viernes, 13 de mayo de 2011

La cuestión del poder social

La voluntad de la energía colectiva

El poder es una categoría fundamental de la política y la estrategia, vinculada directamente a la voluntad de conducción, porque el pensamiento capaz de movilizar fuerzas para la acción no se conforma con interpretar la realidad y criticarla, sino que procura transformarla. Esto ha sido así desde siempre, pero se ha explicitado teóricamente con gran vigencia en el mundo moderno y contemporáneo, ligado a distintas concepciones filosóficas e ideológicas, que han hecho propicio el surgimiento de grandes crisis sociales, para actualizar sus conceptos y modificar sus formas orgánicas y métodos de aplicación.

Como resultado de esta trayectoria, una mirada retrospectiva puede captar, en las modalidades del ejercicio del poder, el sentido integral de toda una época; y, a la vez, considerar los caracteres que el poder asume en el presente y parece proyectar al porvenir. Para ello, hay que eludir su definición abstracta y partir de una reflexión situada, entendiendo que, en el caso de nuestro movimiento social, el poder tiene que decidir desde lo propio, uniendo palabra y obra en la acumulación y dirección de una energía colectiva, estructurada para lograr efecto, resolver conflictos y alcanzar grandes objetivos.

Sucede que, en todos los órdenes de actividad, el “principio de autodeterminación” exige disponer de una parte suficiente de poder, para elegir entre las alternativas resultantes de la presencia devoluntades contrapuestas. En este juego de distintas posiciones, relacionadas en un balance dinámico de presión y tensión, es indudable que la fortaleza propia acrecienta la probabilidad de impulsar favorablemente la iniciativa estratégica para alcanzar sus fines.

Por el contrario, sin energía válida para aplicar a un propósito concreto, no hay posibilidad de escalonar las acciones capaces de lograrlo, porque todo se anula en la inacción o la frustración. Por consiguiente, es preciso construir una fuerza activa predominante que, sin un carácter irracional o agresivo, tenga la firme resolución de cumplir los planes previstos. Planes que empiezan con el esfuerzo de conformar una unión interna, consolidada con organicidad y formación, para evitar el desaliento, la interferencia o el divisionismo, en el escenario de una lucha prolongada.

Las reglas de eficacia

Obviamente, el poder, como noción general, tiene sus reglas específicas, que deben observarse con un código realista. En él prima el cálculo, la utilidad, la practicidad y la rentabilidad al sopesar costos y beneficios de cada operación posible. Quien ignore estas reglas, con actitudes ingenuas o voluntaristas, pagará duramente su impericia en el manejo táctico sobre el terreno de lucha. En cambio, el realismo, en su mejor acepción, que no consiente al oportunismo, garantiza la pervivencia de los ideales permanentes de la organización.

Es conveniente, entonces, tener una visión adelantada a los acontecimientos, expresada en una línea general de acción, con la imaginación correspondiente de las diferentes variables tácticas, o sea: evitar en todo lo posible la improvisación, que es mala consejera en la tarea de conservar y acrecentar el poder, que por sí mismo ya es un concepto relativo y cambiante. La previsión demanda, también, la disposición a pensar en conjunto con los equipos de trabajo, lo cual no implica diluir la referencia y la responsabilidad que atañen al liderazgo establecido.

El proceso operativo del poder más que una “conquista” es una “construcción”. La diferencia destaca la atención constante en la materia, sobre el interés ocasional; y señala la importancia de la conducción medida y responsable sobre la apología indiscriminada de la confrontación. Conducir significa precisamente la habilidad y perseverancia de propagar el empuje vital de la organización, negando la tentación de la postura burocrática, y afirmando su potencial e impulso de crecimiento y despliegue.

Lo social y lo económico, los trabajadores y los empresarios, pueden resolver sus diferencias paso a paso y sector por sector, en el diálogo superador del Proyecto Nacional, que constituye la instancia más alta de la discusión política de las fuerzas productivas. Diálogo demostrativo de una maduración de la sociedad, y de las partes convocadas que, al par que defienden su identidad e intereses, reconocen y respetan al otro como partícipe necesario de una prosperidad compartida, cuya distribución tiene que debatirse progresivamente. El axioma irrefutable es poner el capital al servicio de la economía y la economía al servicio del hombre; porque invertir esta secuencia significa consagrar la especulación financiera y la injusticia social.

La eticidad como capacidad política

Vimos recién los requisitos de eficacia y realismo que rodean la categoría esencial del poder. Ellas sobrepasan, sin duda, las versiones hipócritas que hoy repiten el doble discurso “principista” de los voceros de los centros mediáticos; aunque ayer ocultaron la criminalidad económica de los cómplices civiles de la dictadura militar.

Sin embargo, ahora, en su acepción popular, el contenido ético del poder tiene que asegurarse por su dimensión comunitaria, en tanto comporta una dirección equilibrada y ecuánime del conjunto social, so pena de polarizar y dispersar sus grandes componentes. El problema es complejo, porque exige una modalidad de conducción que, junto con la congruencia de fines y medios, sepa sumar sostenidamente excelencia, abnegación y sensibilidad.

Las virtudes éticas de la política superior, que nunca deben resignarse, implican descartar el poder por el poder mismo y desoir sus “teorías justificatorias” de cualquier signo. De igual manera, tienen que prevenir la arbitrariedad, el exceso y el abuso, configurando gradualmente una cultura del poder y su ejercicio. Es un desafío que tiene que superar males crónicos, fundándose en la veracidad, la persuasión y la prudencia; no sólo por evidenciar la honestidad de su comportamiento, sino para incrementar el cúmulo de sus fuerzas.

No son consejos pueriles desde una actitud impolítica, que apela a la moralina para descalificar a los estadistas y fomentar un individualismo indiferente que no participa en nada; sino lecciones de la historia que nos recuerdan el carácter efímero de la vida humana, frente a la ambición ilimitadade poder político, riquezas o fama. Ella confunde ser con tener, conducir con mandar, y autoridad con dominio, vaciando de contenido y significación social al régimen de la democracia política.

La cuestión del poder, en fin, se define realmente sin caer en la vulgaridad de los lugares comunes que demonizan toda forma de conducción, especialmente la social, y sin la solemnidad artificiosa que cubre muchas veces este aspecto elemental de la vida de la sociedad. Según sea el poder, desde lo cotidiano hasta lo histórico, así será la comunidad: poder como “sustantivo” equivalente a corrupción, privilegio y prebenda; o poder como “verbo” en función activa de hacer, reunir y desarrollar toda la potencia del país.

Un pensar libre y actualizado

En el arte de conducir, es preciso estimular una actitud inteligente y penetrante para estudiar y precisar, en cada momento estratégico, la realidad que se enfrenta, la necesidad que se percibe y la reivindicación que se anhela. Tarea tipo “Estado Mayor”, animada de un pensamiento libre y elaborado en conjunto, del cual resulta una línea directriz para orientar las fuerzas concurrentes, y permitir la concentración total de esfuerzos sobre el objetivo principal (es el llamado “principio de masa”).

La suma cualitativa de objetivos cumplidos, refuerza el poder de la organización que detenta el liderazgo, pero que no constituye un patrimonio individual, sino un factor finalmente de naturaleza colectiva. De todas maneras, la facultad real de quienes conducen, sin apropiarse del poder, facilita su aplicación unificada y correcta en tanto, y en cuanto se acepta a nivel de bases como una autoridad elegida, respetada y querida; porque lo contrario, obviamente, implicaría una crisis de conducción.

Esta capacidad de recrear liderazgos rotando alrededor de las crisis, con distintas franjas de dirigentes y corrientes internas que se suceden en el peronismo político y sindical, hace a la índole original del “movimiento”, porque él proscribe las actitudes pasivas, estáticas o aisladas que así contradicen su propia denominación. En efecto, el movimiento es tal, como organización y poder, porque se manifiesta en la acción; no sólo conservando su vitalidad en el tiempo, sino afirmando y actualizando sin cesar sus contenidos y motivaciones para adaptarse a la evolución.

El poder, por consiguiente, permanece siempre con el ejercicio sucesivo de la voluntad de conducir creativamente, y en el marco de “la realidad efectiva” que la gente sabe y siente; sin dejarse capturar por el sectarismo, que termina encerrado por su propio mecanismo de exclusión. Luego, es un rasgo crucial de un fructífero liderazgo, el sostener una posición de valores superiores, y abrir un amplio haz de posibilidades de realización para la comunidad o la organización, que éste circunstancialmente representa y dirige.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Comunidad, trabajo y poder social.

Este breve ensayo tiene por finalidad ofrecer su contribución a un debate de gran actualidad referido a las reivindicaciones que, en la esfera pública, plantea el movimiento de los trabajadores por medio de la representación institucional del sindicalismo. En tal sentido, sustenta una tesis sobre el nuevo paradigma que la realidad impone a esta estructura histórica de lucha y concertación laboral, para abarcar también, con su liderazgo de referencia, a las múltiples organizaciones que han surgido, en los últimos años, para reivindicar a vastos sectores populares que carecen de empleo, vivienda y servicios de educación.

La exposición, con sustento académico pero expresión sencilla y directa, hace converger tres ejes de estudio y análisis: la perspectiva filosófica, la perspectiva política y la perspectiva estratégica. De este modo, presenta los principios fundamentales del justicialismo en lo ideológico y doctrinario; su concepto central y armónico de la comunidad organizada; y la valoración del trabajo en la actividad productiva y en los lazos solidarios que genera con fuerza de unidad; factores todos que confluyen en su experiencia singular en laconstrucción de poder social.

La organización política integral

El peronismo se constituyó convocado por una conducción carismática y un mensaje doctrinario, que fructificó en un movimiento social de base laboral. Perón y el 17 de octubre marcaron el acontecimiento irreversible que cambió la historia para siempre. A esta columna vertebral se agregaron sectores medios y hombres de diferentes partidos y realidades territoriales, atraídos por el impulso irrefrenable de una revolución tan profunda como pacífica. En ella tuvo un lugar relevante la mujer, tras el ejemplo de Evita; y luego, para el regreso del Líder, la incorporación masiva de la juventud en sus distintas manifestaciones.

Hoy, atento a las nuevas circunstancias de una evolución incesante, y acorde al mandato de actualización que es el núcleo insoslayable de su concepción fundante, tiene que delinear un nuevo despliegue en los términos de una Organización Política Integral, recreada por sus dos factores estructurales tradicionales: Movimiento y Partido. Un movimiento que, además de los trabajadores organizados, tiene que abarcar ahora a todas las fuerzas y organizaciones libres con propuestas sociales. Y un partido que, paralelamente, supere y trascienda la mera tarea proselitista, electoral y de distribución de cargos.

Hay que recordar que, en la génesis organizativa del justicialismo, la primera escuela de conducción que Perón creó fue la sindical, y sólo después la política; por lo cual existen muchos dirigentes de organizaciones sociales de aquella extracción, igual que en la militancia territorial con presencia significativa en gobiernos municipales y concejos deliberantes. De allí que estos elementos, siempre en el marco de una formación doctrinaria que es la misma para todos, puedan y deban entender mejor que nadie la necesidad, no de restar, sino sumar a sectores valiosos de la comunidad (movimiento de movimientos).

Esta interpretación de una organización política moderna y completa, debe perfeccionar la capacitación por la transmisión de principios y valores para descartar la politiquería; y preparar intensamente cuadros de conducción, de encuadramiento, de enlace y de comunicación: éstos últimos para operar, con recursos idóneos, los medios propios de la apertura de la libertad de expresión contra los monopolios. Un capítulo fundamental de esta capacitación sistemática, tendrá como objetivo disponer, en calidad y cantidad, de intelectuales, técnicos y profesionales para apoyar la planificación democrática del desarrollo integral, que es imprescindible realizar para cumplir con las asignaturas pendientes (2012-2015).

La ciudadanía se potencia con el proyecto nacional

Dentro de una democracia que aspira a lograr la mayor equidad civil y participación, la ciudadanía -como categoría política- manifiesta su plena potencialidad, no cuando los discursos partidistas agitan su superficie, sino cuando el llamado del proyecto nacional logra movilizarla desde la base. En tal aspecto, el movimiento popular (no populista) es una forma orgánica viviente, pasible siempre de ser actualizada en metas y contenidos, para servir de modo activo y eficaz al resurgir de grandes momentos históricos.

Igual ocurre con la doctrina, con cuyos postulados el movimiento interactúa pedagógicamente, y que -guardada por la clave de sus grandes pautas de acción entre los pliegues de la memoria colectiva- orienta en cada ciclo político la intervención social en ladinámica cultural por la identidad argentina. Esta larga lucha expresa el desafío de la intuición y la experiencia popular a todo intento de colonizar el pensamiento a fuerza de doble discurso y poder mediático; porque aquí también hay una visión distinta, que suma el criterio doctrinario al sentido común, para discernir y predicar su propia interpretación de los hechos.

Los aportes innegables del justicialismo en sistema de ideas, formas orgánicas y modos de conducción, no siempre comprendidos por el teoricismo liberal de derecha o izquierda, tejen así una densa malla de relaciones prácticas en el mundo laboral, profesional y vecinal de la sociedad civil. Y es precisamente sobre este basamento único -con el que no cuentan otras fuerzas- que puede impulsar la construcción gradual de un nuevo Estado, por la reforma profunda de las estructuras preexistentes.

Conviene reiterar, entonces, que sólo la cultura del trabajo brinda el sostén necesario a una organización satisfactoria de la convivencia humana, que se degradaría sin las condiciones de mutua cooperación que esta cultura distingue y demanda. Y cuya toma de conciencia, por obra de la educación familiar y pública, se refuerza y consolida con la decisión personal de actuar para lograrla, dentro del tono de un humanismo sincero, donde “la verdad no es lo que se dice, sino lo que se realiza” (Tomás Moro).

Capacitar a la juventud es comunicarse con el futuro

Un dato vital de la actualidad argentina destaca el regreso de la juventud a la militancia, tanto en el campo político como sindical; porque refuerza la herramienta de participación y renovación que, ubicada en el centro de la escena, consolida la democracia e impide el avance de la plutocracia, que concentra el manejo discrecional de los grupos de poder económico. Es el viejo y vigente axioma: “sólo el pueblo salva al pueblo”. No hay otra forma de hacerlo que el compromiso y la actuación civil, contra la indiferencia, el facilismo y el oportunismo.

Capacitar a la juventud, e integrarse con ella en los perfiles generacionales correspondientes, es comunicarse con el futuro; sentir en conjunto que los ideales, la vocación y la mística encarnan valores perdurables, por encima del carácter efímero de las actitudes individualistas. A la vez, prueba por el contrario que la fragmentación política, envejecida y dividida sin cesar, está detenida en el tiempo, carente de proyecto positivo y sin recambio generacional alguno.

En la acción política, obrar “en contra de” nunca ha sido mejor que trabajar “a favor de”, condición estratégica indispensable que implica aceptar la realidad, analizar alternativas, presentar mejores propuestas y predicar con esperanza de manera incansable. Por eso, cuando la oposición no gravita, que es uno de los grandes problemas de la democracia, la tendencia a sustituirla con el discurso literario y la narración mediática, agrava la situación hasta la confusión crónica y agudiza la falta de credibilidad.

La oposición debe saber que perder una elección cabe en la posibilidad de toda contienda: el mérito está en reconocerlo, corregirse, levantarse y volver a luchar. Echarle la culpa al ganador, en cambio, no solo evidencia una falla ética, sino carencia extrema del don de liderazgo, defectos que no puede ocultar ninguna operación publicitaria. Tampoco vale calificar el voto de uno y descalificar al otro, como si la “verdad” política fuese un hecho científico, incomprensible para la mayoría, y no la construcción de una voluntad popularque se instituye por sí y determina un camino de marcha, únicamente modificable por la alternancia democrática, en los plazos constitucionales.

Políticas de Estado y coincidencias programáticas parlamentarias

A nuestro juicio, el peronismo es la corriente principal, aunque no la única, de la liberación nacional, cuya amplitud de propuesta prevalece sobre las limitaciones de los partidos demoliberales, moldeados por el régimen semicolonial de dependencia. Éste somete la política a la economía y reduce la participación cívica al proceso electoral, necesario pero no suficiente para alcanzar trascendencia social y nivel estratégico.

Por lo tanto, el peronismo privilegia a la columna vertebral del trabajo, sin ser clasista; es sensible a las conducciones carismáticas, sin ser mesiánico; y es proclive al llamado doctrinario, sin ser dogmático. Éstas son las directrices correctas de su comportamiento colectivo como movimiento multitudinario, tal cual se forjó en su núcleo original. Y éstos son también los límites que sancionan la conducta negativa de la provocación, la mera declamación y la sobreactuación política, que no se compadecen del rol intransferible que significa luchar, cada uno por igual, como protagonista necesario de un destino compartido.

La defensa del interés nacional no es negociable, y exige algo más que ganar unos comicios, porque supone gobernar con fuerza inclaudicable tras los objetivos de bien común. La solicitud de consenso, por parte de partidos de propiedad personal, reducidos a lo circunstancial de una candidatura, es un juego proselitista sin ninguna entidad. La historia, por su parte, también descarta a las alianzas aleatorias convocadas sin ánimo ni oficio de verdadera unidad. Sin embargo, para las fuerzas orgánicas, con tradición política y arraigo territorial, más allá de sus respectivos problemas, se hace imprescindible el diálogo institucional para fortalecer un cúmulo de políticas de Estado fundamentales.

Estás son las coincidencias programáticas que tienen que debatirse con seriedad en el seno del ejercicio parlamentario, para lograr el enriquecimiento de las propuestas y la adhesión política del bloque histórico nacional y popular, capaz de realizar la crítica constructiva, y apoyar lo esencial del Modelo Argentino, en la continuidad de los distintos turnos presidenciales. En síntesis: una maduración civil de nuestra comunidad, que se da a sí misma un lineamiento estratégico de destino nacional, y proyección regional, sostenido en el tiempo por una concertación política y un pacto social.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Paz social para el desarrollo integral.

Evitar el péndulo entre extremos beligerantes

El último juicio a responsables militares de la dictadura que, con complicidad civil, resultó la más desastrosa y cruenta de las sufridas por nuestro país, puede servir para cerrar la etapa cumplida bajo la consigna necesaria de “memoria, verdad y justicia”. Por la complicidad citada de grupos influyentes del orden económico, jurídico y mediático, cuando no por la adhesión o indiferencia de vastos sectores de la sociedad, el juicio histórico será sin duda más amplio, abarcando especialmente a los que especularon y medraron con el telón de fondo de la violencia fratricida.

La clave ahora, si hemos aprendido algo de la lección del sufrimiento y el desgarramiento de nuestra comunidad, es no exacerbar los sentimientos y resentimientos que suelen desembocar en el determinismo trágico y sin destino de las luchas internas. Es decir: no reiterar el péndulo entre extremos, que ha frustrado recurrentemente gran parte del potencial nacional en dos siglos. Tal es el reclamo masivo del festejo pacífico y ejemplar del bicentenario, que sólo pueden desoír los sectarios y los provocadores, alejados por igual del concepto superior del bien común.

El setenta tuvo el mérito innegable de una generación jugada a lograr la libertad y la realización de la patria, en una épica aún no igualada por otras promociones argentinas, como lo reconoce incluso la juventud que accede hoy a la mística de la militancia. Pero sus protagonistas debemos admitir, con autenticidad ética e intelectual, que esa década exhibió también las desviaciones y conflictos entre los grupos extremos de “apresurados y retardatarios”, que paradójicamente coincidieron en demostrar que la democracia no sólo es amenazada por la dictadura, sino también por la anarquía.

Vale la pena recordar que Perón regresó en 1972 como prenda de paz, para poner en marcha un proceso primero de reconstrucción y luego de liberación nacional. Esta secuencia era fundamental, porque como lo aclaró muchas veces, no se podía liberar lo que estaba destruido. La herramienta estratégica de tal proceso era la unión nacional, convalidada en la contienda electoral sin proscripciones de 1973 por más del 60% de los votos; y ratificada paralelamente en la mesa de la concertación por el 90% de la representación política y social de la república.

Si se repasan los logros económicos y de la política exterior soberana de este breve período de gobierno, tan acotado por los graves problemas de salud del líder, es imposible no asombrarse. Recuperación productiva y del empleo; control inflacionario; desendeudamiento externo; política latinoamericanista; apertura a Cuba, China, Rusia y la Europa Oriental , etc. Así como es difícil de entender la actitud de los sectores que, por ángulos opuestos, pretendieron disputar la conducción intransferible -como se demostró luego- del movimiento popular más grande del continente.

La perspectiva se agranda, sin caer en una apología indiscriminada, al recordar que eran tiempos de un imperialismo manifiesto, con múltiples intervenciones militares estadounidenses cubiertas y encubiertas. Y con su “doctrina de la seguridad” que, en nuestra región, se expresaba en los golpes de estado que cercaron prácticamente a la Argentina , y fueron precursores de la ruptura constitucional de 1976.

Aprender de la experiencia viva del pasado

Habida cuenta de las diferencias de circunstancias y formas de dominación y dependencia, existen varias similitudes útiles para profundizar la reflexión sobre la actualidad. Por supuesto, hoy es el imperio globalizado de las transnacionales, “justificado” y alentado por las corporaciones mediáticas y sus campañas de desinformación y operaciones psicológicas a escala; en un mundo donde la lucha es por los recursos naturales y el trabajo, que resultan vitales si se los sabe aplicar al desenvolvimiento nacional y regional.

Aquí también, entonces, hay una secuencia: primero el crecimiento económico y luego el desarrollo integral, porque nada se puede desarrollar sobre la base del vaciamiento y la entrega, como en las décadas del 80 y 90 regidas por las imposiciones neoliberales de Washington. Por eso lo importante, junto con defender lo alcanzado, es discernir cuando culmina una etapa y comienza otra, haciendo un esfuerzo de pensamiento y voluntad política para trascender las tareas tácticas y de administración pública con la creatividad exigida por la estrategia pendiente.

En el plano económico, y en una aplicación de los términos sencillos de nuestra breve evocación histórica, los “retardatarios” son hoy los que se reducen a la primera etapa, de crecimiento económico, cuyos beneficios suelen absorber mayormente los grupos concentrados que explotan al máximo nuestras ventajas comparativas. Y los “apresurados” son los provocadores que no dan tiempo ni espacio al gradualismo de la soluciones de fondo, que sólo aporta el desarrollo; poniendo en riesgo la paz social con una serie de ocupaciones y choques, que cuestiona de raíz todo balance mínimo de deberes y derechos en una comunidad civilizada.

En el plano social, y como el crecimiento no se transforma por sí en desarrollo, queda claro el trabajo de formación y capacitación que hay que realizar, para forjar los recursos humanos compatibles a un cúmulo de emprendimientos productivos de toda índole. Por eso se dice, con razón, que el único progreso social sustentable es el impulsado por la educación, y el horizonte abierto en el empleo y la calificación laboral y profesional.

La responsabilidad de los actores sociales

La Presidenta ha venido predicando la necesidad de superar el concepto de crecimiento económico, más allá del aumento notable del consumo, por la inversión productiva y la iniciativa empresaria en proyectos de desarrollo a la medida de las posibilidades del país. Lo ha hecho en los foros tripartitos por ramas de la producción; señalando que el marco macroeconómico favorable ofrece las garantías para dar este nuevo paso, fundado en el nivel de reservas, el superávit comercial y fiscal, las expectativas del comercio exterior y la capacidad de los trabajadores y los técnicos argentinos.

Por lo demás, ha señalado lo pernicioso de una puja irracional de precios y salarios, recordando el aforismo de que los primeros suben por ascensor y los segundos por escalera, en las estructuras perimidas de una distribución desigual de la riqueza.

Como la evolución sindical argentina, aún de los gremios más pequeños o alejados, no admite lucrar con la ignorancia de la ecuación económica y las reivindicaciones legítimas, el planteo razonable de toda negociación es la mejor contribución a la dinámica del equilibrio social. Porque hay una fuerza considerable, con muchos cuadros capaces y buen nivel de disciplina y movilización, como para atender con pareja eficacia la coordinación del Movimiento Obrero Organizado en sus correspondientes objetivos políticos y sindicales.

Si éste es un dato singular e insoslayable de nuestra realidad, la problemática social parece correr por los bolsones de miseria que no ha conseguido incluir en el sistema el simple crecimiento económico, y que exarceba cierta ostentación del consumismo. Resulta que, en esta nueva situación, la asistencia estatal no alcanza para cubrir las carencias de los sectores excluidos; sin contar que este asistencialismo, al principio de buena fe, al extenderse en forma indefinida, alienta el conocido esquema oportunista del “clientelismo político”.

La contracara del clientelismo, a menudo ejercido en la base por punteros de ambigüedad ideológica, es un ánimo generalizado de pasividad crónica, que se transmite en algunos casos por vía familiar, fomentando una expectativa de supervivencia centrada sólo en la ayuda estatal y la solidaridad comunitaria. El uso y abuso de este método, que por definición es adverso a la dignidad del trabajo, trae en momentos de saturación la extorsión de la violencia marginal, sea espontánea por desesperación social, o incitada por agitadores.

Un problema complejo de inseguridad

Se completa así un problema de inseguridad, ya difícil de encarar ante el viejo nudo gordiano -de la colusión entre la inoperancia política, la venalidad judicial, la corrupción policial y el crimen organizado- al que ahora se agrega un panorama incierto de violencia y contraviolencia vecinal. El hecho desborda las mutuas acusaciones entre funcionarios de distintas jurisdicciones, que terminan por afectar a toda la política como arte de conducción social. Y también, las advertencias sobre conspiraciones, siempre posibles, aunque difíciles de judicializar.

La solución, más bien, debe darse en tres ejes convergentes. En el largo plazo, una política de distribución poblacional y asentamientos productivos en un territorio nacional de contrastes y grandes vacíos demográficos. En el mediano plazo, un plan extraordinario y racional de construcción de viviendas e infraestructura, aplicando parte de las reservas acumuladas a potenciar esta “industria de industrias” e incorporar, a la vez, patrimonio inmobiliario. Y en el corto plazo, restaurar el orden sin amagar con la abstención de la fuerza pública, porque ésta es distintiva del ejercicio del gobierno como obligación ineludible.

Una estrategia de aplicación siempre legal y gradual de esta fuerza es loable, si va acompañada de otras medidas complementarias de la acción civil y humanitaria; y si se realiza la labor persistente de identificar, aislar y sancionar a las conductas criminales. Sin embargo, hay que distinguir la prevención, la prudencia y la moderación de toda actitud ambigua, para no incitar a una violencia mayor o permanente por las contradicciones políticas y técnicas del mando.