este empeño por aumentar el conocimiento auténtico, y con él la conciencia política, y con ella la voluntad por lo social, debe ir acompañada de la resolución de abandonar el “clasismo” contradictorio propio de los círculos áulicos de la pequeña burguesía; porque estos cenáculos y sus producción mediática, al desdeñar las organizaciones sociales que integran el movimiento nacional, postulan una suerte de “anarquismo” superficial, que hace el juego a la reacción de los grandes grupos de poder.

Triunfalismo pasivo o esfuerzo continuado

Quienes componen por su profesión los sectores medios de nuestra comunidad, como formación económico-social de la etapa actual de nuestro desarrollo, no ocupan obviamente una posición de cuño independiente. La historia demuestra que dichos sectores, intermedios en la ecuación productiva, se vuelcan hacia uno u otro lado de la polarización política entre lo nacional y lo liberal. Por dicha causa, que suele inclinar la balanza en algunos momentos decisivos, deben reflexionar sobre cuál es la ubicación que les permitiría un mayor despliegue y utilidad de su capacidad creadora.

En nuestra opinión, la opción liberal o neoliberal estimula un “intelectualismo” y un “racionalismo” unilateral, propenso al esquema de dominación alentado por formas tecnocráticas supuestamente antipolíticas. En cambio, la opción nacional, propende al estudio profundo de los complejos fenómenos de la realidad, en un país que ansía liberase de la dependencia. Esta es la vía de aproximación a las capas populares y a los trabajadores, necesitados de un aporte fructífero para saltar de claridad en sus niveles de desenvolvimiento político e información sociocultural.

A diferencia del populismo, el proyecto nacional postula y requiere el desarrollo integral de la persona humana, más allá de su función estrictamente profesional y laboral. Es un proyecto, impulsado por toda una filosofía de vida que, sin bien parte de la dignidad insoslayable del trabajo, sostiene un ideal de realización individual y colectiva, basado plenamente en la solidaridad, el compañerismo y la convivencia, que son valores inherentes al humanismo comunitario.

Volvemos así a prevenir un problema de identidad política, porque ella no es algo abstracto, ni está fuera de las diferencias y contradicciones contenidas en los grandes movimientos. Esta dinámica debe entenderse con la justa comprensión de las condiciones reinantes en cada momento de la lucha del pueblo.

Para canalizar correctamente estas contradicciones, que sin embargo son la fuente motriz de nuestra movilización permanente, hay que guiar el trazado de la línea operativa sumando y no restando adhesión y participación. En contra de este axioma de la buena conducción actúan, valga reiterarlo, el sectarismo y el clasismo, la suficiencia y la prepotencia, y el triunfalismo nefasto que desmotiva lo propio y aglutina al adversario.

Ambición individual o aspiración compartida

Llegamos así al tema crucial de la conducción, donde, además de la doctrina y la organización, tiene un rol relevante el don del liderazgo que, en todos los niveles, debe promover el éxito del esfuerzo acumulado. Esto significa que la “unidad de concepción”, dada por la congruencia de ideas y sentimientos constitutivos de la convocatoria y aglutinación del movimiento, debe culminar en una “unidad de acción”, sin divisionismo ni interferencias, gracias al acierto de las orientaciones persuasivas emanadas de su legítima autoridad.

En consecuencia, para que el liderazgo no represente el resultado destructivo de la ambición desmedida, precisamos considerarlo y realizarlo como producto de una práctica compartida; o sea: coordinando todos sus componentes en un completo sistema de conducción, cuya selección y control democrático pertenecen naturalmente a las bases y al encuadramiento territorial. Esto hace indispensable una enorme tarea de formación en valores y de capacitación en técnicas y habilidades metodológicas, para superar la instancia primaria del espontaneísmo y la improvisación, que al final se pagan caro.

Lamentablemente, vemos que esta tarea, tan vital como discreta, no se cumple de modo suficiente para elevar la calidad y selección de los dirigentes, siendo opacada por los recursos aplicados a la concepción de la política como espectáculo. En cambio, cuando las cosas se hacen bien, cuestión de la que tenemos clara memoria, se avanza por ejes convergentes: con la formación doctrinaria y técnica, la línea de cuadros militantes y el apoyo de los organismos de propaganda; sin confundir ni omitir ninguno de los distintos planos de acción que verifican la multiplicidad del movimiento.

Finalmente, es clave el rol de la conducción superior encargada de unir tal dispositivo, que exige un gran esfuerzo que demanda la asistencia de un asesoramiento tipo “Estado Mayor”. La experiencia indica la validez universal de estos equipos de excelencia, que no rehuyen ni los dirigentes de las potencias ni lo ejecutivos de las corporaciones.

Sucede que la complejidad actual del arte de gobernar excede la buena voluntad, cuando no el aporte impreciso, de los famosos entornos. En este aspecto, la paradoja estratégica de un movimiento multitudinario es que, si bien él unicamente funciona con un liderazgo definido, requiere a la vez una actitud prudente y abierta para oxigenar sus propuestas, distinguiendo entre la obediencia efímera y la lealtad a un proyecto histórico que nos trasciende a todos.

LA ACCIÓN EFECTIVA DEL INTERÉS SOCIAL COMPARTIDO

La decisión de tener un destino

Se suele llamar destino a la trayectoria que une existencia y significado; porque define el transcurrir de una vida intensa, con una razón que la fundamenta y una causa que la justifica. Una manera concreta de adquirir este significado es la participación social en la vida comunitaria, a condición de no incurrir en las malas prácticas de la baja política; porque sólo la vocación sincera por grandes ideales da sentido cierto a la militancia solidaria.

Participar con la categoría verdadera de ser militante requiere tener libertad de iniciativa e impulso para incluir, con humildad y decisión, la propia posición en el futuro histórico de la comunidad, que se define en un complejo cruzamiento ideológico de perspectivas personales y grupales. Para ello, hay que partir de los arquetipos fundadores de la nacionalidad, a fin de sentir la influencia nutriente de nuestras raíces; sin perjuicio de redimir aquellos aspectos del pasado que enjuiciamos negativamente, convirtiendo así el presente en el inicio compartido de una trayectoria superadora.

Los hechos históricos se actualizan y perduran confluyendo con las innovaciones de la actualidad. Por eso, no se debe perder nunca la fe en el progreso social y, con ese espíritu, trabajar por la renovación ética y política que es imprescindible para retomar una historia común, con esperanza y entusiasmo. Es una resolución de un instante, de un momento de decisión, pero que está conectado con los ciclos prolongados de las grandes causas, por lo cual luego constituye un compromiso que demanda continuidad y constancia.

Para que la vida continúe con la energía moral que requiere afirmarla e intensificarla, y no sólo sobrevivir sin destino, es necesario descartar la debilidad que impone el nihilismo: porque él significa la pérdida de toda valoración de la existencia, y el extravío de toda guía orientadora en el mundo que nos rodea. Es la alternativa negada de la actitud pasiva o depresiva de aquellos seres indolentes respecto de la construcción moral y material del país, o indiferentes a causa de la corrupción e ineptitud de algunos dirigentes.

En la evidencia interior que funda la toma de conciencia, hay que saber reconocer y respetar los valores que siempre están detrás de los razonamientos y las explicaciones; porque ellos surgen directamente de exigencias imperativas para preservar la vida del individuo y de la sociedad. La comprensión de estos valores, que devienen principios y reglas para la realización personal y colectiva, lleva naturalmente a sentir la obligación de actuar y de hacer; y también a la necesidad de integrar una fuerza orgánica capaz de contener y sostener las expectativas que genera.

Expectativas de justicia, no de venganza, porque la venganza continúa el círculo vicioso de la injusticia. Expectativas de apertura, porque el absolutismo ciega. Expectativas de igualdad, porque nada ni nadie debe estar por encima de la ley. Expectativas de progreso, porque es absurdo y cruel mantener los mecanismo de una economía restringida que acumula riquezas en una minoría especulativa y excluyente.

La participación en actitud protagónica

Ser parte de una sociedad exige inscribirse en el juego múltiple de relaciones entre las personas que en ella se agrupan. Implica el entramado de articulaciones de todo tipo, que van desde el recorrido más o menos anónimo de espacios comunes, hasta vinculaciones definidas por motivos laborales, vecinales, culturales y aún los propios de la esfera pública. La participación, precisamente, implica una actitud protagónica, que da mayor profundidad al sentido y sentimiento de la vida, de modo inverso al despilfarro de posibilidades que determina el aislamiento y la apatía.

Por consiguiente, la simple agregación de quienes habitan una geografía particular no crea una sociedad. Ella se conforma gradualmente en el tiempo, al adquirir los caracteres progresivos de su identidad cultural, y al elaborar los rasgos normativos de una unidad sólida e integradora. Así se establecen las formas institucionales que tienden a encausar las tensiones que siempre aparecen por el logro de la supremacía entre sus distintos sectores, porque es insoslayable consolidar un ordenamiento coherente para evitar la división y la anarquía.

La realidad de la condición humana se manifiesta, como hecho probado en todas las épocas, en la persistencia de sus conflictos de organización y de poder, lo cual lejos de disimularse o exagerarse, con visiones ingenuas o perversas que niegan por igual su categoría histórica, enfatiza la necesidad de la conducción prudente y persuasiva. Ella descarta el fatalismo de la confrontación total y permanente, por la búsqueda de coincidencias básicas tras objetivos y metas específicas de bien común.

Resumimos así una serie de postulaciones indispensables para evolucionar como sociedad civil moderna y organización estatal soberana. El derecho a la libertad, con el deber de sostenerla por la participación responsable y la tolerancia. El derecho a la normalidad institucional, con la defensa de la unión nacional y el orden constitucional. El derecho a la paz interna, por el ejercicio del diálogo y el logro de niveles crecientes de concertación política, económica y social.

La organización social con eficacia

La razón se constituye por la voluntad de saber, aplicando nuestra capacidad inteligente a la búsqueda y comprensión de la verdad. Es la autoconciencia del “darse cuenta” con que logramos conocimientos fundamentales para la vida en comunidad. Sin pretender la verdad absoluta que propugna el dogmatismo y el fundamentalismo, hay un camino práctico para aportar “nuestra verdad”: no querer engañarse, no querer engañar y no querer ser engañado, luchando simultáneamente contra el conformismo, la manipulación y la ingenuidad.

En la acción social la verdad se vincula directamente a la realidad. El axioma “la única verdad es la realidad” recusa la retórica artificiosa y la falsa apariencia que inducen la involución cultural de la sociedad. Pero la realidad no es estática, sino que se transforma con las acciones que se realizan para modificarla; situación que define “la realidad efectiva”, que es la definición que destaca la producción y la acumulación de efectos de cambio sobre la sociedad.

La dimensión del esfuerzo exigido para obtener resultados reales en el campo de la solidaridad, lleva racionalmente a considerar la insuficiencia de la participación como hecho individual y, por ende, a la necesidad de la participación como hecho colectivo, configurando la parte correspondiente del “nosotros social”. Aparece aquí el concepto de organización, cuya importancia en el aspecto teórico y técnico del pensamiento social le confiere categoría filosófica, al condenar la improvisación de procedimientos con la excusa del pragmatismo.

La construcción que responde al “arte de organizar” otorga permanencia y eficiencia al agrupamiento interactivo de quienes están juntos para hacer una tarea en común. Una tarea que se basa en el desarrollo integral del principio de unión y de unidad, ordenando y potenciando todas sus formas y modos de acción (sindicalismo, cooperativismo, mutualismo, etc).

La comunidad solidaria

La solidaridad se verifica con la ejecución práctica en el terreno, donde la sociedad, en sus diversas manifestaciones, puede postular y desplegar sus potencialidades de acción. En lo concreto, la participación surge inicialmente de grupos homogéneos respecto a su ubicación social, laboral o territorial, donde es más fácil identificarse en un “espíritu de cuerpo” para llevar a cabo un trabajo de equipo. De esta manera, el idealismo de la lucha por la dignidad y la autodeterminación, se conjuga con el realismo de los propósitos perseguidos legítimamente por cada sector.

Ahora, la construcción amplia de la comunidad demanda avanzar hacia un nivel más incluyente, donde lo homogéneo debe servir a lo heterogéneo y lo corporativo tiene que abrirse al conjunto como resolución dinámica de toda tendencia purista o sectaria. Por consiguiente, las diferencias son incorporadas desde esta perspectiva abarcadora, como matices enriquecedores del eje principal de la actividad orgánica, sumando nuevos contingentes con sus propias ideas y metodologías, sin debilitar la convergencia que es clave para el éxito.

En línea con este objetivo superior, es natural imaginar la posibilidad de un modelo de confluencia de todas las iniciativas y movimientos sociales. Este modelo, en principio, parte del valor supremo de la libertad, pero no en el sentido del liberalismo que consagra el individualismo absoluto a expensas de la equidad. De igual modo, del valor de la vida colectiva, pero no al precio del totalitarismo que deshumaniza y masifica. El equilibrio, entonces, entre los extremos del individualismo y el colectivismo es la comunidad organizada solidariamente, para la vigencia armónica de la libertad responsable y la justicia social.

Amalgamar idealismo y realismo

La comunidad, conviene precisarlo, es una forma definida de la organización del pueblo que, por su intensa “acción reciproca”, supera de algún modo el concepto más laxo de sociedad civil. Presupone una mayor intercomunicación e integración de conjunto para alcanzar fines trascendentes, aprendiendo a compartir sin dividir por la generación de compartimentos rígidos. Como tal, requiere un alto espíritu de colaboración y supervisión social para aumentar proporcionalmente la producción y la distribución de bienes culturales y materiales.

Asimismo, la noción de solidaridad agrega la exigencia de “coherencia interna” e interdependencia, que afecta y compromete por igual a cada integrante de la comunidad por el total de sus avances y retrocesos. Significa que no se actúa allí por generosidad como virtud moral individual, sino por la motivación del interés compartido entre todos como virtud social. En consecuencia, la comunidad solidaria, al amalgamar la vocación de corregir las carencias sociales, con el realismo del beneficio mutuo, supera el mero “voluntarismo” que trata de apoyar a los sectores excluidos, pero sin una acción transformadora. Y también, se distingue del “progresismo”, en tanto éste se limita a una pose intelectual sin fuerza orgánica para revertir los casos precisos de injusticia social.

Para finalizar, digamos que así como no hay desarrollo social sin organización social, no hay organización social sin liderazgo solidario. Es decir, sin un sistema de conducción extendido a miles de cuadros con verdadera capacidad y arraigo. Ellos tienen la función ineludible de garantizar los lineamientos éticos y la eficacia ejecutiva de los programas aplicados en la base, para lograr con la convicción y colaboración de sus equipos, una construcción comunitaria válida y permanente.

miércoles, 10 de agosto de 2011

LA COMUNIDAD ORGANIZADA: AYER Y HOY

La sociedad políticamente democrática

La vida individual es imposible sin la comunidad en cuyo seno se gesta, protege y desarrolla; pero la comunidad nunca alcanzaría verdadera dimensión política, sin el reconocimiento de la dignidad de la persona humana. Se afirma así el rol a la vez autónomo y colectivo del ciudadano como un concepto integrador de derechos y deberes; ya que deberes sin derechos equivaldría a sumisión y derechos sin deberes al desborde y al caos.

La democracia, dentro de esta definición ideal, es el sistema que permite una mejor convivencia, considerando que sus integrantes, al hablar y actuar por sí en las acciones y decisiones de conjunto, se hacen responsables de las leyes y normas que ellos mismos determinan. Los ciudadanos, pues, se constituyen en sujetos coprotagónicos del poder democrático, y tienen la condición de ser portadores y portavoces del sentido político de la sociedad, y la facultad de elegir y ser elegidos dirigentes.

Es esencial al funcionamiento democrático la discusión y el debate de los asuntos públicos que dan origen y mantienen al Estado como organización jurídica de la sociedad. Para ello, plantea el intercambio recíproco y en paridad de argumentos y comentarios de cada parte, dentro de la mayor libertad de expresión, para buscar las posibles razones compartidas del bien común. En teoría, esta libertad presupone que cada uno pueda comunicarse e informarse de igual a igual, sin la coacción de ninguna forma de censura estatal o manipulación periodística privada.

Como proceso histórico, la democracia política ha impulsado los movimientos revolucionarios destinados a expropiar a favor del pueblo, los monopolios de autocracias y oligarquías sobre las fuentes de expresión y decisión política de conjunto. En nuestro caso, implementando el régimen republicano, representativo y federal establecido en el orden constitucional. De este modo, al intervenir la ciudadanía en nombre propio, con sus respectivas idiosincrasias sociales y territoriales, en las decisiones políticas colectivas, queda abierto el largo ciclo del desarrollo y perfeccionamiento de las instituciones del país.

La comunidad socialmente solidaria

Llega el momento de reflexionar sobre lo dicho, no en el tono de un ensayo de abstracciones teóricas y retóricas, con principios inobjetables pero procedimientos cuestionados en la práctica concreta. Porque la libertad política, por sí sola, tiende a ser inhibida por nuevos monopolios de orden económicos; y la libertad de expresión a ser coartada por la manipulación mediática a escala masiva. Luego, acontece la impotencia o incapacidad del estamento representativo, con su crisis de credibilidad; y se produce la abrogación de lo público y la sustitución de la democracia por los grupos de poder.

Sucede que, como lo advirtieran desde siempre los pensadores clásicos, la democracia real para su propia salvaguardia, necesita un equilibrio entre los principios inalienables que protegen los derechos de las personas, y los criterios que permiten la realización de la colectividad como unidad de destino. Por el contrario, el exceso de individualismo exarceba el egoísmo, la indiferencia y la desarticulación social; y el exceso de colectivismo desemboca en la uniformación, la mediocridad y el totalitarismo.

En la concepción de la comunidad organizada, como profundización y complementación de la participación política, por obra de la participación social, la noción de “pueblo” encarna a toda la sociedad, fuera de cualquier acepción parcial o facciosa. Al par que la noción de “ciudadano” o “vecino”, no obstruye ni descarta la necesidad de construir un mismo marco de convivencia, que es imposible sin la colaboración mutua.

Como existe de hecho una desigualdad económica manifiesta, con sus efectos negativos sobre la calidad de vida de la mayoría o de gran parte de la gente, se hace indispensable tratar de mejorar y hasta de igualar las posibilidades y oportunidades de desarrollar su potencial. Para abarcar esta tarea con eficacia, es preciso contar con algo más que el asistencialismo del gobierno centralizado. Es decir: con el apoyo inteligente de un Estado descentralizado y amoldado a las distintas realidades sociales y territoriales; y especialmente, con la autoayuda metódica que deben desplegar los propios destinatarios mediante sus organizaciones libres de naturaleza comunitaria (autoconvocadas y autogestionadas).

El sentido individual y colectivo de responsabilidad

La valoración prioritaria de la libertad, centrada en la defensa de la privacidad e intimidad de la persona singular, tiene que amalgamarse con la aceptación de las pautas igualmente democráticas que norman la persona plural o “el nosotros social” de la comunidad, y plasman los caracteres distintivos del interés público que no puede vulnerarse desaprensivamente. Se define así con firmeza el sentido individual y colectivo de responsabilidad, que genera el marco de valores aceptados voluntariamente, dentro de una cultura civil, como base para el funcionamiento consiguiente del ordenamiento jurídico-legal.

De la misma manera, la voluntad de discutir y concertar sobre lo esencial de un proyecto nacional, por parte de todos los sectores, no sólo políticos sino también sociales, debe superar y enriquecer el mero esquema del acatamiento a la mayoría y el respeto a las minorías estipulado en la formalidad democrática. Muchas veces en esas minorías electorales se encuentran franjas de significación empresarial, profesional y técnica cuyo concurso activo es indispensable para asegurar el éxito de la políticas públicas de producción y desarrollo, venciendo las presiones externas del capitalismo especulativo dominante.

No se trata de reprimir las legítimas reivindicaciones económicas y sociales inherentes a la dinámica republicana, sino de canalizarlas sobre el eje de las disidencias y coincidencias programáticas de la vida democrática; donde lo único que hay que descartar es el riesgo de desborde de los extremos beligerantes que se vuelven violentos. En un clima enrarecido por grupos sectarios de este tipo, los ciudadanos pierden su capacidad real de participar pacíficamente en el ejercicio del sistema que, por doctrina y elección, les corresponde y pertenece.

Los grandes objetivos nacionales, pues, tienen que formularse con claridad y precisión, para lograr su aprobación como coincidencias fundamentales en el ámbito parlamentario, y enseguida en el campo social más amplio posible, para que nadie pueda comprometer su éxito cualquiera sea el color del partido gobernante. De no ser así, la fragmentación política, la fragilidad social, la masificación mediática y la multiplicación de las protestas y reclamaciones de toda índole, harán su cosecha lamentable de incertidumbre e inestabilidad.

La pedagogía mutua de la construcción comunitaria

Nadie es una personalidad libre hasta que aprende a respetar al prójimo, porque “el nosotros no opera como una negación de las individualidades, sino como una reafirmación de ellas en función comunitaria” (Perón). En estos términos la colaboración social es posible, máxime ante la crisis ostensible de los regímenes de uno y otro signo que han fracasado en sus propuestas extremas y tratan ahora de revertir su ideologismo. Baste recordar que “el fondo consciente que presta contenido a la verdadera liberación es la autodeterminación de los pueblos”, y que ésta no puede posponerse a los arbitrios de las dictaduras ni de las corporaciones.

La evolución es insoslayable, a pesar de retrocesos eventuales, y se manifiesta en la fuerza de los movimientos sociales; en particular cuando éstos saben trascender la reiteración de protestas sin propuestas, y demuestran solvencia política y técnica en sus proyectos de superación. Lo técnico aislado, en cambio, en manos de un clasismo tecnocrático, es otra forma de opresión inaceptable, que deserta con facilidad de interés nacional. Para la nueva etapa, entonces, hay que “adecuar el dispositivo de las organizaciones sociales”, con la misma dosis de necesidad y realismo que presidiera sus momentos fundacionales.

Para que sea factible y menos costoso el pasaje “del disfrute privado del bienestar al disfrute social” hay que abrir nuevas perspectivas de trabajo, educación y comunicación, comprometiendo el esfuerzo valioso de cada uno, pero sin sacrificar de por vida a nadie. El esfuerzo estimula si se cumplen sus metas y se adquieren sus logros, mientras que el sacrificio inmerecido subleva por un principio elemental de justicia y dignidad. El sistema de conducción, desdoblado con cuadros capaces y laboriosos, que hoy faltan, tiene que llegar hasta el último lugar para garantizar proyectos racionales y transparentes que tengan su clave en el apoyo mutuo y la cooperación.

Es sabido que, en el arte de conducir, un liderazgo sólido se potencia aún más cuando adjunta humildad y paciencia. Esto permite y promueve una participación que desea hacerse oír para actuar con conciencia. No es el monólogo ni el temor lo que allí se percibe, sino una pedagogía mutua de construcción comunitaria. Por ella aprenden simultáneamente quienes administran, en función de un orden civil imprescindible, y quienes se involucran socialmente con voluntad de cambio. No hay otra forma de corregir aquellos comportamientos individuales o estructurales que se evidencian inoperantes o dolosos, y cuya defensa u omisión siempre desgasta en el tiempo.

Por lo demás, es imposible liderar un pueblo desorganizado, y con sectores bajo el tumulto de los agitadores, que son funcionales al regreso del pasado al afectar, por el caos sistemático, la legitimidad del reclamo de equidad y progreso. El máximo logro del justicialismo histórico fue, a diferencia de algunas situaciones actuales, un periodo de transformaciones sociales en paz y con ideales espirituales. No fue el triunfo frío de las estadísticas, ni el reino excluyente de las reivindicaciones materiales. Sin duda, hubo muchos problemas y se cometieron errores, pero su significación y vigencia es tal que, a un lado y otro del espectro político argentino, aún se lo invoca, de diversas maneras, para ganar elecciones.

EL RESPETO POLÍTICO A LAS IDIOSINCRASIAS SOCIALES Y TERRITORIALES

Del ser gregario al ser social

La vida individual es tan frágil y efímera que el hombre se ha organizado desde siempre en forma colectiva para luchar por su supervivencia, y para vincularse espiritualmente en el orden de sus creencias. Surgen de este modo las comunidades que, aglutinadas en su círculo de pertenencia, fueron creciendo paulatinamente en sus diversos radios de acción. Así se realizó el aprovechamiento de la naturaleza por obra de su trabajo; el desarrollo normativo de su convivencia interna; y el despliegue de sus líneas y procedimientos de defensa contra la amenaza exterior.

En este proceso evolutivo ocurrió el paso significativo del ser gregario al ser social, conformando núcleos de identidad definida basada en los modos previsibles de los deseos, los sentimientos y los comportamientos de sus integrantes. La cohesión grupal establecida no significó, obviamente, la eliminación de las tensiones de conflicto, pero dio cauce inicial a un tratamiento paralelo de los antagonismos suscitados por diferencias étnicas y territoriales.

Nacen allí, en los orígenes elementales de la política y la estrategia, los mecanismos sociales interpuestos por la mentalidad humana para dirimir posiciones contrapuestas en asuntos vitales. Contradicciones que, proyectadas a los escenarios más sofisticados de la actualidad, mantienen sin embargo su disyuntiva fundamental. Ella significa hoy la comprensión de la necesidad del pluralismo, expresada en la apertura a lo extraño y lo diferente, o el rechazo violento que puede llegar a todos los extremos del sectarismo.

Es importante reconocer la experiencia del largo recorrido histórico que hemos sintetizado, porque la ecuación que facilita o retrasa el desarrollo social de los pueblos y la integración regional de los países, supone un balance ecuánime y previsor. En principio, una afirmación de la identidad, con todos su rasgos culturales e institucionales, para no afectar con excesiva tolerancia a la propia comunidad. Y enseguida, una amplitud pluralista permeable a las innovaciones y aportes de otras corrientes humanas que, al comienzo, puedan presentar fuertes disidencias y discrepancias.

Del ser social al ser político

Los hombres, sea en el plano individual o colectivo, eligen constantemente entre distintos objetivos y formas de acción, siguiendo su intereses o tendencias. Al hacerlo responden a sus propios valores personales o comunitarios, aunque siempre orientados por un juego de finalidades y efectos directos o compensados. Existe, sin duda, un amplio arco que va del egoísmo al altruismo y del hedonismo al sacrificio, enmarcando las sendas centrales de la moral de cada uno en la intimidad de la conciencia, ya que ella no responde a acciones o coacciones de nadie. Pero es evidente que la conciencia moral no actúa por sí sola en los problemas de la sociedad, a menos que se condense en pautas culturares activas y se exprese como moral pública o política.

Con esto queremos discernir perspectivas entre los prejuicios que se oponen a una visión integradora, y descubrir el carácter inocuo del moralismo sobre las vicisitudes reales de la práctica social; además de destacar los riesgos autoritarios que puede encerrar el utopismo, por derecha o izquierda, de “una sociedad perfecta”. El campo de la política, en cambio, con todos sus defectos, se opone por naturaleza al totalitarismo, y genera la participación que constituye lo esencial de la democracia como sistema perfectible. Un ideal posible que rechaza la imposición por la fuerza, y debe enfatizar el diálogo, el acuerdo y el consenso, a fin de lograr la colaboración de todos los sectores, junto al concurso armónico del tiempo para no desfasarse de los ciclos históricos.

Las virtudes éticas de la política se manifiestan, pues, en las categorías eficientes de la organización y la conducción, que son las fuentes de la voluntad plena de presencia, valores y constancia que exige la construcción de las grandes fuerzas civiles. Fuerzas que requieren lógicamente el control democrático del poder, inalcanzable por la retórica de los puristas, pero accesible a la convocatoria de miles de líderes comunitarios, ubicados dentro de sus bases sociales y territoriales, y dispuestos a sobrepasar a la mediocridad que se interponga en su camino.

El poder político no se endosa, ni se transfiere ni se negocia. Habla claramente del que lo tiene o no lo tiene, pero no como objeto de perpetuación de privilegios o de la tentación de trasladarlo al entorno; sino como comando de la energía transformadora que alienta el conjunto del país. La ética, por consiguiente, puede guiar la política como reciprocidad de planteamientos y resultados, sólo si somos capaces de involucrarnos sinceramente en sus ideales superiores, que no pueden reclamar para sí los apáticos e indiferentes sin compromiso alguno con la vida nacional.

Una igualdad social práctica y efectiva

Conviene demorarnos un poco en las reacciones de la naturaleza humana cuando se acerca mayoritariamente a las condiciones de libertad e igualdad, que deben preexistir o crearse para la participación digna en las actividades de organización social y política. Cosa imprescindible para distinguir “la igualdad hacia arriba” del acceso popular a la prosperidad y el progreso, de “la igualdad hacia abajo” impuesta por la uniformidad populista. Aquí también es indispensable una perspectiva equilibrada, equidistante del concepto de competencia desmedida y destructiva del liberalísmo y a la vez, de la falencia en la gestación de verdaderas oportunidades de elevación que determina la masificación política.

Sin duda, la promoción social no es una tarea darwinista de primacía excluyente de los más aptos, pero tampoco un cautiverio en las redes de un asistencialismo mínimo de sectores carenciados. Por el contrario, es una tarea inteligente que, además de proteger a los más vulnerables, exige reciprocidad en la tarea educativa; y la identificación y capacitación intensa de nuevos cuadros para realimentar la cadena del apoyo social y sus formas auto-convocadas y auto-organizadas de acción.

La igualdad deja de ser una noción abstracta, o válida únicamente para la comodidad discursiva, cuando se enriquece con las ideas-fuerzas de equidad, reciprocidad y solidaridad efectiva, medidas en metas y resultados apreciables para los propios, y en ejemplos imitables para los demás que sufren una misma situación de abandono o exclusión del sistema. Ésta es la igualdad práctica que garantiza la estabilidad, la continuidad y la consolidación de las formas orgánicas construidas por los hombres sencillos, pero con vocación de trascendencia.

Sobre la base de asentamientos arraigados, con logística suficiente y autónoma, es factible desplegar la estrategia de los movimientos sociales y comunitarios que pueden intercambiar aportes y negociar espacios legítimos en estructuras cada vez más grandes. Ellas manifestarán con elocuencia el aporte de un nuevo mérito civil, fuera de toda descalificación reaccionaria o prejuiciosa. En el mundo contemporáneo, no hay otra rebelión social más exitosa que ésta, instituida en los mecanismos de la educación permanente, la propiedad cooperativa, y la conciencia integradora por igual de derechos y deberes ciudadanos.
Los matices políticos enriquecedores

Estos temas y otros -como el fin del ciclo protagónico de la protesta crónica y profesionalizada, combinada con el otorgamiento de ayudas sociales sin objetivos- son los que deben revisarse ahora desde el punto de vista de la conducción. Ella, si bien no es una ciencia exacta sino un hecho humano, dispone de una teoría y una técnica para hacer eficiente su actuación. La política en este nivel, no puede quedar en manos de una sociología de las necesidades básicas cubiertas apenas por una distribución dudosa de la burocracia estatal y los punteros que especulan con el reparto. Hace falta con urgencia la fijación de proyectos que impulsen el cambio real de situación en sectores y lugares determinados.

Esta nueva actividad requiere un conocimiento detallado del medio, y de la red de relaciones que lo cruzan, para integrarlo en el seno de la comunidad. Lo cual resalta el aspecto sensible de la configuración de los espacios sociales y territoriales, que merecen un trabajo profundo que supere la atención superficial y el activismo piquetero. Hablamos del respeto que implica acercarse a la gente con una intención organizativa y no meramente agitativa, que se diluye al fin de una actitud proselitista.

Lo mismo ocurre con el enfoque de la cuestión político-sindical, cuyo peso es evidente a raíz, precisamente, de haber trascendido hace mucho la mera etapa reivindicativa y asistencial. Sin duda, son varias las cosas que ahora hay que esperar del movimiento obrero en una nueva etapa de proyección política y desarrollo técnico y profesional, pero no es comprensible posponer su representación parlamentaria en beneficio de quienes aún no han cumplido su estadía militante en la base y carecen de experiencia en el arte de encuadrar.

De igual modo, la atención a los sectores medios y urbanos, excede el oficio de los encuestadores y publicistas, aún los exitosos, porque la política-organización abarca una dimensión mucho mayor que la política- espectáculo. Tampoco es propensa al simple recitado de buenas intenciones y puntos programáticos. Hay una idiosincrasia particular de las grandes ciudades, que rechaza la voluntad excesiva de un poder que sobrepase los perfiles y modos de expresión de su ambiente y su jurisdicción. Aunque parezca paradójico, estas pautas culturales importan más que el juicio sobre toda gestión, buena o mala, lo que debe conocerse y apreciarse en la construcción permanente de una fuerza partidaria local, hoy en muchos casos ausente.

Ni que hablar de las provincias argentinas consolidadas en las arduas luchas de la organización nacional, casi siempre enfrentando la prepotencia del centralismo. Ellas son celosas de su autonomía federal y aún del horizonte nacional de sus principales referentes. Razones válidas para descartar la digitación antipática de candidaturas por parte de asesores extraños, y permitir con paciencia el acomodamiento propio de sus cuestiones internas que agregan matices enriquecedores al movimiento histórico. En él no pueden confundirse etapas sucesivas con refundaciones inexistentes, porque los momentos augurales no responden al vaticinio improbable de los ideólogos oportunistas.